Pentecostés

Hoy celebramos la culminación de la Pascua, la fiesta del Espíritu que ya no tendrá fin hasta el final de los tiempos. Sin embargo, miremos donde miremos nos seguimos encontrando con pesadez y opacidad. La realidad es material -entre materia nos movemos- y en ocasiones es de una densidad que raya en lo grosero. Incluso cuando tratamos con lo más sublime de la existencia humana tenemos que habérnoslas con la materia. Las pretensiones a formas de vida angélica, libres del lastre material, no son más que una bella ensoñación, tras la cual, el despertar se torna una pesadilla insoportable.

¿Tenemos que renunciar, por tanto, a la aspiración del poeta, que ama los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón? Si abdicáramos de la aspiración del poeta renunciaríamos a la vida humanizada.

Nos topamos con una cotidianeidad opaca, pesada y hasta grosera que nos obliga frecuentemente a caminar cargados de hombros, sobrellevando a duras penas una existencia triste, arrastrada, sin visos de cambio. Es cierto que no puede eliminarse la carga, ¿pero es posible modificarla? ¿Es posible trasmutar lo opaco en traslúcido, lo pesado en ligero, lo grávido en leve, lo grosero en sutil?

Por el Espíritu tenemos la capacidad de ir más allá de las meras apariencias, de lo que vemos, escuchamos, pensamos y amamos. Podemos aprehender el otro lado de las cosas, su hondura. Las cosas no son solo ‘cosas’. El Espíritu capta en ellas símbolos y metáforas de otra realidad, presente en ellas pero no circunscrita a ellas, pues las desborda por todos los lados. Ellas recuerdan, apuntan y remiten a otra dimensión, que llamamos profundidad.

Así, una montaña no es solamente una montaña. Por el hecho de ser montaña, trasmite el sentido de majestad. El mar, evoca la grandiosidad; el cielo estrellado, la inmensidad; los surcos profundos del rostro de un anciano, la dura lucha por la vida; y los ojos brillantes de un niño, el misterio de la existencia humana.

Es propio del ser humano, portador de Espíritu, percibir valores y significados, y no solo enumerar hechos y acciones. Lo que realmente cuenta para las personas no son tanto las cosas que les pasan sino lo que ellas significan para su vida y el tipo de experiencias que les marcan.

El Espíritu del Resucitado, como sabio alquimista, está especializado en el arte de la trasmutación de la materia opaca en materia luminosa. El Espíritu no huye ni rechaza la materia, sino que por el contrario la penetra, transformándola en materia espiritual. El hombre transido de Espíritu habita los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón. A un conocido padre de la Iglesia del s. II., San Ireneo de Lyon, le gustaba llamar a la ‘carne poseída por el Espíritu de Dios y poseedora de la calidad del Espíritu’, carne resplandeciente, carne olvidada de sí misma.

Pentecostés es el tiempo de la danza del Espíritu. El Espíritu derramado en toda la creación alienta la materia haciendo que se balancee delicadamente al compás que marca el Danzarín. Su danza es ágil, por la levedad de la memoria; sobria, por la evitación de lo superfluo; grácil, por la suavidad de los movimientos; bella, por la armoniosa puesta en escena; conmovedora, por la cadencia de las frases musicales; cálida, por la gentil invitación a la espontaneidad; vigorosa, por la atrevida libertad de sus expresiones… En esta danza, la carne se olvida de sí misma, resplandece, es carne de Dios, de manera tal que no se puede distinguir ya al Danzarín de su danza,

Ya es Pentecostés en toda carne resplandeciente, en la carne olvidada de si misma. Pero también es evidente que abunda por doquier la materia inerte, inanimada, inmóvil, que aun no ha participado en la danza del Espíritu. Toda carne ha sido invitada  por el Danzarín a formar parte de la gran coreografía espiritual. Pero, ¿qué pasa con la carne olvidada a su propia suerte: víctima de la historia, de la incardinación geográfica, de las estructuras injustas, de las catástrofes naturales?

Invocamos al Dulce Huésped de las almas, al Divino Alquimista, que mira por la suerte de tanta materia espesa y pesada, por la que siente especial debilidad. Hoy, en este día de Pentecostés, el Espíritu convoca a la carne olvidada de sí misma para que no olvide y recuerde siempre a la creación entera su derecho a danzar en el gran baile universal, y a habitar en los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón.

6 comentarios en “Pentecostés

  1. Mane dijo:

    Este Espíritu es el que nos libera del vacío interior. Nos devuelve la capacidad de dar y recibir, de amar y ser amados.
    Para la querida comunidad de Santa María de Sobrado..Feliz Pentecostés!!!

  2. Pedro Garciarias dijo:

    ¡cuánto os agradezco el envío por este Pentecostés!, me ha gustado mucho. El domingo próximo es la fiesta de la Trinidad, me uno a toda la comunidad para celebrar con el Padre y el Hijo en la presencia del Espíritu, este santo AMOR que nada ni nadie puede apagar en nosotros. Si no me engaña la memoria creo que al final del Cantar se escribe algo así como que nada puede apagar el fuego del amor, no hay aguas…que lo apaguen. Feliz fiesta compartida.

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