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El monje, conociendo los ángeles y los demonios que le habitan, anhela morar en la inabarcable apertura de un corazón dilatado a través del cual podrá percibir el universo como un todo integrado y unificado, y el mundo como hermoso, bueno, deseable y valioso. Desea apasionadamente saborear el transcendimiento de su yo, olvidándose de sí mismo. Y no a través de esfuerzos, de introspecciones, de análisis, de síntesis, sino de una mirada serena, comprensiva, llena de aceptación y misericordia (amor entrañable e incondicional incluso a lo que nos es amable) para con todo, empezando por sí mismo. Esa mirada puede ser curativa, devolverle la serenidad, la paz, la ilusión de seguir en la brecha, de comprender, desde su propia realidad, que la vida se vive o se malvive.

Carlos Gutiérrez Cuartango, en Silencio y Fuego