Domingo de Ramos

Jesús en el huerto de Getsemaní | Kirk Richards

 

Hemos escuchado en el relato de la pasión que Jesús, en medio de su angustia, oraba con más insistencia. Experimenta angustia como consecuencia del miedo a lo que va a venir. La reacción natural al miedo y a la angustia es la agresión y la violencia. Sin embargo, él, pone todo en manos de su Padre -Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya- y, en medio de su angustia, oraba con más insistencia.

Son continuas las agresiones que ocurren en todas partes. En todos los luga­res del mundo alguien agrede a su enemigo y el dolor va aumen­tando en una espiral infinita. Podemos reflexionar sobre este hecho cotidiano y preguntarnos: ¿voy a añadir más agresividad al mundo? Cada día, cuando las cosas llegan al límite, puedo plantearme la pregunta: ¿voy a practicar la paz o voy a ir a la guerra?

El miedo es una experiencia universal. Erróneamente, pensamos que la gente valiente no tiene miedo. Sentir miedo cuando nos enfrentamos a lo desconocido no es algo terrible; más bien es una parte integral del hecho de estar vivos y que todos compartimos. Reacciona­mos ante la posibilidad de encontrarnos con la soledad, con la muerte, ante la posibilidad de no tener nada a lo que agarrarnos. Pero si lo ponemos en las manos del Padre, si oramos con insistencia, entonces nos comprometemos a quedarnos donde estamos y nuestra experiencia se volverá luminosa; las cosas se ven muy claras cuando no hay escape posible.

Si realmente queremos llegar a conocer el miedo, penetrando en él, nos encontraremos con que somos humi­llados continuamente, porque va aflorar la arro­gancia que rechaza de plano el miedo, y ello nos llevará a descubrir que sólo podremos arrostrarlo con el coraje de morir continuamente.

Cuando nos detene­mos en la angustia y en el miedo, y no expresamos ni reprimimos, no nos culpamos ni culpamos a los demás, nos encontramos frente a una pregunta abierta que no tiene respuesta racional. Allí mismo nos encontramos con nuestro corazón. El contacto íntimo con el miedo hace que los dramas personales se colapsen, y que finalmen­te nos abramos al mundo que nos rodea. Nadie nos dice nunca que debemos dejar de huir del miedo. Raras veces se nos dice que nos acerquemos más, que siga­mos allí, que nos familiaricemos con él.

Lo más normal, es que ante la menor insinuación de su presencia nos evadamos. Cuando sentimos que viene, desaparecemos. Y es bueno saber que solemos actuar así, pero no para castigarnos por ello, sino para dejarnos acoger y amar incondicionalmente por el Padre. Otras veces, nos sentimos acorralados: todo se cae en pe­dazos y desaparece la posibilidad de escapar. No hay dónde esconderse. Antes o después entendemos que, aunque no podemos hacer que el mie­do tenga una apariencia agradable, él será el que nos conduzca al ámbito de Dios, que nos enseña a amarnos en nuestra realidad concreta.

Que todo se desmorone es una prueba y también una especie de curación. Pensamos que la solución es pasar la prue­ba o superar el problema, pero en realidad las cosas no se resuelven. Las cosas se caen a pedazos y después éstos se vuelven a juntar. La curación proviene del he­cho de dejar espacio para que todo esto ocurra: espacio para el Señor en la pena y en el alivio, con la confianza en el Padre en la aflicción y en la alegría.

Permanecer con el corazón roto, con el estómago revuelto, con el sentimiento de estar des­valido, conscientes incluso del sentimiento de venganza, y adherirnos a esa incertidumbre abandonados en las manos del Padre: ésta es la senda espiritual que conduce a la paz verdadera.

Que el Señor Jesús nos conceda en esta Semana Santa la gracia de aprender de él a poner nuestro miedo y nuestra angustia en las manos del Padre –Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu– para ser sembradores de paz en nuestro mundo.

6 comentarios en “Domingo de Ramos

  1. Gonzalo dijo:

    Acertado y preciso. No nos enseñan a convivir con el miedo. Vivimos en una sociedad miedosa timorata y superficial. El miedo nos pone a prueba como el hierro fundido a la espada. Y si no podemos con el miedo, siempre tenemos al Padre. Confiemos en el.

  2. Bea dijo:

    Que enfoque tan antropológico-sicológico y cercano que nos conduce a abordar el asunto de ponernos verdaderamente en los brazos del Señor o a su disposición de la manera más AUTENTICA. GRACIAS.

  3. Gonzalo dijo:

    Gracias Ana. Es un gran alivio encontrar comentarios alentadores que ayudan a traspasar el miedo que nos ata a lo efimero y vanal.

  4. Mane dijo:

    ¿Que hace Dios en la Cruz?
    Que nuestro beso al crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.

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