Paz a esta casa

Jesús envía los discípulos en misión: que no lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias, que la vida se presente desnuda, en su expresión más sobria y esencial, para que la paz trasparezca, que solo lleven la paz: «Paz a esta casa» (Cf. Lc 10,4-5). La paz no es un objeto; la paz solo se anuncia si vive en nosotros, signo de que Jesús es señor de nuestro corazón. «Cristo es nuestra paz. (…) Su venida ha traído la buena noticia de la paz» (Ef 2,14.17)

En el evangelio de Juan (14,27) Jesús dice: «Os dejo la paz, os doy mi paz. Una paz que el mundo no os puede dar.» ¿A qué paz se refiere Jesús? La paz que Jesús nos ofrece, la paz que Él mismo es en nosotros, no puede confundirse con la tranquilidad psicológica. Jesús nos ofrece la paz que no puede dar el mundo, y el camino para esta paz es asumir el conflicto. Si queremos encontrar la paz no podemos escapar del conflicto que hay dentro de nosotros. ¿Qué es lo que hace a todo el ser humano estar en lucha consigo mismo? Es la voz profunda y persistente de su propia insatisfacción. Es más fácil de lo que pensamos que uno se odie a sí mismo.

La paz aparente que nos da el mundo se compra a cambio de una continua distracción. Es muy fácil vivir desconectado de la propia vida. Existen dos formas muy típicas de fuga a nuestro propio conflicto interior: una, es ir por la vida como víctimas, justificando a cada paso la imposibilidad de responsabilizarnos por la propia vida, alimentado la autocomiseración; la otra, es asumir el papel del protagonista de la verdad y del saber, aquel que sabe exactamente cómo todo y todos tendrían que ser a su alrededor, implicándose con toda su voluntad en el cambio de la realidad, poniendo exigencia en todo lo que toca. Se pone en el centro como la medida de todas las cosas. Toda su energía está dirigida hacia el exterior. Es muy fácil caer en estas dos trampas, incluso en las dos a la vez.

La invitación de hoy es estar presente para nuestra vida, despertar a ella, poner atención a esta inmediatez, dignificar todo lo que realmente esté pasando en este momento, en donde nos encontremos. Si la soledad nos está visitando aquí y ahora, no huyamos. Si hay miedo, no lo alejemos o tratemos de escaparnos. Si hay frustración, ansiedad, o tan sólo un leve sentido de desesperanza moviéndose en nosotros, no rechacemos ninguna de estas energías. Ellas sólo quieren ser sentidas, ahora. No tienen nada de malo. Son nuestros hijos perdidos, huérfanos del despertar, y sólo quieren moverse y ser sentidos. A veces, la vida nos pone de rodillas para que podamos sentir todo aquello de lo que estuvimos huyendo toda nuestra existencia. Y sí, este ‘encuentro’ puede resultar un tanto doloroso. Pero tal vez, sentir el dolor, sea el comienzo de la sanación y no el final de la misma.

La paz habitará el corazón de aquel que escucha la voz de su insatisfacción, pero sin querer solucionar nada, porque no hay nada para solucionar, acogiendo con ternura lo que experimenta, sencillamente porque es lo que está viviendo en este momento, agradeciendo el conflicto que lleva dentro, porque sabe que éste viene a su encuentro como una puerta que se abre a Dios y a los demás, contemplando en su propia historia de luz y de sombra la presencia de Jesús en su misterio pascual. Su paz es Jesús en su Pascua.

Nuestra vida no se define como una línea continua y ascendente, que tiene como objetivo conducirnos a la cima de la perfección o de la santidad, entendiéndolas como la superación de todas las sombras y conflictos. Lo que Jesús nos ofrece, desde su propia vida, es otra cosa completamente distinta: Él nos propone reconocer la vida en la muerte y la muerte en la vida, la sombra en la luz y la luz en la sombra, como si fuera un balanceo, como si siempre estuviéramos comenzando, una vida nómada, donde no hay nada para alcanzar, solo hay camino, solo hay movimiento y entrega a ese movimiento. Dejarnos llevar, abandonarnos, porque Él mismo nos lleva en brazos. Su abrazo, pase lo que pase, es nuestra paz. Desde esta experiencia, podemos anunciar que el Reino de Dios ha llegado a nosotros, ya está aquí. Y que la vida sanada no es una vida perfecta o solucionada, esta una vida en donde, tantas veces en medio del conflicto, florece la paz como puro don.

«Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis. (…) Yo haré derivar hacia ella, como un río la paz. (…) Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo» (Is 66,10.12-14).

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