Ayudarnos a ser mejores

Puerta del sagrario | Pintada por Xaime Lamas, monje de Sobrado

Las iglesias domésticas, nuestras parroquias, nuestras comunidades religiosas,  forman la Iglesia que se reúne en el nombre de Jesús. Reunirse en el  nombre de Jesús es crear un espacio para vivir la existencia en torno a Él. Un espacio espiritual bien definido no por doctrinas, costumbres y prácticas, sino por el espíritu de Jesús, que nos hace vivir con su estilo. Reunidos en el nombre de Jesús, recordamos su palabra, acogerla con fe y actualizarla con gozo; tomar conciencia de su actitud orante, recordar como miraba y acogía a las personas; experimentar en la comunidad sus entrañas da misericordia: como comprendía las debilidades humanas y como se derramaba como un manantial de agua fresca que limpiaba la suciedad del cuerpo y del espíritu. Vivir la experiencia de sentirse en una comunidad viva es sentir como el Evangelio nos permite entrar en contacto con Jesús y vivir la experiencia de ir creciendo como discípulos y seguidores suyos.

La comunidad reunida en el nombre de Jesús es la que toma conciencia de su debilidad, de su propio pecado, pero que vive cimentada en la Roca que sostiene su vida alimentada en la obediencia y fidelidad a su Palabra sanadora y transformadora. En este espacio creado en su Nombre caminamos juntos y tenemos que tomar conciencia de que necesita en su interior una serie de fuerzas  que la construyan y cohesionen. En ella debe reinar la paz, la concordia, la acogida mutua, la comprensión, el respeto mutuo. Pero no podemos olvidar que está construida sobre instrumentos débiles que con facilidad pueden desviarse hacia el individualismo y a la ruptura de la comunión. Nuestras debilidades y pecados, que  no son diferentes de los que tenían los discípulos y las primeras comunidades cristianas, nos tienen que hacer comprender la necesidad de que todos necesitamos reconciliarnos con todos y esa reconciliación nos va a venir por dos caminos: la oración comunitaria y la fidelidad al Evangelio en donde encontraremos la fuente de la unidad. El espacio comunitario, en el que Jesús el Señor es siempre el centro, es lo primero que tenemos que cuidar, consolidar y profundizar en nuestras comunidades y parroquias. No lo olvidemos nunca: esta riqueza de pertenencia a una comunidad cristiana la llevamos, como nos lo recuerda San Pablo, en frágiles vasijas de barro que necesitan ser cuidadas con mucho cariño para que  no se rompan.

La fraternidad se construye constantemente en la renovación de sus estructuras y de sus miembros. La comunidad siempre tiene que estar atenta a todo aquello que la hace ser trasparente y testimonio de una vida evangélica acorde con el momento presente que le toca vivir para dar respuesta a las exigencias que constantemente se le presentan. Por eso es importante tomar en serio aquello que hace crecer a una comunidad en el espíritu evangélico y que en este domingo se nos señala como la comunidad que ora unida en nombre de Jesús y en la necesidad de la corrección fraterna.

La delicada tarea de la corrección fraterna es un verdadero arte que se aprende desde la propia humildad y fragilidad y, sobre todo, teniendo la experiencia de haber sido comprendido y perdonado. Jesús nos invita a actuar con paciencia y sin precipitación, acercándonos de manera personal y amistosa al que está actuando de forma equivocada: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos». Y para que la corrección sea eficiente se necesitan unas condiciones que ayuden a que el acto en sí no sea una humillación ni un acto prepotente ni agresivo, porque hay riesgo de que la corrección se infructuosa, estéril y desgraciada, y en lugar de pacificadora, destructora. El que ama, cuando corrige, no hace daño, sino que arranca el velo que empaña la bondad del corregido y la hace resplandecer ante sí mismo y ante la comunidad.

En toda forma de vida en común llega el momento en que alguno comete un  pecado, falta u ofensa a un hermano o a la comunidad. Para solucionar el tema delicado de la corrección fraterna, lo primero es tomar conciencia de lo grave de la situación y no fingir que no pasa nada para vivir tranquilos. El pecado de omisión es grave y destructivo para una comunidad. Por eso es importante la calidad evangélica y orante de una comunidad porque es lo que la va a capacitar para ejercer una corrección fraterna desde su propia humildad y el respeto que merece el que va a ser corregido. Siempre hay que encontrar el momento adecuado de dirigir una palabra fraterna de tú a tú, porque cualquier momento no siempre es el más acertado y puede ser causa de resquemor y humillación, cosa que hay que evitar siempre. Y cuanto bien nos puede hacer a todos esa corrección amistosa y cálida, esa observación oportuna, ese apoyo sincero en el momento en  que nos encontramos desorientados y perdidos.

«Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano».

6 comentarios en “Ayudarnos a ser mejores

  1. Carmela eirisfyo cr dijo:

    Efectivamente las propuestas de las lecturas nos llevan a considerar la manera más adecuada de convivir con nuestros semejantes: el diálogo la intermediació n ;siempre bajo el principio del amor !!muchísimas gracias

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