San Bernardo

Cristo abrazando a San Bernardo (det.) | Francisco Ribalta | 1625-27

Bernardo es un artista, un apasionado de la belleza. Tiene el coraje de poner en segundo plano las letras y el conocimiento intelectual de Dios, ya que aspira antes que nada a la experiencia. Ante sus oyentes no expone lo que él sabe sino lo que vive, porque comprendió que lo fundamental era la vida y no las ideas. Desde este enfoque puede entenderse toda su actividad, ya que él mismo es un testimonio fiel de que la edad cabal no se alcanza automáticamente ‘porque vayan pasando los años’, sino al precio de una experiencia interior hecha de tenacidad y constancia, por pura Gracia de Dios.

Lo que realmente nos convence de Bernardo es que, tras una personalidad tan compleja y contradictoria, integró en su vida las alabanzas y las críticas, los honores y las humillaciones, sin perder por ello el equilibrio fundamental de su unidad interior. Fueron muchos sus errores y muchos sus aciertos, unos y otros nos sirven para entender que la santidad no tiene que ver nada con la perfección. San Bernardo no fue el hombre perfecto; fue un santo muy humano gracias a que fue aceptando su propia realidad y descubriendo en ella el lugar de su encuentro con Dios; fue el hombre evangélico que sabe que sólo la misericordia de Dios puede realizar la verdadera conversión del corazón. Si lo que edifica y robustece a la Iglesia es el retorno constante al Evangelio, a la vida de Jesús, Bernardo fue uno de esos hombres que tuvo siempre en su horizonte la humanidad del Señor como único camino de retorno al ‘amor primero’.

San Bernardo fue un hombre de su tiempo. Dios habla en la historia de los hombres. Bernardo escucha esta voz, le presta atención, la discierne y la transmite. El misterio del amor de Dios le va poseyendo y le va convirtiendo. Su opción por la vida monástica es renovada radicalmente cada día. Poco tiempo permaneció Bernardo en Císter. Su proceso formativo monástico debió hacerlo siendo ya abad. La comunidad fue para él la verdadera maestra, la escuela del amor, de la comprensión y de la paciencia. Sin la comunidad monástica la vida de Bernardo y su doctrina no se entienden; Bernardo sin la comunidad hubiera sido otro hombre. Las frecuentes ausencias de la comunidad le impidieron aprovechar el dinamismo transformador que toda comunidad cristiana posee como don del Espíritu. A la conversión de Bernardo le faltó la permanencia física y habitual en la comunidad. Creo que Bernardo era consciente de esta carencia. A pesar de ello, es el Doctor de la conversatio monástica.

Quisiera subrayar los dos obstáculos principales que se oponen a la conversatio monástica y que San Bernardo señala. Estos dos obstáculos, bajo apariencia de libertad, realización personal, comunicación fraterna, son, de hecho, los destructo­res de la vida comunitaria. Y estos obstáculos son: la propia voluntad y el propio criterio: dos manifestaciones del amor propio, en lo que tiene de más egoísta y negativo. Esto es muy importante para comprender la vida y doctrina de Bernardo y su interpretación de los valores monásticos, como son el amor, la humildad, la obediencia, la fraternidad, la oración constante. La voluntad de Dios es una deliberada y deseada realización del querer de Dios en nuestra propia existencia. La voluntad propia, es la que no es común ni con Dios ni con los hermanos, es pura y simplemente nuestra; es la perversión de la innata capacidad del hombre para amarse; es el retorcimiento sobre sí mismo de un amor degenerado por un afán de dominar a los demás; es un retroceso en nuestra capacidad de amar, olvidando a Dios y a los hermanos; es, esta voluntad propia, una úlcera oculta que nos consume, abonando el terreno para la envidia, los celos, las amarguras, las murmuraciones. Lo característico de esta propia voluntad es que está dirigida sólo hacia nosotros mismos; rehúsa compartir el amor; necesita apropiarse, no sabe ni quiere darse; y se apropia incluso los bienes recibidos de Dios, sin gratitud ni agradecimiento.

De esta propia voluntad brota el propio juicio, que es el gran destructor de la unidad y de la paz en la Iglesia y en las comunidades monásticas. Termina convirtiéndose en idolatría. Esta enfermedad corrompe la voluntad, aprisiona al monje dentro de sus falsas ilusiones y le mantiene cautivo con ataduras imaginarias. Le hace sentirse atenazado por la desesperanza, y el desasosiego, le hace perder la paz, y le sumerge en los abismos profundos de la tristeza. Allí todo es posible, menos la conversión, porque no se deja lugar ni siquiera a la misericordia. La imagen que emplea San Bernardo es la de Naamán el sirio, prepotente pero leproso; sólo desde la humildad y la mediación humana de una esclava y de un siervo pudo encontrar la sanación lavándose siete veces en las aguas del Jordán. Estas aguas saludables son las que se beben en la Escuela de la Caridad, con las que se riega la misericordia y con las que se refresca la caridad. Estas aguas son los Misterios de Cristo, y el número siete indica que hay que volver una y otra vez a estas aguas saludables cuando el contagio de la lepra de la voluntad propia y el propio juicio rompen la unidad de la comunidad.

Todos llevamos dentro un Naamán el sirio. Ya no podemos pensar que son los demás quienes tienen que bañarse siete veces en las aguas del Jordán. Nuestra realidad comunitaria, la que cada uno vivimos diariamente, nos enseña que la propia voluntad y el propio juicio nos aprisionan dentro de falsas ilusiones y nos mantienen cautivos con ataduras imaginarias. Hacen que nos sintamos atenazados por la desesperanza y el desasosiego, nos hacen perder la paz, y nos sumergen en los abismos profundos de la tristeza. 

Que María la Virgen, a la que San Bernardo se acercó con infinita ternura, nos ayude a descifrar los códigos de nuestras falsas ilusiones y de nuestras ataduras imaginarias, para seguir buscando, desde una verdadera conversión de vida, y con el corazón dilatado por la gracia de la voluntas communis, los nuevos caminos en los que hoy tenemos que ofrecer el mensaje de Jesús de Nazaret a los hombres y mujeres que se acercan a nuestro modo peculiar de vivir estos valores.

8 comentarios en “San Bernardo

  1. M. Eugenia dijo:

    Feliz Fiesta de S. Bernardo con mis oraciones por la Comunidad y la Orden!! Gracias de corazón por vuestra acogida y vuestro cariño! Un fuerte abrazo!

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