Para que vuestra alegría llegue a la plenitud

Farm Garden (det.) | Gustav Klimt | 1905-6

«Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a la plenitud» (Jo 15,11)

Lo específico de la fraternidad cristiana es que está fundada por Jesús –«Uno es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,8)- y sigue siendo Jesús quien convoca para integrar una comunidad, donde toma cuerpo su Buena Noticia: que todo en la vida puede ser vivido bajo el signo del amor, como camino de liberación integral para cada ser humano, que se realiza en el paso del yo al nosotros. Y este paso es el contenido fundamental de la conversión (metanoia) que el evangelio propone. La conversión del corazón y la disponibilidad para la relación son una misma realidad. El discípulo de Jesús aprende a amar con su Maestro, no solo por su ejemplo, sino fundamentalmente permaneciendo unido a él como el sarmiento unido a la vid (Cf. Jn 15,4).

El amor es siempre iniciativa de Dios: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él  nos amó y nos envió a su Hijo» (1 Jn 4, 10). Lo que nos convierte el corazón es el amor incondicional de Dios cuando aceptado en nuestra realidad concreta. Pero nos es fácil dejarse amar, nos resistimos, pues la carga de nuestra culpabilidad – tantas veces inconsciente – domina nuestro corazón y nos hace desconfiar del amor. Podemos pasarnos la vida entera hablando del amor, deseando el amor, pero profundamente amargados con la propia vida. Solo el otro, el hermano que Dios pone en nuestro camino, puede ser el instrumento de la gracia, desarmándonos de nuestras técnicas defensivas y ofreciéndonos la posibilidad de tocar nuestra vulnerabilidad. Y el hermano que Dios pone en nuestro camino no suele comportarse como un angelito simpático que se somete a nuestros caprichos.

La dificultad en la relación nos está indicando la dimensión del camino que tenemos por delante: «Y al que te obligue a andar una milla vete con él dos.» (Mt 5,41) Solo el otro agrandará el mapa de nuestra vida, nos hará visitar territorios desconocidos, los que llevamos dentro y no sabíamos (y que, seguramente, son los más bellos). El otro, por su forma de ser y de relacionarse, al hacer añicos nuestros esquemas defensivos, nuestras estrategias egoicas, nos regala, casi siempre sin saberlo, uno de los mejores dones de la vida: asumir nuestra impotencia y ponernos cara a cara con el Dios vivo, el Dios todo amor. Él es para nosotros la encarnación de la Palabra de Dios -«espada de doble filo: penetra hasta la división del alma y del espíritu (…) y discierne los pensamientos e intenciones del corazón» (Heb 4,12)-, es una lectio viviente que desentierra en nosotros el «tesoro escondido». No fuera la imprevisibilidad de las relaciones y moriríamos de hambre de vida agarrados a nosotros mismos, encerrados en el estrecho territorio de nuestro egocentrismo. Los caminos que menos pensábamos recorrer y con la compañía más impensada son los que generan más gratitud, porque son los que nos llevan más lejos en el descubrimiento de la fuente del amor que llevamos dentro. El Dios vivo nos espera en lo más enigmático de la vida del hermano, para que nuestra alegría llegue a la plenitud.

La relación toca zonas profundas de nuestra fragilidad. Cuanto más significativa sea la relación tanto más nos expone. Incluso porque, sin saberlo, buscamos en el otro la solución para lo que en nosotros no está solucionado. Las exigencias, tantas veces brutales, con que confrontamos el otro, son de eso una señal evidente. La relación pide la verdad de cada uno y es en la fragilidad compartida que la relación se robustece. No nos damos cuenta que, al intentar ocultar nuestras heridas por miedo a no ser amados o a no ser respetados, alimentando silenciosamente nuestra culpabilidad, estamos poniendo obstáculos en el camino de la relación. El amor requiere la humildad, también para reconocer que lo que tenemos para dar a los demás -más que las fantasías grandilocuentes de nuestra imaginación, que solo perturban- es la verdad de nuestra pobreza.

Si la relación nos lleva a la conclusión de que todos somos aprendices en la escuela del amor, y que después de un largo viaje, tendremos que volver a aprender las primeras letras del alfabeto, entonces sí, hay algo de radicalmente nuevo naciendo. No nos equivoquemos: desistir del otro es siempre, de alguna forma, desistir de uno mismo. En definitiva, solo el otro puede enseñarnos a amarnos. El amor al otro y a uno mismo no existen separadamente y siempre crecen juntos. El amor nos conduce directamente a la experiencia pascual, muerte que es vida, y vida abundante: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos.» (1 Jn 3,14) El amor es la memoria viva, actualizada en cada día, de que el Crucificado está vivo. El amor no pasará jamás; él es la puerta siempre abierta de la eternidad. La puerta estrecha, sin duda, pero siempre abierta.

«Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a la plenitud» (Jo 15,11).

9 comentarios en “Para que vuestra alegría llegue a la plenitud

  1. Iñigo dijo:

    El amor al Otro, a los demás y a Dios mismo son tres patas inseparables e intercomunicadas. Si falla una de ellas, las otras se resienten. Al final, la vida espiritual se resume en el amor y el servico

  2. vicenta rúa lage dijo:

    A veces, tengo la impresión de que se habla poco de las bondades espirituales de la alegría y el gozo, dones del Espíritu. En el pasado, un “dolorismo”, un miedo y exigencia legalista… nefastos impregnaban todo y parecían buscar, inutilmente, una extraña tranquilidad en las conciencias. Por eso me encantan esas palabras, en boca de Jesús. Porque nos ama, nos invita a estar alegres. Como siempre, me interesa mucho tu comentario y lo agradezco.

  3. Luis Martínez Sánchez dijo:

    Hablar de Amor…de Plenitud…es conformarse a uno mismo fuera de sí. Es dolor y lucha….es sentir a los demás como no terreno a conquistar y donde instalarse. Jesús, el Maestro , no nos quiere egocéntricos, alienados con el egoísmo del poseer seres humanos ni cosas. La gratuidad de la caridad no es exigente con los excesos de sentimientos malentendidos. Somos seres humanos….somos débiles….somos seres unificados que han de convivir con todo lo que supone ser en el Ser. Humanos en el compartir con los hermanos…congeniar en los bienes que tenemos…llegar a aunar los espíritus, las almas….Un Cuerpo Único donde DIOS es El Centro….Inagotable….Preciso y Certero dentro de su Naturaleza Insondable…donde el Amor es el eje de la Existencia en Alegría.

  4. Bea dijo:

    Tamaña reflexión sobre el amor, el otro……deja helada la sangre y abierto el corazón hacia lo grande, la ESPERANZA en poder seguir avanzando. GRACIAS

  5. luisa dijo:

    Muchísimas gracias por esta maravillosa homilía, en la que hay mucha comprensión de nuestra humanidad y nos muestra lo esencial para una vida realizada.

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