El que me ama guardará mi palabra

Tres puntos en el evangelio de hoy (Juan 14,23-29): El amor de Dios, el Espíritu Santo que nos recuerda las palabras de Jesús y la paz que Jesús nos da.

Primer punto: Nuestro amor a Dios y a los hermanos es respuesta al amor que Dios nos tiene. Y el amor que Dios nos tiene es Jesucristo ¿Cómo ha de ser nuestro amor a Dios? Este es un problema que muchos cristianos se plantean. ¿Es el amor a Dios diferente del amor a una persona? ¿Cuál es más importante si son diferentes? El A.T. nos dice que hay un mandamiento principal que es el amor a Dios y otro semejante al primero, el amor a los hermanos. En el N.T. Cristo nos da un  mandamiento nuevo, “Que os améis unos a otros como yo os he amado”. Juan en sus cartas nos dirá que “todo el que ama ha nacido de Dios y Dios es amor” y añade, “Que quien guarda sus mandamientos, permanece en Dios y Dios en él”. Y también: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: Si amamos a  Dios y cumplimos sus mandamientos”. Hay un solo Amor y este es el de Dios, pues Dios es amor. Y ese amor evidente a nosotros es su Palabra, su Hijo hecho hombre, Jesús, que se entrega por la humanidad, le abre el camino del cielo perdonándole sus pecados. Y ese mismo amor es aquel con el que debemos amar a nuestros hermanos. Otro amor que no venga de Dios, es egoísmo.

El evangelio de hoy nos aclara más y nos dice que la respuesta del hombre a ese amor de Dios, es la Obediencia, y obedecerle pues es amar a los hermanos. Así pues obediencia a Dios y misericordia con los hermanos es la respuesta a ese amor de Dios que nos amó primero.

Dice el Señor hoy: “El que me ama guardará mi palabra”. No se trata de decirle lindezas, ni de recitar oraciones, ni de encender velas, ni de hacer novenas, sino que se trata de cumplir el mandamiento nuevo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”. Ese es el resumen perfecto de la ley de Dios. Dios nos amó primero y nosotros debemos, a nuestra vez, amar a nuestros hermanos, en una actitud de servicio misericordioso.

Segundo punto: Esa Palabra del Padre pronunciada y hecha vida por Jesús, recogida por los distintos autores del N. T. nos dice que es enseñada en su totalidad y recordada, por el Espíritu Santo. Esto está ya suponiendo otras dos cosas: Que tenemos que escuchar la Palabra de Dios y después que tenemos que hacer oración, para dejar al Espíritu Santo que nos la recuerde y pedir al Padre, que nos de fuerza para llevarla a cabo en nuestra vida.

Dos cosas importantes surgen de aquí: Escuchar y vivir. Frecuentemente nuestra oración es pedirle al Señor que nos escuche, cuando en realidad es al contrario. Dios conoce nuestras necesidades mejor aún que nosotros mismos pero nosotros, en cambio, no conocemos su voluntad. Por ello es preciso escuchar. Meditar la palabra de Dios y estar en una situación de recepción. Y eso es realmente la oración. Estar a la escucha del Señor en una situación de humilde receptividad de su Espíritu. Nuestra escucha de la Palabra tendría que sobrepasar la escucha de los domingos. La oración del domingo es litúrgica y es en comunidad. La personal es encuentro privado con Dios y el Espíritu.

Nos tenemos que preguntar: ¿Qué nos queda a cada uno de nosotros en el corazón después de escuchar la palabra de Dios? ¿Os queda algo a vosotros de la escucha de vuestros esposos e hijos o amigos incluso? ¿Esas palabras pronunciadas con amor van cambiando algo en vuestro comportamiento? Guardar la Palabra en nuestro corazón que escucha solo será posible si hacemos oración y meditación con ella. Y algo muy simple: en la vida espiritual tenemos que usar nuestro corazón continuamente, para oír, para leer, para hablar, para rezar. No se trata solo de un acto intelectual o el ejercicio de nuestros sentidos corporales. En lo espiritual el órgano fundamental es el corazón, con el que vemos, oímos, olemos, gustamos y  palpamos.

Nuestra religiosidad puede quedar limitada a los domingos y eso durante una hora escasa. Y las palabras de oración vocal que pronunciamos raramente se hacen desde y con el corazón. Hacerlo desde el corazón significa estar en el momento presente. Presentes con todos nuestro sentidos alerta. Como cuando escuchamos las palabras de nuestros seres queridos o leemos sus cartas. ¿Es suficiente una hora a la semana?

Guardemos hoy la Palabra del Señor, pero no en el fondo de un cajón sino muy a la mano para que la vayamos cumpliendo, porque como oímos en el evangelio no guardar las Palabras del Señor significa no amarle y al no amarle no podemos amar a nuestros hermanos con su amor.

Tercer punto: La paz de Jesús no es como la que da el mundo. La paz del mundo es la impuesta por los gobiernos y es coercitiva, egoísta y frecuentemente a expensas de la justicia. La de Jesús es la resultante de una obediencia de amor. La primera es efímera: termina rápidamente y se castiga su ausencia. La de Jesús es duradera, se alberga en el corazón y es fruto del amor, y lleva consigo la justicia y la verdad.

Damos gracias a Dios hermanos por esta palabra de hoy que estamos dispuestos a guardarla y hacerla vida. La escuchamos desde el corazón y la guardamos volviendo a ella en nuestra oración de toda la semana. Quedémonos con esta frase y repitámosla frecuentemente: Rezar es oír la palabra de Dios y meditarla en nuestro corazón, respondiendo a ella con y en nuestra vida diaria.

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