Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia

From Darkness to Light | Alexander Sadoyan | 2009

Ante Dios lo importante no es hablar, sino hacer. Para cumplir la voluntad del Padre del cielo no son las palabras, promesas o rezos, sino los hechos. Es en la vida cotidiana en la que se nos invita constantemente encontrar la voluntad de Dios en nuestras vidas.

En este domingo nos encontramos con una parábola de Jesús (Mt 21,28-32) tan simple pero al mismo tiempo tan singular que, prácticamente todo comentario o reflexión están demás, aunque podemos correr el riesgo de creer que ya sabemos la respuesta. Lo curioso es que esta parábola atraviesa la historia como una denuncia de una vivencia religiosa puramente formal, puramente exterior, y de una frialdad polar, que ningún cambio climático es capaz de derretir. Por otro lado, nos encontramos con el elogio que Jesús hace a lo arreligioso, a lo impuro, a lo prostituido, al enfermo, al ateo, porque él tenía experiencia que en el mundo marginal había sed de salir de un pozo sin fondo, pero que las instituciones político-religiosas con sus rigideces no les daban ninguna esperanza a sus anhelos.

Jesús de Nazaret tenía experiencia por su relación con el pueblo pobre y humilde que se movía en la marginalidad social, que si te acercas a los considerados “pecadores públicos” con la moral de la Ley y del Templo, te dan la espalda. Si  nos acercamos con el corazón abierto, una sonrisa sincera, y una mano tendida, el muro que nos separa se derrumba, porque la gran intuición de San Pablo -“Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”- nos indica que, ciertos razonamientos teológicos y ciertas vivencias negativas de la religión, no tienen en cuenta la supremacía de la gracia y de sus consecuencias: el pecado y sus efectos. Nunca podremos despertar la conciencia del descreído, del marginal, en un Dios que es pura gracia y puro amor, si no nos metemos en el corazón de las masas; ese es el gran reto que tiene por delante la Iglesia en estos momentos de descristianización.

Las palabras de Jesús son durísimas y nos tocan a todos, toca a la Iglesia de manera muy directa porque no acabamos de encontrar la manera de acercarnos a la gran indiferencia que hay en la sociedad en el terreno religioso. ¿Dónde está la profunda reflexión que tenemos que hacer sobre nuestros templos vacíos, sobre nuestras aburridas liturgias, sobre nuestras homilías que las gentes no aguantan, sobre una moral que  no convence a nadie, sobre la falta de interés por la vida sacerdotal y religiosa? Y, lo más grave de todo, ¿por qué no somos capaces de ilusionar, de atraer a la muchedumbre descreída al corazón de la Iglesia, como Jesús de Nazaret atraía a aquellas gentes que andaban extraviadas como ovejas sin pastor?

Las barreras de separación y complejas discriminaciones que había en tiempos de Jesús están más que superadas, por lo menos en el cristianismo. Hoy todo el mundo puede entrar en el templo, sea creyente o  no, esté sano o enfermo, ejerza la prostitución o lleve una vida normal, ya no hay gentes malditas por no conocer la Ley, ya no hay gentes “ricas y sanas” bendecidas por Dios y “pobres y enfermos” malditos a causa de sus pecados. Esto es así. Pero la pregunta de Jesús sigue resonando a través de la historia: ¿Quién obedece, o quién desobedece a Dios?

Los cristianos llenamos de palabras muy hermosas nuestra historia de veintiún siglos. Construimos sistemas impresionantes que recogen la doctrina con profundos conceptos y que ayudaron a miles de personas a vivir su fe, pero eso no basta. Jesús nos recuerda que, hoy y siempre, la verdadera voluntad de Padre, la hacen aquellos que traducen en hechos el Evangelio, y aquellos que se abren con sencillez y confianza a su perdón. ¿Es que acaso tenemos necesidad de proclamar una y otra vez que la salvación no es una cuestión de credos religiosos, que es algo más profundo?: Es saber desprenderse, es saber no juzgar, es saber perdonar, es saber ser pobre con los pobres, saber sentirse enfermo con los enfermos, anciano con los ancianos, pecador con los pecadores, ternura de Dios con los corazones afligidos, camino de libertad con los que se sienten encadenados en múltiples prisiones y adicciones.

La palabra de la Iglesia tiene validez cuando desciende y se sienta en el polvo de la historia por el que camina una humanidad que no se encuentra a gusto en ningún credo religioso que, más que acercarlos a Dios, los aleja con sus normas y ritos. Necesitamos que la Iglesia tenga corazón para que las palabras de Jesús golpeen nuestras conciencias denunciando nuestra hipocresía. “Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios” – duras palabras de escándalo en el tiempo en que fueron pronunciadas, y no menos escandalosas en el nuestro.

No lo olvidemos nunca, nada es lo que parece. A veces en una aparente vida santa y perfecta se esconde lo inconfesable, y en lo perdido, impuro y despreciable, brilla la bondad y la misericordia de Dios. Siempre fue así y siempre lo será.

5 comentarios en “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia

  1. Bea dijo:

    Nada es lo que parece…. Menudo examen y menuda tarea nos plantea esta impresionante reflexión del evangelio de hoy. Muchas gracias de corazon por ella.

  2. Mane dijo:

    Acercarse con el corazón abierto,con la mano tendida,sentarse en el polvo de la historia,dejar las hermosas palabras….eso es lo que llega al corazón del otro. Contundente homilía no tiene “desperdicio”. Eso es lo que queremos que la iglesia diga y sobre todo haga,es lo que dijo e hizo Jesús,hasta que eso no sea así no con venceremos a nadie porque no somos creíbles. Gracias por tan magnífica homilía

  3. Mane dijo:

    Perdón.
    La iglesia y todas las personas creyentes,todos tenemos esa obligación con el otro. Nadie estamos en posesión de la verdad y la razón. Si es que nos creemos lo de Jesús!

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