Quien pierde con Cristo, gana

Cruz del Oratorio del Monasterio de Sobrado (det.) | Icono pintado por Xaime Lamas, monje de Sobrado

Somos hijos de nuestras contradicciones y el relato evangélico que se nos proclamó es la prueba de que a lo largo de la historia comprobamos que no es lo mismo creer en dogmas que vivir una fe que compromete la vida. Creer no es solo principalmente la adhesión a un credo religioso, sino aceptar una fe que compromete la vida al servicio de las personas. No basta una fe proclamada con palabras, tienen que ser la vida y las obras las que autentifican la fe. Para creer y confesar a Jesús, como Mesías e hijo de Dios, es necesario creer en el amor y la justicia, y vale más creer en estas cosas que pronunciar su nombre sin que haya un compromiso con su vida y su obra, porque fuera del amor y la justicia es imposible ser discípulo de Cristo y menos hacerlo creíble en el mundo.

La pregunta que Jesús les hizo a sus discípulos en Cesarea de Filipo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?», es la misma pregunta que nos pueden hacer a nosotros: «¿Quién es Jesús para vosotros?». Y cuando nos hacen esa pregunta, es el mismo Jesús quien nos la hace a través del que nos pregunta. Y, mirad, el Credo no es la respuesta esperada por la gente. Nuestra respuesta  tiene que ser dada desde una vivencia y experiencia personal con obras que autentifiquen nuestra fe. No vale decir que Él es el Mesías, el Hijo de Dios bendito, porque eso lo hizo Pedro desde una comprensión equivocada y egoísta  del mesianismo de Jesús y le valió una de las reprimendas más duras que hizo Jesús.

Por lo tanto, la respuesta de un creyente no puede estar afianzada en las imágenes, fórmulas y devociones, reflexiones teológicas e interpretaciones culturales que van desvelando, y a veces velando, su misterio. Nuestra repuesta tiene que estar dentro de nosotros a partir de la experiencia de saber mirar y escuchar al Maestro de la vida que se nos revela como Camino, Verdad y Vida. Esto nos ayuda a conocerlo y a conocernos mejor. Porque su Palabra, su Evangelio, nos hacen pensar y nos obligan a plantearnos las preguntas más importantes y decisivas de su vida y de nuestra vida. De su manera de sentir la existencia, su modo de racionar ante el sufrimiento humano, su confianza indestructible en un Dios amigo de la vida, porque: «El Padre que presenta Jesús se caracteriza siempre por la bondad, la acogida incondicional, la tolerancia, el respeto y el amor.» (J.Mª Cstillo).

Jesús nos enseña un nuevo estilo de vida que no se afianza en formulismos ni en rigideces religiosas sino que nos invita a vivir con un horizonte más digno para las personas y más esperanzado, porque en el proyecto de Jesús el centro no es la religión, es el ser humano, el respeto a todos. Un proyecto que tiene su centro en la dignidad de las personas, en la alegría de vivir, en el gozo de todo lo bueno y bello que Dios hizo y puso en su vida.

Saber ver y saber escuchar son las actitudes de un discípulo que lo apartan de los falsos mesías. Pedro confiesa a Jesús como Mesías pero con una visión incompleta del verdadero mesianismo de Jesús y, lo mismo que le ocurrió a Pedro, nos puede pasar a nosotros con mucha facilidad.

Creer en un Mesías crucificado del que tan orgulloso se sentía San Pablo, sigue sin ser un plato de buen gusto todavía hoy para muchos creyentes. Ese Mesías crucificado compromete la vida, nos arranca de las mediocridades de una vida de rutinas religiosas y nos mete de lleno en la vorágine de la vida para que proclamemos su Evangelio del mismo modo que Él se allegaba a las gentes para liberarlas de la opresión de un Dios creado a imagen y semejanza de los hombres religiosos. Él es el que nos libera de la imágenes enfermas de Dio y de los falsos mesianismos que vamos arrastrando durante siglos sin medir el efecto dañino que tienen en nuestras conciencias. Él es el que va delante de nosotros, se lo dice claramente a Pedro: «Tú detrás, el que muestra el camino soy yo». Y es Jesús, solo Él, el que nos enseña a vivir a Dios como Padre, como el que está dentro de nosotros viviendo nuestras vidas con su ternura infinita.

El camino de Jesús nunca fue fácil para nadie. Cuando llama a las gentes y les dice que seguirlo a Él supone la renuncia a uno mismo y cargar con la cruz, no es otra cosa que aceptar que la verdad y la justicia tienen un precio, incluso perder la propia vida. Pero también sabemos que, QUIEN PIERDE CON CRISTO, GANA.

8 comentarios en “Quien pierde con Cristo, gana

  1. José M dijo:

    Me gustan las reflexiones en torno a la Palabra, pero estaría bien, que lo subieseis a la pagina en la tarde del sábado o el domingo más temprano, muchas gracias por vuestro testimonio monastico.

  2. Beatriz dijo:

    Gracias por esta enseñanza!!!
    “ nos mete de lleno en la vorágine de la vida “ , todas las circunstancias que ahora nos apenan pasan ,todo pasa, caduca, muere… lo único que permanece es el Mesías Crucificado o dicho de otro modo, la Vida eterna.
    Le pido al Señor su Gracia y Sabiduría para saber que hacer en situaciones muy complicadas que El mismo nos presenta.

  3. comunidade grão de mostarda dijo:

    Gratos, amigos e irmãos nossos, pela lucidez de fé – a pérola que a cada uma e cada um de nós foi confiada, por isso mesmo fé significa CONFIANÇA…

  4. EDGAR LUNA dijo:

    Autor:

    Gracias por esta lección tan acertada. Ciertamente, seguir a Cristo automáticamente te expulsa del grupo central; sin embargo, yo considero una bendición caminar solo en la senda antigua. Allí encuentro paz interior, balance, alegría, y silencio divino……. pero sobretodo, la certeza absoluta de que no camino solo.

    Edgar Luna, CLC
    Spencer Abbey
    Massachusetts, USA

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