Que Dios nos vacíe de Dios

O túmulo está vazio | Alexandra Lisboa

«Sabemos que el anuncio pascual, es específico del cristianismo, la deuda de esperanza que los cristianos tenemos para con todos los hombres. También conocemos nuestras hondas resistencias a creer este anuncio inaudito; y, aún más, lo que nos cuesta creer en la resurrección de Jesucristo como prenda de nuestra salvación» (Enzo Bianchi).

La fe en la resurrección no nace automáticamente dentro de nosotros, supone un largo proceso de maduración y de purificación en nuestro interior. Es el mismo proceso que tuvo que pasar la primera comunidad de discípulos: renunciar a una imagen creada en nuestro interior haciéndola absoluta de manera que ninguna otra pueda estar por encima de ella. Eso no es fe. Tenemos que renunciar a cualquier imagen, eso es como querer tocar y palpar, querer ver. Podemos pensar la resurrección de Cristo, bien intelectualmente, bien plásticamente, como si pintásemos un cuadro, siempre y cuando tengamos conciencia de que eso no es la resurrección.

Pienso que, una de las primeras cualidades para llegar a una fe profunda y abierta de la resurrección es renunciar al “cómo fue” o querer saber “cómo era” el cuerpo glorioso del Señor, porque no nos lleva a ninguna parte. El TERCER DÍA en la Sagrada Escritura no es un tiempo cronológico, no lo olvidemos nunca. Para muchos de nosotros el tercer día tarda décadas en llegar, a veces toda una vida. La fe en la resurrección hay que tomarla en toda su simplicidad, en su total desnudez, en su misterio absoluto, si no es así, no es digna de fe. Pero aún hay más. Tenemos que leer los textos, proclamarlos, celebrarlos. Textos que nos hablan de experiencias vividas en el pasado de una comunidad, pero que tienen proyección de futuro hasta el fin de los tiempos. Textos que  no hablan de algo nuevo, distinto a lo que se conocía, textos que nos hablan de ser enviados con un mensaje singular: «Como el Padre me ha enviado, también yo os envío a vosotros», es decir: “Así como yo os narré al Padre, ahora os toca a vosotros narrarme a mí”. Y este es el problema: A qué Cristo narramos y proclamamos.

Es bueno que recordemos aquella frase tan célebre del Maestro Eckhart en su sermón sobre Los pobres de espíritu: «Le rogamos a Dios que nos vacíe de Dios». El Maestro Eckhart nos aconseja que renunciemos a toda imagen de Dios dentro de nosotros, y, lo que decimos de Dios, lo podemos decir delo Señor Resucitado. Esto nos evitaría quebraderos de cabeza doctrinales, porque nos llevaría a no ser poseedores de verdades absolutas, sino que, vaciándonos de nuestras pequeñas verdades, estemos capacitados para acoger la VERDAD que no se impone a nadie porque se presenta en su simplicidad más absoluta, recorriendo los caminos de la vida, silenciosa y humilde, bondadosa y cariñosa, acogiendo a todo los que quieren beber su agua de vida. Verdad que denuncia y desenmascara la hipocresía y la injusticia y que envuelve en su amor y ternura a todos los que tienen que sufrir persecución por ser fieles a ella.

Como Jesús nos narró al Padre. Eso lo llevó a ver al hombre y a la mujer de manera distinta a como los veían y comprendían cualquiera religión de su tiempo, en su caso en el judaísmo. Y nosotros tenemos que narrar al Señor resucitado en su pura desnudez, como muy bien lo dice el Maestro Eckhart. «Tómalo desnudo en el vestidor», es decir: no le pongamos ningún traje porque ninguno le sienta bien.

La resurrección de Jesucristo nos compromete con su vida y con su obra y con todos los hombres y mujeres que a lo largo de la historia renunciaron a aferrarse a imágenes para vivir en el mundo haciendo el bien sin mayores pretensiones. Comprendieron que la Buena Nueva no es un cuerpo de doctrinas, sino una persona, JESUCRISTO, al que servían en sus hermanos y que la mejor representación del Resucitado era ser hombres y mujeres portadores de la PAZ que es el mensaje del Resucitado: «La paz con vosotros».

«Que Dios nos vacíe de Dios» para no caer en un espiritualismo desencarnado, sin mística, y nos lleve a lo que fue la vida del Resucitado, que nos enseñó que el Dios del Evangelio no es el Dios de las exigencias imposibles, sino el Dios-con-nosotros, «que trabajó como hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre» (G.Sp 22). Y murió como tantos inocentes a lo largo de la historia por manos de hombre.

Renunciar a un Resucitado que vive en algún cielo imaginario y sumergirnos en la historia de su vida, que no acabó en la cruz sino que sigue viviendo en el rostro de los pobres del mundo, en el llanto de los niños maltratados y hambrientos, en el dolor y el miedo de los torturados, en la angustia de los condenados a muerte, en las mujeres menospreciadas. Todo el que haga daño a una persona se lo hace a Él. Pero también ríe y baila de felicidad por todos los que hacen el bien en la más absoluta gratuidad, felices de ver el rostro del Resucitado en sus hermanos y hermanas.

Él nos narró a Dios, nosotros tenemos que narrarlo a Él. Y hay una oración del siglo XVI que cita Bruno Forte en una de sus obras muy acertada para nuestra reflexión. Dice así:

«Cristo no tiene manos, solo tiene nuestras manos para hacer hoy su trabajo; Cristo no tiene pies, tiene nuestros pies para dirigirse a los hombres hoy; Cristo no tiene labios, tiene solo nuestros labios para anunciar hoy el Evangelio. Nosotros somos la única Biblia que aún todos los hombres pueden leer. Nosotros somos la última llamada de Dios, escrita con palabras y con obras».

7 comentarios en “Que Dios nos vacíe de Dios

  1. Beatriz dijo:

    Qué bonita reflexión! Muchas gracias.
    “ La fe en la Resurrección hay que tomarla en toda su simplicidad “ , si, el premio es desde siempre Jesucristo, lo que tenga que ser ya será, estando con Él que más da…
    “ Por eso se me alegra el corazón, sienten regocijo mis entrañas, todo mi cuerpo descansa tranquilo; pues no me abandonarás al Seol, ni dejarás a tu amigo ver la fosa. ( S. 15,9-10).

  2. Mari Carmen Hernández dijo:

    Que no deje, Señor, que el miedo cierre las puertas de mi corazón a la gran alegría de tu Resurrección. Dame coraje para hundirme en el dolor ajeno, y muéstrame la vida que existe también en las tinieblas para descubrir que merece la pena confiar.

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