El lirio y el pájaro como maestros

¡Padre celestial! Que aprendamos aquello que es tan difícil de aprender en medio de la sociedad humana, especialmente si se está en su tumulto; y que, si se ha llegado a aprender en otra parte, tan fácilmente se olvida en medio de la sociedad humana, especialmente si se está en su tumulto: qué significa ser hombre, y qué piadosamente se da la exigencia de serlo. ¡Que lo aprendamos, o si lo hemos olvidado, que lo volvamos a aprender del lirio y del pájaro! ¡Que lo aprendamos, si no de una sola vez y por completo, al menos una parte de ello y poco a poco! ¡Que aprendamos ahora del lirio y del pájaro: silencio, obediencia y alegría!

Pero quizá digas con «el poeta» -y te atrae muchísimo oír hablar así al poeta-: «i Ojalá fuera un pájaro, o quién me diera ser como un pájaro, como el pájaro libre que con alegría viajera vuela lejos, muy lejos sobre el mar y la tierra, tan cerca del cielo, hasta el más lejano rincón del planeta! ¡Ay si yo pudiera hacer lo mismo, yo que solamente me siento ligado y religado y clavado en el sitio de siempre, en el lugar que me asignan como morada los diarios cuidados, sufrimientos y calamidades, y esto por toda la vida! ¡Ojalá fuera un pájaro, o quién me diera ser como un pájaro, como el pájaro que se levanta más ligero que toda la gravedad de la tierra hacia el cielo, más ligero que el mismo aire! ¡Quién me diera ser ágil como el pájaro que, al buscar donde afincarse, incluso edifica su nido en los árboles altos sobre el nivel del mar! ¡Ay, a mí, a quien todo movimiento, incluso el más mínimo, el solo intento de levantarme, me hace experimentar la pesadez que gravita sobre mis hombros! ¡Ojalá fuera un pájaro, o quién me diera ser como un pájaro, libre a todos los respectos, como el pajarillo cantor, que canta humildemente, aunque nadie le oiga, o como aquel que canta soberbiamente, aunque nadie le oiga! ¡Ay si yo pudiera hacer lo mismo, yo que no tengo ni siquiera un momento ni nada para mí, siempre dividido en el obligado servicio a mil ocupaciones! ¡Ojalá fuera como una flor, o quién me diera ser como una flor de la pradera, dichosamente enamorado de mí mismo y nada más! ¡Ay, de mí, que siento en lo más íntimo de mi corazón esa discordia del corazón humano, que ni puede egoístamente romper con todo, ni es capaz de ofrecerlo todo con amabilidad!».

Así habla el poeta. Si se le escucha por encima, parece que casi está diciendo lo que el Evangelio afirma, ya que sin duda alguna el poeta ensalza con las más vivas expresiones la fortuna del pájaro y del lirio. Pero ¡sigue oyéndole!: «Por eso no dista mucho de ser como una crueldad por parte del Evangelio el que, ensalzando al lirio y al pájaro, llegue a la afirmación: tú tienes que ser así -¡ah, decírmelo a mí, en quien ese anhelo es tan sincero, tan sincero, tan sincero; el anhelo de ser como un pájaro bajo el cielo, o como un lirio en el campo!-. Pero llegar a ser así en realidad es una imposibilidad absoluta, por eso precisamente brota en mí aquel anhelo tan íntimo, tan nostálgico y a la par tan abrasador. En tal caso, ¿no es una crueldad del Evangelio el que me hable a mí de esa manera? Es indudablemente como si pretendiera forzarme a perder la razón: que yo tenga que ser aquello que experimento, con una hondura desgarradora en demasía como la del deseo correspondiente-, que no soy, ni puedo serlo. Me es imposible comprender el Evangelio; hay entre nosotros tanta diferencia de lenguaje que, si tuviera que comprenderlo, me mataría». Así le acontece constantemente al poeta en relación con el Evangelio; le ocurre lo mismo que respecto al discurso evangélico acerca de hacerse uno niño. ¡Ojalá fuese como un niño, dice el poeta, o quién me diera ser como un niño, ¡ah, un niño inocente y alegre¡ ¡Ay, yo que pronto me hice viejo y culpable y melancólico!

¡Cosa extraña!; pues cabalmente se suele afirmar que el poeta es un niño. Y, sin embargo, no acierta a entender el Evangelio. La razón de todo esto no es otra, sino que la vida del poeta radica propiamente en la desesperación de poder llegar a ser lo anhelado; y esta desesperación engendra el «anhelo». Mas el anhelo es el hallazgo del desaliento. Pues es verdad que el anhelo consuela por un momento, pero en seguida se ve que en el fondo no consuela; y por eso afirmamos que el anhelo es el consuelo que descubre la desolación. ¡Singular contradicción! Desde luego, mas esta contradicción es también el poeta. El poeta es el hijo del dolor, a quien su padre llama, no obstante, hijo de la alegría. Con los dolores surge el anhelo en el poeta; y este anhelo, este abrasador anhelo, alegra el corazón del hombre todavía más que lo hace el vino, más que los capullos primeros de la primavera, más que las primeras estrellas, cuando uno, cansado del día, saluda gozoso y con ansia la noche, más que las últimas estrellas en el cielo, de las que uno se despide al amanecer. El poeta es hijo de la eternidad, pero le falta la seriedad de lo eterno. Cuando piensa en el pájaro y en el lirio, se pone a llorar; por mucho que llore, encuentra alivio en el llanto, entonces brota el anhelo y con la elocuencia de éste exclama: ¡Ojalá fuera un pájaro, como aquel pájaro cuyas aventuras leí cuando niño en el libro de imágenes! ¡Ojalá fuera una flor campestre, como aquella flor que había en el jardín de mi madre!

Pero si se le dijera con el Evangelio: se trata de una cosa seria, es cabalmente la seriedad la que hace que el pájaro sea seriamente maestro; entonces el poeta se reiría, y guaseándose del pájaro y del lirio de un modo ingeniosísimo, conseguiría que todos soltasen la carcajada, incluso el hombre más serio que haya existido. Mas el Evangelio no se inmuta. El Evangelio es tan serio que toda la nostalgia del poeta no es capaz de cambiarlo, como cambia incluso al hombre más serio de todos, que en seguida se ablanda, se introduce en el pensamiento del poeta, suspira junto con él y le dice: ¡Querido!, si realmente es para ti una imposibilidad, entonces yo tampoco me atreveré a afirmar que «tú debes»; pero el Evangelio osa imperar al poeta que él tiene que ser como el pájaro. Y tan serio es el Evangelio, que la más irresistible invención poética no logra sacarle una sonrisa.

Debes hacerte niño de nuevo; y por eso, o para llegar a ese resultado, has de empezar por poder y querer comprender estas palabras que están como destinadas al niño y que cualquier niño comprende; estas palabras: tú debes, las tienes que comprender como el niño las comprende. El niño no pregunta jamás los motivos de la acción, no se atreve a preguntarlos, ni tampoco lo necesita en justa correspondencia: precisamente porque no osa preguntar los motivos, precisamente por eso no los necesita para obrar; puesto que al niño le basta el motivo de que ello debe hacerse, pudiendo estar seguros de que todos los demás motivos juntos no serían en tal medida motivo suficiente para el niño. Y éste nunca dice: no puedo. No se atreve a decirlo, ni tampoco es verdad. Ambas cosas se corresponden por completo: precisamente porque el niño no osa decir: «no puedo», precisamente por eso tampoco es verdad que no pueda, y por eso se manifiesta que la verdad es que puede; ya que, si no se osa otra cosa, es imposible que no pueda hacer aquella de que se trata. Ésta es una verdad clarísima de la experiencia. Lo único que hace falta es que sea cierto que no se osa otra cosa. Por eso el niño nunca busca escapatorias o disculpas; porque sabe muy bien, con la certeza que trae el pavor, que no tiene ninguna escapatoria ni disculpa, que no hay para él ningún escondrijo, ni en el cielo ni en la tierra, ni en el cuarto de estar ni en el jardín, donde pudiera ocultarse de ese «tú debes». Y cuando uno está plenamente convencido de que no existe semejante escondrijo, entonces tampoco hay ninguna escapatoria ni disculpa. y cuando, con la certeza que da pavor, se sabe que no hay ninguna escapatoria ni disculpa, entonces, naturalmente, no las encuentra uno a todas horas, ya que lo que no es, no se puede encontrar; mas también se deja uno de andar buscándolas; y así se hace lo que se debe. El niño tampoco necesita nunca de largas deliberaciones; pues cuando ha de hacerse algo, y quizá inmediatamente, no hay, desde luego, oportunidad alguna para deliberar. Y aunque la hubiese, aunque el niño tuviera una eternidad por delante para deliberar, no la emplearía cuando hay un deber por medio, sino que diría: ¿Para que todo ese tiempo si, con todo, tengo que hacerla? De emplear ese tiempo, el niño lo aprovecharía para algo muy distinto, para jugar, alegrarse y cosas por el estilo; pues el niño hará sin más lo que tiene que hacer, esta es cosa fija, y no tiene absolutamente nada que ver con las deliberaciones.

Consideremos ahora con toda seriedad, según la indicación evangélica, al lirio y al pájaro como maestros. Con toda seriedad, puesto que el Evangelio no es tan exageradamente espiritual que no pueda echar mano del lirio y del pájaro; pero tampoco es tan terreno que sólo pueda contemplarlos con nostalgia o, a lo más, con una cierta sonrisa.

Tomado de: Søren Kierkegaard, Los lirios del campo y las aves del cielo

2 comentarios en “El lirio y el pájaro como maestros

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