Mirar al miedo directamente a los ojos

El miedo es una experiencia universal; lo sienten hasta los insectos más pequeños. Cuando vamos chapoteando entre los charcos que quedan tras la bajada de la marea y acercamos el dedo a los cuerpos suaves y abiertos de las anémonas, podemos ver cómo se cierran, Lo mismo les ocurre espontáneamente a to­dos los demás animales. Sentir miedo cuando nos enfrentamos a lo desconocido no es algo terrible; más bien es una parte integral del hecho de estar vivos y que todos compartimos. Reacciona­mos ante la posibilidad de encontrarnos con la soledad, con la muerte, ante la posibilidad de no tener nada a lo que agarrarnos. El miedo es una reacción natural al acercarse a la verdad. Pero si nos comprometemos a quedarnos donde estamos nuestra experiencia se vuelve muy vívida; las cosas se ven muy claras cuando no hay escape posible.

De lo que estamos hablando es de llegar a conocer el miedo, de familiarizarnos con él, de mirarle directamente a los ojos; no como una forma de resolver los problemas, sino como una ma­nera de deshacer completamente las viejas maneras de ver, oír, oler, saborear y pensar. La verdad es que, cuando realmente co­mencemos a hacerlo, nos encontraremos con que somos humi­llados continuamente. No va a quedar mucho espacio para la arrogancia que resulta de aferrarnos a nuestros ideales. La arro­gancia que inevitablemente aflorará va a ser vapuleada de conti­nuo por nuestro propio coraje de ir un paso más allá. Los descu­brimientos que experimentaremos mediante la práctica no tie­nen nada que ver con ninguna creencia. Tienen mucho que ver con tener el coraje de morir, el coraje de morir continuamente.

Las instrucciones sobre la conciencia del momento, la vacui­dad o el trabajo con la energía apuntan hacia el mismo hecho: es­tar en el sitio justo nos deja clavados, clavados al punto del espa­cio y del tiempo en el que nos encontramos. Cuando nos detene­mos allí mismo y no expresamos ni reprimimos, no nos culpamos ni culpamos a los demás, nos encontramos frente a una pregunta abierta que no tiene respuesta conceptual. También nos encon­tramos con nuestro corazón.

El contacto íntimo con el miedo hace que los dramas personales se colapsen, y finalmen­te el mundo que nos rodea pueda llegar hasta nosotros. Nadie nos dice nunca que debemos dejar de huir del mie­do. Raras veces se nos dice que nos acerquemos más, que siga­mos allí, que nos familiaricemos con él. En una ocasión le pre­gunté al maestro zen Kobun Chino Roshi cómo se relacionaba con el miedo, y me dijo: “Concuerdo con él; concuerdo.” Pero el consejo que solemos recibir es el de edulcorarlo, diluirlo, to­mar una píldora o distraernos: cualquier cosa para hacerlo des­aparecer.

En realidad, no hace falta que nos animen a hacer este tipo de cosas porque lo que solemos hacer de modo natural es disociarnos del miedo. Ante la menor insinuación de su presencia nos descentramos y nos evadimos. Cuando sentimos que viene, desaparecemos. Y es bueno saber que solemos actuar así, pero no para castigarnos por ello, sino para desarrollar la compasión incondicional. Lo más descorazonador de todo es nuestra forma de engañarnos para evitar el momento presente.

Sin embargo, a veces estamos acorralados: todo se cae en pe­dazos y desaparece la posibilidad de escapar, En momentos así, las verdades espirituales más profundas parecen muy evidentes y ordinarias. No hay dónde esconderse. Podemos ver este hecho tan bien como cualquiera, incluso mejor que cualquiera. Antes o después entendemos que, aunque no podemos hacer que el mie­do tenga una apariencia agradable, él será el que nos introduzca a todas las enseñanzas que hemos leído u oído.

Por eso, la próxima vez que te encuentres con el miedo, considérate afortunado. Aquí es donde el coraje entra en escena. Generalmente, pensamos que la gente valiente no tiene miedo. Que todo se nos venga abajo es una prueba y también una especie de curación. Pensamos que la cuestión es pasar la prue­ba o superar el problema, pero en realidad las cosas no se re­suelven. Las cosas se caen a pedazos y después éstos se vuelven a juntar. Simplemente sucede así. La curación proviene del he­cho de dejar espacio para que todo esto ocurra: espacio para la pena, para el alivio, para la aflicción y para la alegría.

Podemos pensar que algo nos va a producir placer, pero no sabemos qué va a ocurrir en realidad. Podernos pensar que algo nos va a hacer sufrir, pero tampoco lo sabemos con certeza. Lo más importante de todo es dejar sitio para el no saber. Tratamos de hacer lo que pensamos que nos puede ayudar, pero no sabe­mos. Nunca sabemos si nos vamos a caer redondos o si vamos a poder aguantar derechos. Cuando vivimos una gran decepción, no sabernos si ahí se acaba la historia; también podría ser el prin­cipio de una gran aventura.

Leí en alguna parte sobre una familia que tenía un único hijo. Eran muy pobres y su hijo era la cosa más preciosa para ellos; lo único importante era que algún día les podría aportar prestigio y ayuda financiera. Un día el hijo se cayó de un caballo y quedó cojo. Aquello parecía el final de sus vidas. Dos semanas después llegó el ejército al pueblo y reclutó a todos los jóvenes sanos y fuertes para enviarlos a la guerra, mientras que a él se le permitió quedarse y cuidar de su familia. La vida es así. No sabemos nada. Decimos que las cosas son buenas o malas, pero en realidad no lo sabemos.

Cuando todo se derrumba y estamos a punto de no se sabe qué, la prueba para cada uno de nosotros es quedarnos en ese punto, en ese límite, y no concretar. El camino espiritual no con­siste en tratar de llegar al cielo y finalmente acceder a un lugar magnífico. De hecho, esta manera de mirar las cosas es lo que nos hace ser desgraciados. Pensar que podemos encontrar place­res duraderos y evitar el dolor es lo que en budismo se llama samsara, un ciclo sin salida que da vueltas y vueltas interminable­mente y nos causa un gran sufrimiento.

La vida es un buen maestro y un buen amigo. Con sólo que podamos darnos cuenta de ello, vemos que las cosas están siem­pre en transición. Nada sucede al gusto de nuestros sueños. El hecho de sentirse fuera de sitio, en un estado de descentramien­to, es una situación ideal, una situación en la que ya no permanecemos atrapados y podemos abrir nuestros corazones y mentes más allá de sus anteriores límites. Es un estado muy sensible, no agresivo y de final abierto.

Permanecer en esa agitación —permanecer con el corazón roto, con el estómago revuelto, con el sentimiento de estar des­valido y queriendo venganza—, ésa es la senda del verdadero despertar. Adherirse a esa incertidumbre, pillarle el truco a relajarse en medio del caos, aprender a no tener pánico: ésta es la senda espiritual. Desarrollar la habilidad de pillarnos a nosotros mismos, de pillarnos bondadosa y compasivamente: ésta es la senda del guerrero. Pillarnos una y otra vez, nos guste o no, cada vez que estemos aferrándonos al resentimiento, a la amar­gura o a la justa indignación, y cada vez que estemos aferrándonos a lo que sea, incluso a la sensación de alivio o al sentimiento de estar inspirados…

Podemos pensar cada día en las agresiones que ocurren en el mundo, en Nueva York, en Los Ángeles, Halifax, Taiwan, Beirut, Kuwait, Somalia, Irak, en todas partes. En todos los luga­res del mundo alguien golpea a su enemigo y el dolor va aumen­tando en una espiral infinita. Reflexionemos sobre este hecho cada día y preguntémonos: “¿Voy a añadir más agresividad al mundo?” Cada día, cuando las cosas llegan al límite, planteémo­nos la pregunta: «¿Voy a practicar la paz o voy a ir a la guerra?»

De Cuando todo se derrumba de Pema Chödrön

7 comentarios en “Mirar al miedo directamente a los ojos

  1. Rafael dijo:

    Gracias a esa querida comunidad. Echo de menos mis breves estancias ahí, la emoción del rezo en Completas. Pero llegáis por estos medios tecnológicos. ¡ qué bien!!! Gracias🍁❤️

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