Conocer el don de Dios

Cuaresma III | Enrique Mirones, monje de Sobrado | 2017

Este domingo III de Cuaresma nos habla entre otras cosas de la confianza. El mundo camina sin esperanza hacia un desierto sin agua, hacia una noche sin luz. Pero nosotros, los cristianos, sabemos que Cristo nos ha salvado y nada puede quebrar dicha esperanza. “Acógeme Señor según tu promesa y viviré, que no quede frustrada mi esperanza”.

La palabra “sabemos” es decisiva. No se trata de haberla leído o escuchado, de saberla incluso de memoria. No, se trata de saberlo con el corazón por haber “escuchado” del propio Señor de que “estamos salvados”. No es una experiencia intelectual, con la razón o haberla dejado en la memoria. Es otra historia. Se trata de hacerla vida. Supone una experiencia mística, que transforma totalmente nuestra vida.

Los israelitas al salir de Egipto pasaron 40 años por el desierto conociendo todo tipo de tentaciones, dudaron del Señor que los había sacado, pasaron hambre y sed, pero Yahvé no se olvidó de ellos y les proveyó de todo lo necesario para que llegaran a esa tierra prometida, tierra que manaba leche y miel.

Los peregrinos y nosotros los monjes hacemos también, como hicieron los israelitas, un viaje o peregrinación donde se conocen esas dificultades, tristezas, deseo de abandono, hambre y sed de todo tipo. Ellos llegan a Santiago con el gozo que solo ellos experimentan y nosotros llegamos al fondo de nuestro corazón, con casi más dificultades que los otros juntos y sobre todo en una extensión de tiempo que puede abarcar casi la totalidad de la existencia. Viaje a ese corazón que sentimos palpitar, emocionarse, dolerse, amar, desesperar, pero un corazón que la mayoría de las personas, transitan solo por su superficie.

 Ese es nuestra tierra de promisión, pero su viaje no hay que pagarlo, no nos lleva físicamente de un lado para otro, no es preciso incluso salir de nuestro diario quehacer. Es un viaje al fondo de nosotros mismos, donde encontraremos realmente lo que somos y, aceptándonos, encontraremos finalmente a nuestro yo verdadero y, además, encontraremos allí mismo a nuestro Dios al que tanto hemos buscado fuera…Y le entregaremos nuestro corazón al fin. Su verdadera residencia, su cielo, nuestro cielo. El Hijo del Hombre e Hijo de Dios, Jesucristo, no solo habita en nuestro interior sino que ahí se hace Dios. Dios en el hombre, Dios en las flores, Dios en cada uno de los seres vivos. Y eso porque Dios es el SER del que salen todos los seres y al que volverán todos los seres. Meister Eckhart afirmaba que si él no existiera no existiría Dios.

Jesús dice a la Samaritana a la que pide agua: “Si conocieras el don de Dios”. Aquí se repite lo del conocer experiencial. Su don es el AGUA VIVA, SU SER, NUESTRO SER, NUESTRA NATURALEZA DIVINA y esa sed que tenía la samaritana quedaría saciada para siempre. Dense cuenta de que lo que más ansía el hombre en lo profundo de si es precisamente eso, CONOCER. Su presente, su futuro, conocerse a sí mismo, conocer a su mujer… Pero es un deseo irrealizable por nuestras propias fuerzas, pues todo eso es puro misterio que solo Dios puede desvelar.

Conocer el Don de Dios es también conocer cuán inmenso es el amor de Dios para con cada uno de nosotros. Su amor y misericordia nada tienen que ver con lo que nosotros pensamos que son. Está por encima de lo que pensamos, de lo que decimos, de lo que imaginamos, de lo que soñamos e intuimos. Conocerlo, puede ser el trabajo de toda una vida, y trabajo que debería llevar a cabo todo cristiano.

Creo que nosotros lo curas hemos cometido a lo largo de los siglos un error tremendo y es no haber contribuido a que los fieles descubrieran el amor de Cristo y el amor a Cristo. ¿Será que los curas tampoco lo conocíamos a ese nivel? Si de verdad conociéramos el Don de Dios, si hubiéramos bebido su agua viva, esa agua viva que, como decía Jesús, se convertiría en nuestro interior en una fuente viva también para los demás, si esto fuera así jamás perderíamos la felicidad y el gozo. Nada significarían las dificultades de la vida que tantas veces nos acogotan, ni las enfermedades, ni las penurias económicas. Y repito no se trata de comprender esto que estoy diciendo sino saberlo con el corazón, con una certidumbre que solo la fe nos puede dar y no necesita comprobación ni ningún tipo de certezas humanas.

Esas sedes y esas hambres que frecuentemente sentimos y que intentamos satisfacer de un modo u otro, con dinero, con sexo, con acopio de cosas, con montones de amigos y admiradores, es como quien toma agua salada para satisfacer su sed, o hace acopio de la misma en odres agujereados. Decían los profetas.

Jesús sigue una pedagogía curiosa. Es siempre él el que se acerca a nosotros no viceversa. Y se sirve de nuestro pecado y nuestras carencias. Pide antes de ofrecer y de dar. A la mujer del evangelio, como hizo Elías con la viuda de Sarepta, le pide algo que está a su alcance. Quizá pueda parecer algo cruel, pero puede ser que sea la mejor manera de acercarnos a los débiles y necesitados (Y quien no lo es) en lugar de imponer nuestros consejos sabios. Despertar la generosidad de los demás es esencial pues eso les llevará más allá de sí mismos. Solo Cristo, el gran sediento del amor del Padre y de la humanidad, puede ofrecer la verdadera agua viva que calma la sed para siempre.

El agua viva es el amor sin exigencias, sin condiciones, sin límite. Saber esto engendra en nosotros una gran confianza y esperanza. Cuánta gente desencantada en nuestros días con todas esas noticias de desastres, de cambios climáticos, de penuria, de rivalidades entre países, de virus extraños, de crímenes. ¿Nos sentamos a escuchar sus deseos y dolores, maltratos, su desesperanza? ¿Les comunicamos nuestra esperanza en el desorbitado amor de Dios?

Pensemos de nuevo en las palabras de Jesús a la Samaritana: El que beba del agua que yo daré jamás volverá a tener sed. Y esa es nuestra gran esperanza. La que nos hará vivir de un modo completamente diferente, abiertos a los demás, para comunicarles nuestra gran noticia, nuestra fe viva en el océano del amor de Dios que jamás defrauda.

12 comentarios en “Conocer el don de Dios

  1. Luis dijo:

    Gracias, queridos amigos de Sobrado, por haber puesto a nuestra disposición lo que hubiera sido la homilía de una Eucaristía compartida. Es raro un domingo sin vosotros pero la comunión de los santos nos mantiene juntos. Sabemos…
    Abrazos fraternos.

  2. Jose Ramón dijo:

    Vuestras reflexiones son muy interesantes. Agradezco que la hayais puesto hoy pronto. La paso a mi comunidad parroquial. En estos días de cuarentena puede venir muy bien si la poneis el viernes o sábado. Muchas gracias.

  3. Isabel dijo:

    Muchas gracias. Unidos en Él desde esa Sed insaciable y acompañando toda nuestra humanidad sedienta, con el deseo de que vivamos más y más hacia lo profundo de nuestro corazón.
    ¡Fecunda Cuaresma!

  4. Amalia López Mazoy dijo:

    Acabamos de asistir a una Eucaristía on line, y echamos de menos, como munca, vuestra presencia en la Celebración de este domingo III de Cuaresma.

    Un fuerte abrazo a todos vosotros, desde esta distancia que solo es física y temporal.

    Amalia y Ramón

  5. Teresa Vasconcelos dijo:

    Meus queridos monjes do Sobrado. Num domingo em que celebramos em nossas casas a Eucaristia, através dos meios eletrónicos de que dispomos, as vossas palavras e a profundidade da homilia enchendo-te nossos corações de alegria e esperança. Bem hajam!
    Ticha

  6. Mane dijo:

    Aceptación y acogida de Jesús. A partir de ese momento la verdadera religión, el verdadero templo, el centro de todo está “.en el corazón del hombre”. Ahí está lo sagrado. Gracias por compartir esta magnífica y esperanzadora homilua.
    Hoy todos hemos tenido Eucaristía on line. Pero desde nuestra hogares la hemos compartido con vosotros, y el resto de toda la humanidad que pasa por un momento complicado. Ahí está Dios. Un abrazo enorme para toda la comunidad.

  7. Edgar Luna dijo:

    Mis queridos hermanos de Sobrado y España:

    Gracias por enviar otro hermoso eslabón espiritual que nos une, consola y provee esperanza, a través de la distancia. Ciertamente, hemos ingresado a un umbral desconocido y obscuro. Sin embargo, recordemos que nuestra luz continúa siendo Cristo y esa luz nos guiará hasta el final. Jesús es nuestra confianza y nuestra esperanza. En estos momentos difíciles quiero deciros que permanecéis en mi corazón y en mis oraciones. La SS Virgen nos protegerá hoy y siempre.

    Edgar Luna
    Saint Joseph’s Abbey
    USA

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