Santos Fundadores

Santos Roberto, Alberico y Esteban | Monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos)

Nuestros Fundadores inauguran un nuevo carisma en la Iglesia. Proponen vivir de forma unificada los tres estratos que corresponden a distintos momentos de la tradición monástica y que están incluidas unas en las otras: la experiencia de los Padres del desierto que está asumida en la Regla de san Benito –en ella queda plasmada el Evangelio-, y la Regla que está asumida en la relectura de la misma que hacen los fundadores y, de modo más genérico, en la doctrina de los Padres cistercienses.

Los Padres del desierto son el fundamento: representan el carisma monástico en su estado puro, siendo patrimonio común de todo el monaquismo actual. Son ellos también los que nos unen con el monacato cristiano de oriente, que sigue bebiendo directamente en esta fuente. Ellos nos han legado la permanente referencia al desierto, la doctrina del combate contra los pensamientos o pasiones y el discernimiento de espíritus; nos han enseñado un método de recogimiento y oración, basado en la lectura y rumia de la Escritura, con vistas a la oración continua, al recuerdo de Dios y al conocimiento contemplativo.

San Benito da en su Regla la expresión institucional, cenobítica y litúrgica más acabada de la tradición primitiva para el occidente cristiano, y establece su monasterio como una escuela del servicio divino, fundada en la escucha-obediencia a la Palabra de Dios, al ritmo del ora et labora. A partir de entonces se llamará vida benedictina, a una comunidad de hermanos que animados de un buen celo y presididos por un padre espiritual -el abba-, busca verdaderamente a Dios sin anteponer nada al amor de Cristo, en una rumia constante de su Palabra en la que la mente concuerda con la voz. Se ora al ritmo mismo de la jornada, no con despilfarro de palabras, sino con frases breves y constantes, dichas con lágrimas y corazón despierto, y ascendiendo esa escala de la humildad -escala hacia la verdad-, en cuya cumbre se encuentra la caridad perfecta que echa fuera el temor. Y para los que desean ampliar horizontes porque tienen prisa por llegar a las cumbres de la perfección o ciencia espiritual, la misma Regla remite a la lectura de la Biblia y a la doctrina de los Padres, especialmente del monacato.

El tercer estrato del carisma, que aportan los fundadores del Nuevo Monasterio, consiste en una relectura de la vida benedictina, desmarcándola del monacato feudal carolingio, de corte palaciego y aristocrático, volcado por completo en la liturgia y sin trabajo manual, que entonces estaba en vigor. Esta refundación se hace en base a un principio fundamental, inspirado según los expertos, en una palabra, que aparece en el capítulo 55,11 de la Regla, cuando san Benito, al hablar del vestido de los monjes, dice: “Lo que exceda de esto es superfluo, y se debe suprimir”. Y eso hacen los cistercienses, no sólo con el vestido, sino con todas las realidades de la vida: quitar lo superfluo para que aparezca lo esencial, lo auténtico, lo verdadero. Esto, lejos de conducirles a una interpretación literal de la Regla, los lleva a una búsqueda de su espíritu, de su inspiración para expresarla en su contexto histórico, cultural y religioso, que estaba presidido por un intenso ideal de pobreza evangélica. Este espíritu e inspiración es lo que ellos denominan verdad, pureza y rectitud de la Regla. Por eso, lo superfluo, lo que está de más, se contrapone en ellos a lo verdadero, a lo puro y a lo recto: es lo impuro, lo inauténtico, lo artificioso y retorcido, lo doble y lo antinatural; y por tanto lo mentiroso, lo que no es según Dios, ya que Dios es verdad, pureza y rectitud, y en él no hay nada artificioso ni antinatural; es decir, nada superfluo. Es absoluta simplicidad sin doblez, perfecta naturalidad. Por eso, cuanto más naturales son las cosas, las instituciones y las personas, más verdaderas, rectas y puras son. Natural significa aquí: tal como ha sido hecho por Dios. Artificial y superfluo significa: tal como nosotros lo hacemos después, desnaturalizándolo.

Los fundadores aplican esto en primer lugar a la Regla y a las costumbres monásticas de su tiempo, ‘purificándolas’ y ‘rectificándolas’ de lo superfluo; pero después lo aplican a toda la realidad de la vida. Si los Padres del desierto nos han legado un método de oración y recogimiento, y san Benito una escuela del servicio divino, los fundadores nos han legado estas palabras: veritas, puritas, rectitudo, superfluitas, que sintetizan la quintaesencia del carisma.

Nuestros Padres nos llaman hoy a aportar novedad, partiendo de su inspiración y aprovechando el rico patrimonio que nos han legado: primero escuchando y rumiando la Palabra; desde ahí releyendo la RB para nuestro hoy, en una búsqueda de lo esencial por encima de lo superfluo, siempre atentos a los signos de los tiempos, para aparecer también hoy a los ojos de nuestros contemporáneos como un Nuevo Monasterio. A Santa María, Madre de Císter, encomendamos en este día nuestra vida y la vida de nuestras comunidades.

6 comentarios en “Santos Fundadores

  1. Beatriz dijo:

    …. nos sumamos a vuestra llamada, intentando llevarla a buen término en el mundo que tenemos que enfrentar…
    Nos sumamos a vuestra oración por todas las comunidades… y os encomendamos a la Reína del Cister… que ella interceda por vosotros y os mantenga siempre en la esperanza … Ánimo !!! … el Señor os necesita.

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