Desprendimiento de sí mismo

La Ascensión es el regreso de Jesús al corazón de toda la creación, en donde ahora mora con su humanidad glorificada. El misterio de su Presencia está oculto en cada corazón, en toda la creación y en cada una de sus partes.

Cristo es “la Luz que alumbra a todos”, y que está presente en la formas y acontecimientos más inesperados y ocultos. Jesús desapareció detrás de las nubes el día de la Ascensión, no para dirigirse a un sitio geográfico, sino al corazón de toda la creación. Ha penetrado lo más profundo de nuestro ser, capacitándonos para actuar bajo la influencia directa del Espíritu. De esta manera, estemos donde estemos y hagamos lo que hagamos, orando, comiendo, trabajando o caminando, Cristo vive y actúa en nuestro interior, transformando nuestro mundo desde adentro. Esta transformación, discreta y humilde, se revela en las cosas ordinarias, en las rutinas diarias que parecen insignificantes.

Que Dios siente, se conmueve y llora sobre este mundo es algo tan comúnmente expresado que nos sorprendería la idea de que fuera cuestionable, aunque en los primeros siglos de la iglesia, y durante la mayor parte de su historia, se ha sostenido que creer que Dios experimenta tales pasiones es una herejía. Es la doctrina de la impasibilidad: la creencia de que Dios está por encima de las emociones y de las vulnerabilidades humanas y no puede ser cambiado por ellas. Esta doctrina se atribuyó a la influencia de la filosofía estoica griega en la teología cristiana primitiva.

La doctrina de la impasibilidad cada vez más cuestionada a lo largo del siglo XX, sobre todo a la luz del Holocausto, se ha vuelto insostenible y ofensiva para muchos. La imagen de un Dios desapasionado, distante e insensible ante tales horrores, es blasfema a la luz de la historia humana. La cruz sugiere lo contrario. Las representaciones en el arte cristiano del sufrimiento de Jesús en la cruz, se volvieron cada vez más desgarradoras y explícitas.

Es comprensible que seamos reacios a atribuirle a Dios algo tan inestable y cambiante como son las emociones humanas. Aunque la impasibilidad es una doctrina fácil de malinterpretar, nunca quiso decir que Dios no tenga sentimientos. Más bien enseña que no está sujeto a pasiones emocionales poco fiables ni a cambios de humor impredecibles tan familiares en la vida humana. Ésta es seguramente una buena noticia. Por lo tanto, un Dios al que se siente profunda y fuertemente es alguien en quien se puede confiar en medio de nuestras propias vulnerabilidades y necesidades.

Pero, ¿qué hace que los sentimientos, y el sufrimiento de Dios, sean una buena noticia? ¿De qué manera un Dios así cambia o incluso salva al mundo en lugar de solo consolarlo o empatizar con él? ¿No necesitamos a un Dios que haga algo más que llorar con nosotros? Es reconfortante leer en la carta a Hebreos que tenemos un sumo sacerdote empático, compasivo, que conoce y comprende nuestras debilidades. Y, además, este mismo pasaje enfatiza que Jesús no se rindió a la tentación como lo hacemos nosotros. Jesús no vino solo a sentir nuestro sufrimiento sino a acabar con él.

Aquí es donde necesitamos rehabilitar la doctrina de la impasibilidad. La buena noticia de Dios en un mundo como el nuestro es precisamente que Él no es como nosotros. Dios no está bajo compulsión en relación con nosotros o con el mundo. Nadie ni nada obliga a su respuesta. Él es libre y actúa desde la libertad. En la carta a los Filipenses, Jesús revela su semejanza con un Dios que no se aferra ni retiene ávidamente su identidad. Quien no conoció el sufrimiento en sí mismo quiso convertirse en lo que somos sin ser vencido por lo que nos abruma. Incluso en la cruz, Jesús da su vida, se entrega: nadie se la quita (Juan 10,18). Entrega su espíritu en la hora de la muerte (Juan 19,30).

El sufrimiento de un Dios infranqueable abre el camino a una nueva forma de vivir y amar. Un estudio de Derek Rishawy sobre la impasibilidad, habla del ‘sufrimiento creativo de Dios’: afirmar la impasibilidad de Dios es confesar que la acción de Dios en Jesús no es otra cosa que el derramamiento maravillosamente gratuito de su invencible, insuperable y duradero amor por sus criaturas.

La impasibilidad no quiere decir mantenerse lejos de las personas y de las cosas por miedo al apego. Eso es una represión que con toda seguridad va a estallar de forma violenta en cualquier momento. La persona divinizada continúa viviendo su vida más o menos como antes, pero ya no se involucra personalmente con nada de lo que pasa. Sea lo que sea que pase puede que tenga una reacción inmediata, pero es totalmente superficial, como una suave ola en la superficie de un lago. Sea lo que sea que pase será presenciado, sin ningún sentimiento personal de participación o de estar involucrado. Vive soltando, sin aferrarse a nada; es ecuánime, una persona desprendida de sí misma.

¿En qué momento sentimos que somos más nosotros mismos? Me atrevo a decir que cuando confiamos y cuando amamos; es decir, al dejar de hacer de nosotros mismos la razón de nuestra existencia. Cuando abandonamos la permanencia entendida como fijeza y permanecemos como el fuego, que está siempre moviéndose: muriendo y recreándonos a cada instante, perdiéndonos para encontrarnos y encontrándonos al perdernos. Es la dinámica pascual.

La persona cristificada vive inmerso en el mundo sin ser del mundo. No tiene una mirada ordinaria y plana sobre la realidad, mira desde la altura, desde el ‘promontorio interior’ que le permite percibir en simultaneidad la noche y el día, el bien y el mal, la fealdad y la belleza… y captar al mismo tiempo su unidad secreta. Todo es Gracia

Dice el sabio árabe Monoimus: Aprende de donde son el pesar y la alegría, y el amor y el odio, y el estar despierto, aunque no quieras, y el estar dormido, aunque no quieras, y el enamorarte cuando no quieres. Y si investigaras de cerca todas estas cosas, encontrarías a Dios dentro de ti mismo, uno y muchos, justo como el átomo; encontrando así dentro de ti una vía fuera de ti.  

Jesús, ascendido a los cielos, con el inmenso poder de su cercanía amorosa, nos invita a celebrar en todo momento el regalo divino de nuestra vida humana, una vida para vivirla ante este Misterio de Jesús Glorificado de quien sólo tenemos una representación devocionalmente viva: el icono que nos preside de Jesús en la Cruz, a quien adoramos arrodillándonos com-pasivamente ante todos y, ante todo, pero, sobre todo, ante nuestros hermanos crucificados.

3 comentarios en “Desprendimiento de sí mismo

  1. Mane dijo:

    Ningún camino es largo con una buena compañía.
    Una mente lúcida y un buen corazón acompañados por sentimientos cálidos son las cosas más importantes, ha dicho el Dalai Lama
    Magnífica y bella homilía. Gracias.
    Querida comunidad cuídense

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