Vibrar con el otro

Curación de la suegra de Pedro | Fresco bizantino en la ciudad de Mistra (Grecia)

El Evangelio de hoy resulta alentador cuando escuchamos que la población entera se agolpaba a la puerta para ser curadointerrumpen su oración solitaria para decirle que todo el mundo te busca…  y termina diciendo que así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios. Jesús, con sus palabras y gestos, entusiasma porque anuncia una Buena Noticia que promueve y devuelve la vida. ¿Y para quién es buena noticia? Es buena noticia para cada uno de nosotros que no acabamos de ver satisfecho nuestro anhelo, que no terminamos de calmar nuestra sed, que se nos va la vida tratando de ver curadas nuestras enfermedades y dolencias, que necesitamos urgentemente colmar nuestras aspiraciones más vitales. Andamos buscando la felicidad por todas partes, llamando a innumerables puertas, y como resultado de nuestras incansables idas y venidas, nos encontramos, irremediablemente, postrados, desencantados.

Resulta difícil creer que el Evangelio sea una Buena Noticia, acostumbrados como estamos a ver en Dios a un rival o, peor aún, a un enemigo de la vida. Aunque no lo expresemos así, es muy posible que en nuestro fuero interno estemos persuadidos de que las cosas relacionadas con Dios, nos recortan la vida, nos la fastidian: lo religioso nos quita la alegría y las ganas de vivir. La vida es ya lo suficientemente dura como para que andemos llenándola de cargas y restricciones. Y no obstante, la religión, precisamente, se ha encargado un poco o un mucho de ponernos las cosas cuesta arriba.

Sin embargo, Dios no es un vampiro que nos succione las pocas alegrías que nos proporciona esta vida. Más bien, es todo lo contrario: Él es quien genera, concibe, promueve, fomenta, rehabilita y devuelve la vida. Es Dios de vivos; allí donde nos topemos con el mínimo resquicio de vida, podemos estar seguros de que habrá vestigios de su presencia; allí está Él. Tampoco es Dios un moralista, y menos aún un predicador moralizante. Muy al contrario, Él sintoniza perfectamente con nuestra legítima e íntima aspiración a ser aceptados, a ser acogidos gratuitamente, a ser amados porque sí. Él nos ama incondicionalmente y eso es lo único que nos da anchura y ganas de seguir viviendo. Es lo que hace que Dios sea Dios.

 Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, Jesús pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él. (Hechos, 10, 38). Jesús siente lástima, se compadece de la gente. La compasión es esa capacidad de sentir con el otro, poniéndose en su lugar. Comporta un estremecimiento ante el sufrimiento ajeno que se traduce en una ayuda eficaz. La compasión sería ese “sentimiento profundo de amor hacia los seres que sufren, buscando eficazmente aliviar su situación, a través de una acción bondadosa y servicial”.

Se trata de una de las actitudes más genuinamente humanas, que nos da la medida de la calidad y calidez de la persona. El sentimiento de compasión se ve favorecido por la experiencia de la propia necesidad, fragilidad y vulnerabilidad. Al palpar la propia limitación, nos reconciliamos con nuestra humanidad, nos hacemos más humanos, y desde ahí, puede crecer la capacidad de sintonizar con el otro, particularmente cuando se halla en situación de necesidad o precariedad. Por eso, puede decirse que la experiencia del dolor nos humaniza, nos “ablanda” y sensibiliza ante el dolor ajeno. A partir de ahí, la compasión puede abrirse camino.

Pero la compasión genuina nace de una fuente todavía más honda: no es solo la experiencia de la propia vulnerabilidad, sino la conciencia de una identidad compartida de que todos somos hijos e hijas del mismo Padre y hermanos entre nosotros, por lo cual nadie me resulta indiferente. El bien de los otros es mi bien; su dolor, mi dolor. Al escritor romano Lactancio se le atribuyen unas palabras que recogen esta conciencia: “Soy humano, y nada de lo humano me resulta ajeno”. Una cosa es pensarlo, asintiendo a ello, y otra bien distinta es haberlo experimentado.

Para poder “vibrar” con el otro, hace falta que nuestra sensibilidad no esté congelada ni endurecida para que cuando el sufrimiento ajeno choque contra nuestra coraza seamos capaces de sentirlo. Es necesario también que hayamos liberado nuestra capacidad de amar para poder salir, despojados de bloqueos, al encuentro de la persona que sufre. Es decir, que para vivir la compasión necesitamos aprender a sentir y aprender a amar. 

El evangelio nos está anunciando que el amor, la libertad, la salud, la alegría de vivir, también pueden contagiarse. Le pedimos a Jesús que su palabra sea viva y eficaz en nuestra vida y que no deje nunca de recorrer nuestras calles, ciudades y aldeas, anunciando la buena nueva del Reino y curando a los oprimidos por el mal.

5 comentarios en “Vibrar con el otro

  1. Mane dijo:

    Se acercó,le cogio la mano,la levanto y la puso de pie le devolvió la dignidad. Jesús siempre con la mano tendida como un amigo que nos da vida. No olvidarnos que en nuestra puerta, a nuestro lado siempre hay gente que sufre. Ahí está la compasión:el sentir con el otro, estremecerse con el sufrimiento ajeno pero para eso hay que aprender a amar. Se aprende a amar? Somos dueños de los sentimientos? Compasión,alegría, amor?. Gracias por esta bella homilía

  2. Luis Martínez Sánchez dijo:

    Somos tan frágiles como el cristal. Vulnerables a la míNima brisa. Cierto es que aparentamos lo contrario…recubierto nuestro Corazón de múltiples capas, cada cual más gruesa. Insensibles por sentir la cercanía del otro? Puede ser…puede ser que nos hayamos olvidado del riesgo a establecer una relación humana, a acercarnos al amigo o a la amiga…a experimentar el Amor en una palabra. Y para romper estos maleficios no queda otra que acoger primero a Jesús, al Otro…lo está deseando…nos lo ha indicado ya con anterioridad. Abrirse a Jesús es dejar que entre el Amor en nuestras vidas, débiles sí, pero llenas de presente…de regocijarse en la compañía del prójimo…sintiendo sus problemas como tus problemas…como hace Jesús, ese Hombre Solidario hasta el infinito, que vino de más allá del Infinito y se humanizó por Amor al hombre al que no deja ni a sol ni a sombra…
    No nos quedemos en las caídas, en los fracasos…propios o de otros. Levantémonos una y otra vez…apoyados unos en otros con Unicidad de Cuerpo De la Iglesia…admitiendo a los que no piensan como nosotros…sin desigualdades. Prioritario el sentir de la tolerabilidad entre los hombres, aunando ideas y corazones…siguiendo la línea de la Realidad que nos lleva al Reino De Dios…Todos juntos como hermanos.

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