Cruz gloriosa, Pascua herida

Pintura de Lisa Sigfridsson | Via Lucis | Capilla de la Inmaculada | Braga (Portugal)

Los evangelios son catequesis que se han escrito para que creamos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengamos vida en su Nombre. El mismo texto de este domingo es una catequesis sobre la comunidad, asamblea reunida en el primer día de la semana, como nosotros, hoy y aquí, para celebrar la Pascua, y sobre la fe, pues en el centro de la comunidad está Cristo vivo, que es quien convoca y quien alimenta a sus discípulos con su Palabra y su Cuerpo entregado. De la mano de Tomás somos invitados a dirigir nuestra mirada para las llagas del Resucitado. El Cristo vivo en medio de nosotros es el Crucificado.

Tomás pone como condición para creer en el Resucitado poder tocar sus llagas (Jn 20,24-28). Si la resurrección disipara las señales del amor plasmado en la cruz, entonces no sería el Maestro a quien él había seguido. Solo un Dios herido puede acoger las llagas de cada ser humano. «Por sus llagas fuimos curados» (1 Pe 2,24), porque solo el amor -y el amor auténtico es siempre crucificado- puede curar.

La incredulidad primera de Tomás puede ofrecernos otro ángulo de visión sobre el acontecimiento pascual: la comunidad reunida y la fe pascual nacen de un cuerpo herido donde se manifiesta el don de Dios. Toda comunidad fraterna es un fruto pascual, pues congrega vidas heridas que, en el encuentro con Jesús, «rostro de la misericordia del Padre», descubrieron el fundamento de una vida en comunión unos con otros. Quien se encuentra con Jesús, y por él es sanado, descubre a los demás como hermanos. No nos hacemos hermanos unos de otros -nos es cuestión de voluntad- sino que nos descubrimos hermanos, compartiendo la misma condición.

En la génesis de la comunidad cristiana está la convocatoria de Jesús. Es él quien llama y reúne. No fueran las marcas indelebles de la cruz en su cuerpo y jamás podríamos haber escuchado su llamada. Sus llagas han atraído nuestras heridas. «¿Dónde podrá encontrar nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo, sino en las llagas del Salvador?» (San Bernardo)  Nunca agradeceremos suficientemente lo que nos falta y la gracia que esa ausencia ha sido y seguirá siendo en nuestra vidas.

Lo que nace del encuentro de nuestra debilidad con la misericordia de Dios es puro don. Y esto -lo que nos ha sido dado- es el mejor regalo que tenemos para compartir con los hermanos. Lo que no nace de aquí, por muy bueno que pueda parecer, terminará por transformarse en rivalidad y en división, en alimento de vanagloria, dejándonos progresivamente aislados y expuestos a la intemperie de nuestros éxitos. Podremos tener muchos talentos, pero nunca podemos perder de vista su origen so pena de que una bendición se transforme en maldición. «Mi único mérito es la misericordia del Señor. No puedo ser pobre en méritos si él es rico en misericordia.» (San Bernardo) Cuando vivimos desde la conciencia de que nuestros méritos son la vida de Dios en nosotros, como misericordia, entonces pierde fuerza el deseo de poseer y gana importancia la circulación de la vida entre los hermanos.

La primera comunidad cristiana, según los Hechos de los Apóstoles (2,42-47), todo lo tenía en común, porque cada uno, desde el encuentro con el Resucitado, sabía que todo lo que tenía no era suyo. Este es el secreto de la comunidad fraterna.

«Que nadie diga o considere que algo es suyo, sino que todo sea de todos. Lo que no sólo, hermanos, hay que entender de la cogulla o del hábito, sino mucho más de las virtudes y bienes espirituales. Que nadie, pues, se envanezca por una gracia que Dios le haya dado como algo propio; que nadie tenga envidia de su hermano por algún don que Dios le haya dado como si fuese algo particular, sino que todo lo que tiene mírelo como algo de todos sus hermanos, y lo que es de su hermano, no dude que es suyo. Es cierto que Dios omnipotente podría llevar a la perfección en un momento al que quisiere y dar a cada uno todas las virtudes. Pero obra con nosotros con amorosa providencia de modo que cada uno necesite del otro, y lo que no tiene en sí lo halle en el otro, para que así se mantenga la humildad, aumente la caridad y se vea la unidad. Por tanto, cada cosa es de todos, y todo de cada uno, y así se cosecha el fruto de las virtudes con provecho, a la vez que se mantiene la humildad al sentir la propia pobreza.» (San Elredo de Rieval)

Más que por nuestras fuerzas, inteligencia, dedicación o generosidad, la comunidad crece a través de nuestra debilidad reconocida, amada y entregada a Dios y a los hermanos.

«Señor mío y Dios mío», estás vivo en medio de nosotros, en nuestras vidas heridas y transfiguradas por tu gracia. ¡Cristo resucitó! ¡Aleluya!

2 comentarios en “Cruz gloriosa, Pascua herida

  1. Mane dijo:

    No deben ser nuestras comunidades cristianas un lugar donde encontrarnos con Jesús Resucitado?
    Por que no enfrentanos al misterio de la Vida y de la muerte confiando en el Amor como última realidad de todo?. Esta es la invitación de Jesús!!!
    Homilía importante y bién aclaratoria. Gracias por ella

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