Día de la comunidad

Celebramos hoy con alegría y agradecimiento nuestra vocación cenobítica. Solamente Jesús Resucitado, que nos ha convocado en torno suyo, es capaz de crear unidad y paz en medio de nuestra diversidad y singularidad. Jesús es nuestra Paz definitiva. Él es la Paz a la que aspiramos.

La paz percibida “en la profundidad del corazón humano” nos habla de otras paces que no se perciben ahí, en el corazón, sino en sus periferias. Hay una paz que alcanza a la sensibilidad corporal y puede no ser todavía paz del corazón. Hay otra paz que alcanza los niveles de la inteligencia o los de los afectos, sin ser todavía paz del corazón. “Corazón”, en sentido bíblico, es la sede de los sentimientos y decisiones; un centro personal que no existe sin esas periferias, pero que no es totalmente idéntico y dependiente de ellas. ¿No hemos experimentado todos alguna vez la sensación de una sensibilidad exterior y una inteligencia relativamente en paz, en medio de un corazón profundamente inquieto? ¿Y, al revés, una extraña paz en el corazón con la sensibilidad y la inteligencia alteradas?

La Paz del Resucitado se dirige al corazón sin prometer estabilidades permanentes en esas otras periferias suyas. No es como la paz del mundo, a la que solo interesa la satisfacción de lo más exterior del ser humano.

En la Paz de Cristo “se supera la insaciable codicia que late en la profundidad del corazón humano”. Lo confesemos o no, el fondo de nuestro ser está habitado por un fuerte componente de inseguridad, de angustia y de miedo. Gracias a Dios no solo por estas realidades. Llevamos dentro un campo de minas que, si lo activa el miedo, se dispara hacia lo peor.

La secuencia del proceso podría ser algo así: la inseguridad genera miedo; el miedo, angustia; y la angustia, una “insaciable codicia”. Se podría decir que esa inseguridad radical, a la que nadie escapa alguna vez, se asemeja a un agujero negro que hace imposible la paz del corazón; la angustia que produce tal situación tiende a superarse del modo que sea, a saciarse y quedar pacificada; uno de los caminos más frecuentes que elige es el de la codicia. Codicia insaciable de riqueza, de poseer cosas o personas como un intento loco de taponar un vacío que se agranda progresivamente; codicia de prestigio como culto al yo, siempre amenazado de radical y creciente inseguridad; codicia de poder que disimule la propia indigencia, como intento de vivir finalmente en una imposible y equivocada seguridad y paz.

La pregunta que podemos hacernos ahora es si ese miedo inevitable y radical que late en el corazón humano y que constituye un auténtico campo minado tiene alguna posibilidad de ser des-activado en otra dirección para que no pervierta a quien lo experimenta ni a la comunidad en la que vive. La respuesta está en Jesús, nuestra Paz definitiva.

Cuando todo ese desorden llame tu atención, cuando las dudas entonen su loca melodía, cuando las historias se dejen venir como cascadas, es bueno recordar que ese mismo miedo que tratas de eliminar te está realmente invitando hacia tu verdadero Hogar, hacia Aquel que es nuestra Paz definitiva. Un problema es algo que anhela tu dulce atención. Una crisis es un momento decisivo. La enfermedad es una invitación a un profundo descanso y a la liberación. Un trauma es la invitación a ese tipo de aceptación, nunca antes imaginada. Esas dudas que te carcomen son invitaciones del mismo Resucitado para que te dejes caer en el abrazo incondicional de Su Amor. Por eso, cuando todo parezca ir mal, detente, toma un respiro y recuerda que nada puede salir ‘mal’ en el inmenso campo de la Providencia Divina.

Posiblemente algo así debió de ser la Paz del Resucitado para sus amigos. Desde ese momento llevarán al Resucitado dentro como Presencia, al lado como Compañero, y delante como Señor. Ese será su tesoro, el nuevo fundamento de su ser y de su paz. Y como fruto de ese don, ya no necesitarán apoyarse en las compulsiones del miedo y sus destructivos procesos.

¿Quién no desearía una Paz así? ¿Quién no la necesita para estar en armonía con su vocación más profunda? Sucede, sin embargo, que una Paz así nadie se la puede dar a sí mismo. Lo más que podemos hacer es “disponernos” para recibirla. Contradiciendo de plano uno de los dogmas centrales de la cultura occidental -el poder de la voluntad-, la paz no puede ser don de uno mismo. Dice R. Pannikkar: “Yo no me puedo dar la paz a mí mismo, ni siquiera la paz interna e íntima… Cualquier intento de paz que no sea “femenino”, es decir, que no venga y se reciba como un don, nunca será la verdadera paz”.

En este día de fiesta de la comunidad, damos gracias por los hermanos que celebran su onomástico, por todos y cada uno de los hermanos, ausentes y presentes, que son el regalo que Jesús nos ha concedido para recibir y vivir en su Paz.

5 comentarios en “Día de la comunidad

  1. Mane dijo:

    Un problema, una crisis,un trauma una enfermedad. Esas dudas que nos corroen son una invitación para dejarme caer en el abrazo incondicional de Su Amor.
    El reto que planteas aparentemente es fácil,no lo es,es bien difícil; yo diría para gigantes! Dejarse hacer y ponernos en sus manos. Parar respirar hondo y decir Tu sabes que me está pasando y solo Tu sabes que hacer! Una profunda y preciosa reflexión,no se si es posible para todos llegar a ello.
    Quien no necesita esa paz?
    Felicidades a todos los Carlos! Un abrazo grande para ellos. Y felicidades a toda la comunidad en su día.

  2. Salvador dijo:

    Saber que alguien dio la vida por mí es una fuente de esperanza y de responsabilidad. Todo lo que me acontezca es secundario, solo importa ser digno de Él.

  3. Gubi dijo:

    Corazón enlazado en unas manos regadas de paz genuina y ahí, el sufrimiento es luz que nos abraza en silencio. Permitamos que su PAZ acontezca en nuestros corazones a modo de ofrenda a los demas.
    Felicidades !

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