Aniversario de la Dedicación del Oratorio

Dedicación del Oratorio | 13.11.1987

Toda realidad es una teofanía, es de­cir, una manifestación de Dios. Las cosas grandes y eternas, así co­mo las pequeñas y frágiles, los cielos ilimitados y la admirable com­posición de una célula o de un átomo nos traen el saludo de Dios y cantan en sus armoniosas estructuras las maravillas divinas.

Nuestros santos comprendieron esta verdad hasta el punto de que consideraban todas las cosas como reveladoras de la presencia de Dios. Todas las cosas y todos los acontecimientos son, para los santos, sacramentos que esconden y revelan a Dios. Ellos saben que nada sucede por casualidad en el mundo. No hay nada que se escape a la mano omniabarcante y al ojo omnipresente de Dios. La realidad es el templo de Dios. Encontramos al Señor cuando le reconocemos y le adoramos con todo el corazón en cualquier episodio triste o alegre, oscuro o luminoso, áspero o suave, de la vida. En esta apertura y adhesión confiada a la voluntad de Dios consiste la misma esencia del amor y el secreto de la santidad.

Pero hay otra presencia de Dios que constituye nuestro gran reto: encontrar al Señor en nuestros hermanos. Nuestro Dios se ha “corporeizado”. Dios posee un rostro humano. De ese modo puede liberarnos del enorme peligro que posee la experiencia religiosa de convertirse en un lugar privilegiado para el surgimiento de todo tipo de fantasías ­en las que la alteridad, el otro, aunque se piense lo contrario, puede quedar perfectamente difuminado y confundido con la propia realidad ignorada.

Es un Dios encarnado el de nuestra fe. Un Dios que sale al encuentro bajo los modos en los que los seres humanos pueden encontrarse. Y un Dios, además, que sale al paso para manifestarnos que Él mismo es también alguien que busca una alteridad, porque no es un Dios ensimismado, no es un absoluto impasible y encerrado en un “para sí”, sino que, esencialmente, es un Dios relación que busca, persigue y goza el encuentro con el otro.

Dios nos habla desde las profundidades del espíritu. Y es en esa intimidad del corazón donde se realiza el encuentro con Dios. Y este es el centro de todos los mundos y de todas las cosas. El espíritu humano se siente atraído continuamente hacia el torbellino de la vida de Dios; haga lo que haga, la magnánima presencia de Dios está siempre allí penetrándolo, consolándolo, impulsándolo, transfigurándolo por entero. Ese movimiento de retorno no nos aleja de los demás; por el contrario, cuanto más se está en el centro de sí mismo, tanto más está cerca de ellos y los abraza y sirve y ama con el mismo amor de Dios.

Hemos escuchado que Pablo decía a los corintios: Hermanos: Sois edificio de Dios… ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el espíritu de Dios habita en vosotros?… el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. Y en otro lugar les dice: Hermanos, considerad quienes habéis sido llamados, pues no hay entre vosotros muchos sabios según los criterios del mundo, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Al contrario, Dios ha escogido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes; ha escogido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del mundo para anular a quienes creen que son algo. De este modo nadie puede presumir delante de Dios.

Estamos rodeados por todas partes de pobres, porque todos somos pobres. Y si no, miremos lo que hay entre nosotros: somos hombres que llevamos una herida de amor en las entrañas con un sentimiento voraz de culpa, con una memoria enferma, con tendencia a la suspicacia, a la tristeza, a la ira, al victimismo, a la comparación, con un sentimiento hondo de vergüenza, con una dolorosa desconfianza existencial, indolentes, irrefrenables, negligentes, ambiciosos, murmuradores, autoritarios, envidiosos…, y un largo etc. que no nos encontramos en la Santa Regla.

Y aquí estamos día tras día y año tras año para establecer unas relaciones de amor, basadas en el perdón, el respeto y la aceptación mutuas, al tiempo que no cejamos en la tarea de sanar las propias heridas, siendo los que somos, y ya se sabe: “genio y figura hasta la sepultura”.

Por eso, a pesar de todos los pesares, seríamos imperdonablemente insensibles si no reconocemos el milagro cotidiano del Amor de Dios que nos reúne y que nos lleva a exclamar y proclamar a viva voz: Ved qué dulzura qué delicia convivir los hermanos unidos… Qué menos que estar agradecidos conscientes de la cruda y difícil realidad que les ha caído en suerte a la mayor parte de la población mundial, con los enormes fracasos y frustraciones en el ámbito de las relaciones interpersonales y familiares.

Que María, “Regla de Monjes”, que hoy hace 30 años que preside nuestro oratorio nos haga exclamar cada día: Ved qué dulzura qué delicia convivir los hermanos unidos… en la casa de Dios.

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