Jueves Santo

 

Lavatorio de los pies | Xaime Lamas, monje de Sobrado | 2019

Hoy es el día del amor fraterno. No lo celebramos de espaldas a la vida sino muy conscientes de que es inmenso el desamor que existe en nuestro mundo. Su atención es algo que nos urge, que no nos deja indiferentes y que nos compromete día a día.

Día tras día y casi siempre, nuestros amores funcionan como amores necesitados, es decir, en trance continuo de engullir al otro olvidando su alteridad, o de centrarse en sí mismos con perjuicio de la gratuidad. El Amor de Dios y el amor a Dios están llamados a ser terapia teologal y humana de nuestro amor necesitado. Como humanos somos así: seres de necesidades. ¿Por qué habríamos de tener miedo a confesarlo? Necesitamos amar y ser amados; y cuando, por la razón que sea, este doble canal de ida y vuelta no funciona, la vida se nos hace penosa, insoportable… soledad de la mala.

Pero reconocer que nuestros amores son así no debería llevarnos a la ingenuidad de olvidar otra cosa importante: que el amor nacido de la necesidad lleva dentro de sí una tendencia a convertir al otro en objeto de mi necesidad, en experimento de mi anhelo, negando así la alteridad de la persona amada o, al menos, oscureciéndola profundamente, no respetándola.

Pero, no es esa, gracias a Dios, la única posibilidad que les queda a nuestros amores necesitados. Les queda también la posibilidad de reconocerse en su limitación y vulnerabilidad, en no ser completos. Desde ese reconocimiento humilde, se hace posible entonces salir al encuentro del otro, transformando nuestra necesidad en don ofrecido; buscando el encuentro con el otro como alguien distinto de mí y, por tanto, como alguien no manipulable por mi necesidad; encontrándolo como don que se me ofrece y no como objeto de mi ansia.

Una operación muy fina, pero no imposible. Sobre todo, si nos aceptamos como imagen de Dios, cuya manifestación añoramos y rogamos cada día más. Somos aquello de lo que nos alimentamos. Jesús, la imagen perfecta de Dios, se ofrece como alimento de un modo de amor que no solo no deja de ser humano, sino que, de tan humano que es, se hace divino.

En muchas de nuestras salidas hacia los demás, en muchos de nuestros amores, no es el otro al que buscamos y amamos, sino a nosotros mismos. ¿Quién no ha descubierto una y mil veces en su interior que incluso en las cosas buenas que hace se esconden procesos sutiles de búsqueda de sí mismo, de ansia de estima, prestigio, alabanza, etc.? Quien no haya conectado con esos procesos dentro de sí, tal vez no sea porque es más santo, sino porque es menos lúcido. Más que la pureza, lo nuestro es la mezcla. Pues bien, no deberíamos tener miedo a vernos así, porque así somos realmente. Tampoco deberíamos ocultarnos que, cuando actuamos así, no somos ni la transparencia de Dios que querríamos ser ni los seguidores del Señor que desean adherirse a él para extender su Reino. Lo primero es ser honestos con lo real, y lo real muchas veces es así.

Pero lo que tampoco deberíamos hacer es hundirnos bajo el peso de nuestra constitutiva ambigüedad o maldecirnos por ella. Hay otro camino mucho mejor. Cuando nos descubrimos así, nos queda siempre y, en primer lugar, la posibilidad de remitir esa nuestra pobreza radical al Amor de Dios. Nos queda también y, en segundo lugar, la humilde decisión de intentar que todos nuestros amores humanos “desciendan de arriba”, es decir, nazcan de Dios y se articulen en su modo de amar. Así es como nuestra debilidad se convierte en gracia.

Jesús, el Hijo, no vino a este mundo para que lo crucificasen, sino para amar de tal manera que pudiésemos leer, ver, contemplar en su persona el amor sin medida de Dios por nosotros. Vino a vivir de una manera nueva y a enseñarnos a vivir así.

El amor que hoy celebramos es un amor gratuito, pero penetrado de una dosis de interés y necesidad por el otro que propicia la reciprocidad; se parece poco al de las revistas, anuncios y películas; es un amor que nos convence, conmueve y que no nos deja indiferentes. Necesitamos creer en un amor así, como el que Jesús nos muestra en su vida y en su pasión hasta la muerte.

4 comentarios en “Jueves Santo

    • ana gloria dijo:

      Maravillosos comentarios, con un contenido exquisito de esos que revuelven las entrañas, peo muy verdaderos y ajustados a la realidad de uno mismo, feliz resusurreccion, Eskerrikasco

  1. Mane dijo:

    Jesús nos enseñó que el cristiano debe amar y servir al prójimo,como Él lo hizo con cada uno de nosotros. Vivir el amor sin barreras.
    Estamos llamados amar siempre,a servir siempre. Ojalá sigamos su ejemplo.
    Preciosa homilía ,llega al corazón !y,precioso icono del labatorio. Una belleza.!!!
    Por algo Sibrado es un lugar que enamora!

  2. bea dijo:

    ¡cuántas veces nos olvidadamos de la gratuidad del amor al modo de Dios!
    ¡cuántas veces nos buscamos a nosotros mismos de manera solapada , pero gratificante en definitiva!
    !qué difÍcil!
    Pero El nos ha dado la fórmula con su ejemplo.
    Gracias Señor.

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