Comunidad pobre, orante y fraterna

Bendición del oratorio y dedicación del altar | 1987.11.13

Hace hoy 35 años que consagramos el altar y bendijimos este oratorio en el que nos encontramos. Esta fiesta nos invita al agradecimiento por el misterio de nuestra comunidad, por cada uno de los hermanos presentes y también de los que ya no están, piedras vivas de esta iglesia monástica de Santa María de Sobrado. Mis palabras quieren ser hoy un homenaje a Salvador, que este año ya no puede celebrar con nosotros esta fiesta.

La refundación actual nació con el ideal de ser una comunidad simplificada: pobre, orante y fraterna. Quienes desde entonces nos hemos sentido seducidos por el estilo de la comunidad, no solo acogemos entrañablemente este lema, sino que nos compenetramos con él.

Pobre, lo primero que nos suscita es: bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos (Mt. 5, 1). A quienes convoca Jesús es a los pobres. Los que integramos la comunidad nos reconocemos pobres. ¿Qué significa ser conscientes de que somos pobres? Hay un proverbio árabe que dice que uno no es pobre por lo que deja sino por lo que es. Este despertar a la pobreza personal, interior, es la cuna de una insatisfacción, de una inquietud, que nos convierte en buscadores.

En esta comunidad pobre, de pobres, desgarrados por un estigma mortal que nos hace padecer nuestra vulnerabilidad, somos conscientes de nuestros miedos, de nuestra vergüenza y culpabilidad, de nuestra enajenación, que nos quitan la paz y nos hacen buscar, que nos ponen en camino, anhelar el Ser, la trascendencia, la unificación, el regreso al hogar. Se suele pensar que un monje es una persona que ha elegido una vida de perfección. Más bien, es alguien señalado por el estigma de su pobreza, que siempre le acompaña y no le permite vivir en paz.

Orante. Este reconocimiento palpable y doloroso de nuestra pobreza es lo que nos hace desear la oración continua. Ser personas de oración, no porque hayamos recibido un don extraordinario, porque seamos unos elegidos, sino porque somos unos pobres. Esta angustiosa conciencia de pobreza, que nos hace ‘vivir sin vivir’, nos convierte en orantes, necesitados de silencio, de espacio donde podamos encontrar anchura, donde sea posible tener otra mirada sobre la vida, sintiéndonos en casa, permaneciendo en la paz. En ello nos va la vida. San Pablo dice algo muy bonito: Cristo siendo rico se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (2 Cor. 8, 9) Y en la carta a los Filipenses, 2, 6-9: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. 

Nos gustaría poder abandonar nuestra humanidad estigmatizada, eliminar la insufrible vulnerabilidad que nos corroe y, sin embargo, es precisamente ella la que nos permite encontrarnos con Aquel que siendo rico se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza. Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. Nuestro amor, herido de muerte, que sentimos como una maldición, es lo mejor que tenemos para advertir la bendición de Aquel que nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros un maldito…: maldito todo el que cuelga de un madero (Gál. 3, 13). Para que seamos libres, nos liberó Cristo (Gál, 5, 1). Dios se ha hecho pobre, se ha despojado de sus atributos divinos, se ha hecho uno de nosotros hasta en las situaciones más abyectas e inhumanas, para que nosotros podamos deificarnos.

Pobre, orante… y fraterna. Fraterna, porque cuando, gratuitamente, somos enriquecidos con Su pobreza, en ese Silencio, en esa Anchura en que nuestro ‘yo’ es trascendido, de regreso a casa, descubrimos nuestra identidad, lo que somos, nuestro rostro original. Es el espacio del amor, de la verdad, de la dicha, de la bondad, de la belleza, de la confianza, de la paz… que es patrimonio de todos los seres humanos, que está presente en todos. Ahí, nos encontramos con lo más esencial de cada uno de los seres humanos porque ahí somos todos iguales. Una parábola: Era el país de los pozos. Pozos grandes, pequeños, feos, hermosos, ricos, pobres… Alrededor de los pozos apenas se veía vegetación; la tierra estaba reseca. Los pozos hablaban entre sí, pero a distancia; siempre había tierra de por medio. Pero buceando en su interior, descubrieron que lo mejor de sí mismos estaba en la profundidad, y comenzaron a sacar agua de su interior, y el agua, al salir fuera, refrescaba la tierra reseca y la hacía fértil y pronto brotaron las flores alrededor de los pozos. Comprobaron que, por más agua que sacaban de su interior para esparcirla en torno suyo, no se vaciaban, sino que se sentían más frescos y renovados. Al seguir profundizando en su interior, descubrieron que todos los pozos estaban unidos por aquello mismo que era su razón de ser: el agua, que procedía del mismo manantial.  Así comenzó una comunicación ‘a fondo’ entre ellos, porque las paredes del pozo dejaron de ser límites infranqueables. Se comunicaban ‘en profundidad’, sin importarles cómo era el brocal de uno o de otro, ya que eso era superficial y no influía en lo que había en el fondo. Somos hermanos porque todos, aun siendo distintos -¡qué maravilla ser diferentes!- somos pozos con agua del mismo manantial. Uno solo es vuestro Padre y todos vosotros sois hermanos (Mt. 23, 1-3). Cuando despertamos a nuestra verdad, vivimos la fraternidad.

En el oratorio hay muchos símbolos. Uno de ellos es la disposición del coro, en el que los monjes, como pobres, -y por extensión toda la asamblea- estamos alrededor del altar, símbolo de Cristo, como los radios de una rueda en la que se genera la armonía circular de la fraternidad.

Que María, ‘Regla de Monjes’, que hoy hace 35 años que preside nuestro oratorio, siga cuidando, con amor de madre, de esta comunidad pobre, orante y fraterna, para que podamos exclamar cada día: Ved qué dulzura qué delicia convivir los hermanos unidos… en la casa de Dios.

8 comentarios en “Comunidad pobre, orante y fraterna

  1. Pedro Garciarias dijo:

    Dios mío, porque soy viejísimo, con cuatro enfermedades, casado y con estas responsabilidades…que si no, pensaría en compartir dentro vuestro ideal con vosotros , pero bueno, en la Casa del Padre hay muchas moradas…no estoy fuera. Bendito ser pobres. Gracias y abrazo fraterno de este otro pobrísimo.

  2. Beatriz dijo:

    “ se comunicaban en profundidad “, ahí es donde se forja la complicidad y por lo tanto la verdadera fraternidad.
    Recita Fray Luis de Leòn” “ ¡ Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!
    Muchísimas felicidades con el Ave María de Anton Bruckner !! !

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