El cuidado del corazón

Cuadro de Mark Rothko

La tradición benedictina nos entrega un San Benito enriquecido que, como el grano de mostaza, se ha convertido en un gran árbol en el que pueden cobijarse las aves más dispares. El recuerdo de San Benito transciende con mucho su figura, su persona, su historia, para dar paso a un proyecto de vida evangélico que, bajo múltiples formas de expresión, sigue vivo en la iglesia y en el mundo. Como hijos suyos, nos sentimos buscadores apasionados de Dios que, humildemente, queremos contribuir a gestar la humanidad nueva que intenta abrirse paso en nuestro tiempo.

La Regla de San Benito nos propone un arte del bien vivir que está anclado en medio de los acontecimientos cotidianos, y en el que lo fundamental es guardar el corazón para poder ofrecer con entusiasmo lo que somos y lo que tenemos. Como dice tan bellamente el libro de los Proverbios: cuida tu corazón, y hallarás la fuente de la vida. Es ésta la gran pasión de nuestra vida.

¿Y qué es esto de cuidar el corazón? Es algo difícil de entender y de explicar a sabiendas de todas las necesidades que existen en nuestro mundo. Pero es tan fuerte la seducción de cuidar el corazón que, a pesar de resultar algo tan irracional, lo experimentamos, interiormente, como lo mejor que podemos hacer por nosotros y por los demás. Es algo totalmente gratuito, inexplicable, pero en lo que nos reconocemos, y que por ello mismo da sentido a toda nuestra vida. Esta pasión por la guarda del corazón, no es ni una huida ni una evasión porque nace del contacto cara a cara y realista con nuestro propio humus. Sabemos bien que toda la vida es insuficiente para dejarse llevar por esta experiencia apasionante, por esta aventura siempre nueva, cargada de sentido, y, que sentimos además como verdaderamente transfiguradora de nuestra realidad personal y comunitaria y, en definitiva, de toda la realidad.

En el cuidado del corazón, el monje experimenta el contacto directo de Dios con su vulnerabilidad, tarea ilimitada, en la que descubre que él mismo es la humanidad, y que la humanidad es uno mismo. Y eso que va gestándose en él, tiene repercusiones salvadoras y liberadoras en todo. Es como conectar con la vocación más genuina de María, la seguidora de Jesús totalmente abierta a su Espíritu, y no poder aspirar ya a otra cosa que a aquello de S. Pablo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Y esto lo siente y experimenta el monje benedictino cuando vive a ras de tierra, allí donde sólo es posible la humildad, y la solidaridad sentida y ferviente. Nada le es ajeno; todo es suyo y él es de todos. Es como la Eucaristía hecha vida. Es como verse impelido a mantener, desde la interioridad, un contacto íntimo y permanente con toda la realidad. Es como participar de una forma singular de presencia -aparentemente ausente y quizás muy distinta a la que habitualmente se nos ha acostumbrado- pero implicada y presente en todo desde sus mismísimas entrañas.

Cuida tu corazón, y hallarás la fuente de la vida. Esta vida está presente en cada instante. Quien se concentra en cada instante ha empezado ya a vivir la vida intensamente. Esto nos recuerda aquellas sabias palabras del evangelio: buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por lo tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. Sí, así es como al monje benedictino se le da como regalo y puro don: vivir sólo para Dios en la soledad y el silencio, en la oración asidua y en la ascesis gozosa, creando cada día la fraternidad querida por el Señor, mediante la escucha humilde de la Palabra, el trabajo solidario y creativo… y todo esto, sin desear grandezas que superan su capacidad. De esta manera todo en el monasterio se experimenta como presencia de Jesús, el Señor, al que nada queremos anteponer. El huésped y el pobre, el abad y los hermanos, las herramientas y todo en el monasterio estará marcado con el signo sagrado del Señor.

Que María la Virgen, la Regla de los Monjes, nos ayude a vivir el carisma benedictino, nuestra verdadera pasión, que creemos que sigue siendo un don del Espíritu para la Iglesia y para el mundo.

3 comentarios en “El cuidado del corazón

  1. Mane dijo:

    Una exaltación de la regla de San Benito. Como debe ser en el día que se le recuerda y celebra. Elevada y de gran belleza. La has llamado cuidar el corazón. Precioso!!
    Cuidar el corazón para llevar a los otros la luz, la alegria, la paz, el amor…. Todos tenemos la sagrada obligación de cuidar el corazón para darlo gratuitamente al que lo necesite. Eso es lo que dice San Benito, y lo que nos pide El Señor. Gracias por compartir vuestras cosas aunque sea en forma de homilía

  2. Alicia dijo:

    Un poco retrasada pero sabes que os tuve muy presentes ayer y hoy disfruto de la homilía. Me gusta, me ayuda a cuidar mi corazón para Él en las hermanas y hermanos con quienes comparto la Vida.
    Muchas bendiciones para esa querida Comunidad.
    Alicia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.