¡Qué bien se está aquí!

Transfiguración (det.) | Xaime Lamas, monje de Sobrado

Hoy es la fiesta de la transfiguración del Señor, celebrada desde el siglo IV en Oriente y desde el siglo XI en Occidente. En esta fiesta se contempla el rostro de Jesús, radiante con una luz de vida que está destinada a todo el universo, a la humanidad entera. «Este es mi hijo amado, en quien me he compadecido. Escuchadlo.» (Mt 17,5) Voz escuchada en el Jordán, cuando Jesús era bautizado, y ahora en el monte Tabor. Nos advierte el apóstol Pedro: «Hacéis muy bien en prestarle atención como una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y el lucero amanezca en vuestros corazones.» (2 Pe 1,19)

La transfiguración es un misterio de transformación: hasta que el lucero amanezca en nuestros corazones. Según la tradición, el mismo Cristo es el sol de la mañana, el sol radiante de la mañana de Pascua. Cada ser humano -hijo amado del Padre- es habitado por un misterio de luz y de amor.

Vemos la realidad de acuerdo con las gafas que llevamos puestas. «El ojo es la lámpara del cuerpo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado; pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo está en tinieblas.» (Mt 6,22-23) Si dentro de nosotros hay guerras, enemigos, maltratos, falta de estima, eso es lo que vemos por todas partes. Si nos adentramos en nuestra realidad, si atravesamos esa zona de oscuridad y ahí permanecemos de manos extendidas, sin desesperar, entonces el lucero de la mañana se hará nuestra compañía, porque él vino para los enfermos y para los pecadores, y su presencia amorosa transformará nuestra mirada. «Todo tu cuerpo está iluminado».

Todo lo que vivimos contiene un misterio de luz, aunque sean las situaciones más dolorosas. Solemos hacer lecturas precipitadas de la vida, reaccionando desde nuestro miedo, sumando sufrimiento a nuestro dolor. Sin embargo, en todo acontecimiento, en toda experiencia hay una segunda palabra, una palabra de amor que Dios nos da, una palabra que confirma que nada está fuera de su corazón. De nuestra primera lectura hasta la segunda palabra que Dios nos da va el recorrido que nos lleva de nuestro egocentrismo hasta la confianza en Dios. Saber esperar es una forma sublime de amor (y de verdad).

La transfiguración no oculta la sombra, no la disimula, sino, todo lo contrario, pide adentrarnos en la oscuridad de nuestro miedo, de la vergüenza, de la contradicción, de la intolerancia disfrazada de perfección y de cumplimiento, de la autopromoción disfrazada de servicio, de la tibieza disfrazada de aceptación pacífica y de un largo etc. La transfiguración surge en el amor a todo lo desfigurado.

En el cuerpo transfigurado de Jesús se anuncia la resurrección de un cuerpo desfigurado. Hoy, para cada uno de nosotros la transfiguración se nos ofrece como iluminación de nuestro vivir cotidiano, donde tantas veces palpamos una realidad opaca, pesada, espesa como un muro. La transfiguración nunca es una proyección desesperada de nuestros más bellos sueños para un futuro imaginario; es el hoy, aquí y ahora, de la gracia que está escondida y que nos espera en las personas y situaciones donde, en un primer momento, solo vemos desfiguración. Si acogemos y amamos esa realidad, ella se transfigura. La fe ve en las entrañas, no se queda en la apariencia. ¡Cómo sería distinto si nos acercáramos a toda realidad desde la visión de sus entrañas!

Empecemos por nosotros mismos: Señor, danos la gracia de decir ante nuestra propia vida: ¡qué bien se está aquí! (Mt 17,4) Cuando somos capaces de ver la luz del Tabor en nuestro cuerpo frágil, entonces toda realidad la contemplaremos bajo el signo de la Pascua: toda desfiguración se nos ofrece como transfiguración.  «Nuestra única obligación moral consiste en desbrozar en nosotros grandes claros de paz y ampliarlos poco a poco, hasta que esa paz irradie hacia los demás.» (Etty Hillesum)

7 comentarios en “¡Qué bien se está aquí!

  1. Bea dijo:

    Gracias por tan bella y novedosa homilía . Es una visión muy entroncada con el hombre. Le aporta mucha luz acerca de la tarea a realizar si es que se contagia de la manera transfiguradora del Señor. Que bien y que bien haberla oido en directo. Gracias

  2. Luis Martínez Sánchez dijo:

    “…y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como La Luz…”
    ¡Señor: Inunda nuestros corazones con esa Luz que es Verdad! ¡Qué tu rostro no nos cansemos de buscar! Alivia nuestro ser tan deseoso de sanación y paz. Las heridas infinglidas en nosotros, por nosotros, a través de nuestras situaciones personales y sociales, sean curadas…transfiguradas por tu Ser. Así, podremos levantarnos una y otra vez y ser humanamente personas…De esta manera,, deberíamos ayudar a los demás en este Camino al Reino …con fe y de forma realista y veraz.
    ¡Qué seamos capaces de ” Escucharte ” en lo más íntimo y, a través de la esperanza, acoger Tu Amor.

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