El santo es el que pone cuidado en todo

El nacimiento del mundo | Joan Miró | 1925

Celebramos hoy la festividad de Todos los Santos, la Santidad de Dios en la Humanidad, en los hombres y mujeres de ayer, de hoy y de siempre. La Santidad de Dios se manifiesta en cada uno de nosotros, y por ello celebramos también hoy nuestra santidad y nuestra fiesta. Todos estamos llamados a la santidad, es decir, a que se transparente en nosotros lo que ya somos desde siempre en el corazón de Dios: sus hijos amados y predilectos.

La santidad siendo una, ha tomado en las sucesivas etapas de la historia diferentes formas: según la teología y espiritualidad vigentes en cada época se ha destacado un modelo u otro de santidad. Si santo es aquel que transparenta en su vida la Santidad misma de Dios, la imagen que hoy tenemos del Dios revelado en Jesús, es la de alguien que es divinamente humano, alguien en quien el ideal de humanidad se realiza plenamente. La Santidad de Dios se manifiesta en nosotros cuando crecemos en humanidad. Ser santos es ser expertos en humanidad.

El santo es el que pone cuidado en todo lo que proyecta y hace. Y el cuidado resuena en realidades sencillas como: el amor, la ternura,  la justa medida, la caricia, la amabilidad, la hospitalidad, la cortesía, la delicadeza y la compasión. El santo es un ser de cuidado, es cuidadoso con todo:

El santo cuida de su entorno como si fuera una prolongación de su propio cuerpo. Lo siente con el corazón y además descubre las razones para conservarlo y promover su desarrollo, para que los seres vivos y también los seres inertes, las instituciones sociales y culturales, encuentren su lugar, se acojan, se complementen y se sientan como en casa en una profunda armonía.

El santo pone sumo cuidado en que el bello planeta azul produzca lo suficiente para sí y para todos los seres; toma de la naturaleza sólo lo que ésta pueda reponer; muestra un sentido de solidaridad generacional al preservar para las sociedades futuras los recursos naturales que van a necesitar.

El santo cuida del otro, vela para que haya un diálogo liberador y constructor de una alianza perenne de paz y amor. Se esfuerza por superar la dominación entre sexos. Inventa relaciones que propicien la manifestación de las diferencias entendidas no ya como desigualdades, sino como riqueza de la única y compleja naturaleza humana. Esa convergencia en la diversidad crea espacio para una experiencia más global e integrada de nuestra propia humanidad, una manera más cuidada de ser.

El santo cuida de los pobres, oprimidos y excluidos. Sabe que la consolidación de una sociedad mundial globalizada y la aparición de un nuevo paradigma de civilización pasa por el cuidado prioritario de los más pequeños.

El santo tiene cuidado del cuerpo tanto en la salud como en la enfermedad, acoge la vida tal como es, con sus posibilidades y su entusiasmo intrínseco, pero también con su finitud y su condición moral. Sabe que llegar a ser persona se traduce en la capacidad de crecer, de humanizarse y de convivir con estas dimensiones de vida, de enfermedad y de muerte.

El santo se preocupa cuidadosamente de la curación integral del ser humano, buscando un equilibrio entre el cuerpo, la mente y el espíritu, y por ello invita al médico (cuerpo), al psicoterapeuta (mente) y al sacerdote (espíritu) a que trabajen juntos sin perder de vista la totalidad del ser humano.

El santo se ocupa del cuidado del alma, de los ángeles y demonios interiores. Cuida de los sentimientos, de los sueños, de los deseos, de las pasiones contradictorias, de lo imaginario y de las visiones y utopías que guardamos escondidas en el corazón. Aprende a manejar con ternura estas fuerzas para que sean constructivas y no destructivas.

El santo cuida el espíritu, es decir, cuida de los valores que orientan la vida humana, cuida los compromisos éticos por encima de los intereses personales o colectivos; alimenta el rescoldo interior de la contemplación y de la oración para que nunca se apague, para sentir a Dios en todo, permitiéndole que nazca una y otra vez en el corazón.

El santo cuida con esmero de la gran travesía humana, de la muerte. Lo hace, interiorizando una comprensión esperanzadora de la muerte. Y para ello cultiva el anhelo del Infinito, impidiendo que se identifique con objetos finitos. Medita, contempla y ama al Infinito como su verdadero Objeto de deseo. Tiene la certeza de que al morir caerá en Sus brazos para el abrazo sin fin y para la comunión infinita y eterna: la vida amada en el Amado transformada.

Hermanos, en esta solemnidad de Todos los Santos, se nos recuerda que nuestra vocación es la de ser santos, es decir, que sólo seremos felices si apostamos por ser seres humanos cabales cuya tarea en este mundo es la de intentar ser cuidadosos con el gran regalo que Dios nos ha hecho; y este regalo es la VIDA en todas sus facetas y dimensiones. ¡Que seamos cuidadosos con la vida que Dios ha depositado en nuestras manos!

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