Enternecimiento

Antropólogos y arqueólogos nos señalan un hecho singular: cuando nuestros antepasados humanos salían a cosechar frutos, semillas, caza y pesca, no comían individualmente. Recogían los alimentos, los llevaban al grupo y practicaban la comensalidad, esto es: distribuían los alimentos entre ellos y los comían comunitariamente. Esta comensalidad permitió el salto de la animalidad hacia la humanidad. Esa pequeña diferencia hace toda una diferencia.  

Lo que ayer nos hizo humanos, todavía hoy sigue haciéndonos de nuevo humanos. El momento de comer es uno de los más esperados del día y de la noche. Tenemos la conciencia instintiva y refleja de que sin el comer no hay vida ni supervivencia, ni alegría de existir y de coexistir. Consumir comensalmente es comulgar con los que comen con nosotros, comulgar con las energías cósmicas que subyacen a los alimentos, especialmente la fertilidad de la tierra, el sol, los bosques, las aguas y los vientos.

La eucaristía tiene un doble trasfondo: por un lado, la experiencia del Éxodo, donde el pueblo fue alimentado con el maná. Por otro lado, la comida sagrada de los cultos mistéricos, por la que el fiel se unía personalmente con el dios. En la unión de las imágenes del maná y de la carne del cordero pascual, la eucaristía se presenta como alimento de los creyentes y como comunión -a nivel físico- con la misma persona de Jesús.

El pan y el vino -alimentos cotidianos en la Palestina del siglo I, que reúnen en torno a sí a toda la familia y a todos los amigos- son símbolo de la realidad entera. En la eucaristía se concentra todo el mensaje de Jesús: Don total, Amor total, sin límites. Al comer el pan y beber el vino, hago mía su vida, intentando identificarme con lo que fue e hizo Jesús, siendo y haciendo yo lo mismo. El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan que doy. Cuando soy pan me dejo comer, como hizo Jesús. Comulgar significa hacer nuestro todo lo que ‘es’ Jesús. Significa que, como él, soy capaz de entregar mi vida por los demás, estando siempre disponible para todo aquel que me pueda necesitar.

El signo sacramental no es el pan, a secas, sino el pan partido y repartido, preparado para ser comido. Cuando en la eucaristía, se pronuncian las palabras de Jesús: Esto es mi cuerpo lo que hacemos es “reconocer que todo es su cuerpo”, es como si dijera: “Esto soy yo”. En la celebración de la eucaristía, actualizamos la vivencia de Jesús y conectamos con nuestro Cristo interior, celebrando la unidad de todo. Esa unidad no podemos celebrarla si permanecemos encerrados en las fronteras de nuestra individualidad. El memorial de Jesús activa nuestro Cristo interior y favorece nuestra vuelta a casa, al hogar compartido. Gracias a la Eucaristía podemos reconocer a Jesús en todo. Adorar la Eucaristía significa desarrollar una mirada de admiración, asombro y adoración sobre la realidad entera, en la certeza de que toda ella refleja el mismo y único Rostro, que es también el nuestro.

El amor eucarístico nos enfrenta de lleno con la complejidad del amor, con sus fracasos y su victoria final. Somos seres complejos, en los que se da la convergencia de un sinnúmero de factores materiales, biológicos, energéticos, espirituales, terrenales y cósmicos. Poseemos una exterioridad con la cual nos hacemos presentes unos a otros y pertenecemos al universo de los cuerpos. Y tenemos una interioridad, habitada por vigorosas energías positivas y negativas que forman nuestra individualidad psíquica. Somos portadores de la dimensión de lo profundo por donde rondan las preguntas más significativas del sentido de nuestro paso por este mundo. Estas dimensiones conviven e interactúan permanentemente influenciándose unas a otras y moldean eso que llamamos el ser humano. Nos revela que todo en nosotros tiene que ser cuidado, que necesita ser unificado, si no, perdemos el equilibrio de las fuerzas que nos construyen y nos deshumanizamos. Nos urge el sacramento de la ternura como vínculo de unión.

El enternecimiento es la fuerza propia del corazón, es el deseo profundo de compartir caminos. La ternura irrumpe cuando la persona se descentra de sí misma, cuando sale en dirección al otro, siente al otro como otro, participa de su existencia, se deja tocar por la historia de su vida. Es como un demorarse en el otro, no por las sensaciones que nos produce, sino por amor, por el aprecio a su persona y por la valoración de su vida y de su lucha. ‘Te amo no porque eres bello; eres bello porque te amo’.

A los seres humanos no nos basta el amor platónico, virtual o a distancia. La ternura exige presencia. Quiere la figura concreta que, más que la piel-con-piel, es el cara-a-cara y el corazón sintiendo el palpitar del corazón del otro. Así como la estrella tiene que tener un aura para brillar, de igual manera la ternura necesita la caricia para sobrevivir. San Juan de la Cruz, en el verso 11 de su Cántico Espiritual -en esas bellas canciones de amor entre el alma y Dios- dice: “el mal de amor no se cura sino con la presencia y la figura”.

Que tu Cuerpo, Señor Jesús, entregado, partido y consumido para transformar nuestro vivir, nos convierta en pan partido que llene de pan y de ternura todos los cuerpos hambrientos del mundo.

7 comentarios en “Enternecimiento

  1. Bea dijo:

    Cuánta ternura y humanidad hay en esta homilía. Gracias por la luz que nos aporta. Cuánto descentramiento implica la Eucaristía. Qué planteamiento tan natural y sublime. Qué invitación a la reflexión y al autoanílisis. Qué …….. gracias.

  2. Mane dijo:

    Las comidas para los judíos tienen carácter sagrado, a nosotros se nos escapa. El alimento viene de Dios y la mejor manera es sentarse a la mesa y compartir el pan y el vino como hermanos. Es el mejor momento para sentirnos unidos. Aunque creo que la Eucaristía es para personas abatidas que necesitan paz y respiro,Para pecadores que buscan perdón,los que viven con el corazón roto;con hambre de amor y amistad. No vino para los justos,sino para los pecadores. Gracias por esa homilíea entrañable,tierna y llena de amor.. reconforta y anima

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