Venid benditos de mi Padre

Comida solidaria con la participación de pobres, prisioneros, refugiados y del Papa Francisco en la Basílica de San Petronio (Bolonia)

En el Prefacio de la misa de esta festividad que oiremos antes de la Plegaria Eucarística dice así:
«Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del Universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que ofreciéndose a sí mismo, como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la Redención humana, y, sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.»

No he querido quitar ni una sola palabra a este importante párrafo del Prefacio porque la Iglesia presenta de esta manera la grandiosidad y entrega de Cristo Sacerdote y Rey y al mismo tiempo nos enseña las características de su reinado maravilloso.

Fijémonos bien: es para siempre y para todos. En el encontramos la verdad y la vida que tanto ansiamos y en este mundo sólo gozamos a medias. Por otra parte es un reino que corresponde al plan de Dios sobre nosotros, es decir conseguir la gracia y la santidad. Finalmente, en este reino se encuentran las tres características que siempre anheló la humanidad: la justicia, el amor y la paz.

En cuanto al Evangelio, es un pasaje muy conocido por todos nosotros. Se trata de un adelanto que nos hace Jesús quien, como buen Maestro, nos prepara para salir airosos en el último examen que rendiremos cada uno, al final de los tiempos. La parábola de Jesús nos obliga a hacernos preguntas muy concretas: ¿estoy haciendo algo por alguien? ¿a qué personas puedo yo prestar ayuda? ¿qué hago yo para que reine un poco más de justicia, solidaridad y amistad entre nosotros? ¿qué más podría hacer?

La última y decisiva enseñanza de Jesús es ésta: el reino de Dios es y será siempre de los que aman al pobre y le ayudan en su necesidad. Esto es lo esencial y definitivo. Sólo que, como dice Saint-Exupéry, «lo esencial es invisible a los ojos» y queda oculto para quienes no saben amar gratis. Un día se nos abrirán los ojos y descubriremos con sorpresa que el amor es la única verdad y que Dios reina allí donde hay hombres y mujeres capaces de amar y preocuparse por los demás. Al final de nuestra vida, no se nos va a juzgar por nuestras bellas teorías ni grandes palabras, sino por el amor concreto a los necesitados. Estas son las palabras de Jesús: «Venid benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber». Ahí está la verdad última de nuestra vida.

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