La arriesgada aventura de ser libre

Esperanza | Monique Védie | entre 1950 y 1960

El Padre de Jesús está loco de amor por cada uno de sus hijos y de sus hijas, y desea ardientemente que este amor esté presente entre nosotros. Esto es imposible si vivimos a la defensiva, si no apostamos por echarle imaginación y entusiasmo a la tarea del Reino de Dios, si no nos convencemos de que sólo ganaremos la vida si nos arriesgamos a perderla.

Alguien decía que ‘no puedes descubrir nuevos mares a menos que tengas el coraje de perder de vista la costa’. Nos movemos dentro de una zona de comodidad y pensamos que eso es lo único que existe. Dentro de esa zona está todo lo que sabemos y todo lo que creemos. Conviven nuestros valores, nuestros miedos y nuestras limitaciones. En esa zona reina nuestro pasado y nuestra historia. Todo lo conocido, cotidiano y fácil. Es nuestra zona de seguridad y por lo general creemos que es nuestro único lugar y modo de vivir. Tenemos sueños, queremos resultados extraordinarios, buscamos oportunidades, pero no siempre estamos dispuestos a correr riesgos, no siempre estamos dispuestos a transitar caminos difíciles o incómodos. Nos conformamos con lo que tenemos, creemos que es lo único posible y aprendemos a vivir desde la resignación.

Podremos intuir algo de la vida nueva que nos propone el Evangelio cuando aprendamos a ampliar nuestra zona de confort, cuando estemos dispuestos a correr riesgos, cuando aprendamos a caminar en la cuerda floja y a levantar la vara que mide nuestra potencialidad. El hombre seducido por Jesús adquiere seguridad para permanecer solo, coraje para tomar las decisiones más difíciles, audacia para transitar hacia lo nuevo con pasión y ternura suficiente para escuchar las necesidades de los demás. El hombre feliz no busca ser feliz, es feliz por la calidad de sus acciones y la integridad de sus intentos. ‘Los hijos de la luz son como las águilas, no vuelan en bandadas, los encontrarás cada tanto y volando solos’.

Quien ama se arriesga a no ser amado; quien vive se arriesga a morir; quien desea se arriesga a ser defraudado; quien intenta algo, se arriesga a fallar. A pesar de todo, merece la pena correr riesgos simplemente porque el más grande de los peligros de la vida es no arriesgarse. Cuando no arriesgamos nada, prisioneros de nuestros temores, somos esclavos que hemos renunciado a nuestra libertad, pues sólo cuando arriesgamos, somos libres. Dicen, que los pesimistas se quejan del viento, que los optimistas esperan confiadamente que los vientos cambien de dirección y que los realistas, ajustan sus velas en la dirección correcta. Si nos arriesgamos, es cierto que podemos perder, pero… ¿y lo que podemos ganar?

El miedo nos impide arriesgar porque, si decido seguir adelante y cambiar mi vida para hacer lo que de verdad deseo, podría salir mal, podría perderlo todo, podrían mirarme mal las personas que no entiendan mi decisión, podría recibir reproches de mi familia de mis amigos o de mi comunidad, y así sucesivamente hasta completar una larga lista de miedos que me bloquean. En definitiva, el miedo es siempre el mismo: el miedo a arriesgarse.

Pero precisamente si quiero vivir una vida lograda es necesario que tome decisiones y me arriesgue. Si tengo una convicción y considero que llevándola a la práctica podría tener una vida más colmada, he de arriesgarme a llevarla a cabo, porque sólo así podré comprobar si estoy en lo cierto o me he equivocado. Y sin duda, es preferible equivocarse, pues es más fácil enmendar ese error que enmendar toda una vida errada, toda una vida siguiendo un camino equivocado. Sólo quien se arriesga, es libre.

El momento para cambiar mi vida o ciertos aspectos de ella, puede ser cualquiera. Los impedimentos que puedo ver para llevar a cabo los cambios no necesariamente son muros infranqueables. Puedo buscar soluciones para ellos. Se nos enseña que debemos ser generosos con los demás, pero no siempre nos enseñan a ser generosos con nosotros mismos. Y ser generoso con uno mismo es tan importante como serlo con los demás. Si imaginamos un mundo en que nadie cuidara de sí mismo, sino que se despreciara y odiara, sería un mundo depresivo y oscuro, lleno de dolor y tristeza, de personas desmotivadas, apáticas, suicidas. Por eso si quiero ayudar a construir un mundo más humano, debo empezar por asumir mi propia responsabilidad y así irradiaré humanidad hacia los demás.

Bellamente, de otra manera, lo decía Paul Claudel: ¡Qué buena idea cerrar los ojos para ver claro! Cuando se ha aprendido a servirse de ellos para mirar adentro, no hay nada que no se vea por fuera mucho mejor. Y con lenguaje místico, Ramacrisna: Quien no encuentra a Dios en sí mismo, no lo encuentra jamás fuera. Pero el hombre que ha visto a Dios en el templo de su propia alma, lo verá también en el templo del universo.

La parábola de los talentos, que hoy se nos ha proclamado como Buena Noticia, es una invitación a desarrollar todas las posibilidades que Dios ha sembrado en nosotros. Nos ilumina para que podamos ver que es un error vivir con una mirada corta buscando sólo lo seguro, útil y provechoso, porque la vida es una aventura en la que somos llamados a responder a la gracia de Dios de forma creativa, corriendo riesgos.

Señor Jesús, acoge con infinita comprensión y ternura nuestro miedo a correr riesgos, nuestro temor a vivir, nuestro pavor a amar para que podamos disfrutar ya en esta vida del banquete de alegría, de comunión y de paz que nos tienes preparado.

9 comentarios en “La arriesgada aventura de ser libre

  1. Mane dijo:

    Gracias por esta magnífica reflexion Nos lleva a “cerrar los ojos para ver claro”. Cuando nos dan un regalo, tenemos que abrirlo! Quizás haya dentro algo que puede cambiar nuestra manera de pensar y sentir. Creo que siempre hay que arriesgar, y no tener tanto miedo a la libertad

  2. Roberto dijo:

    Toda mi vida me he dejado arrastrar por mis fantasmas interiores. Me gustaría que alguien me dijese qué es el destino, lo que fue o lo que pudo haber sido. Estas palabras me impregnan con su fuerza, gracias por vuestro impulso.

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