En la tierra de nuestra vulnerabilidad

Para celebrar sus 75 años (24 de octubre de 2020), la Organización de las Naciones Unidas convocó un concurso fotográfico bajo el título: ¿Qué mundo queremos? Esta foto es una de las 75 seleccionadas (https://www.un.org/en/exhibits/page/theworldwewant). Su autora, Svetlana Razumovskaya, de Rusia, la presenta con este comentario: «Quiero un mundo de bondad, donde las personas compartan su calidez y amor por los demás y por todas las especies».

El amor a uno mismo, al prójimo y a Dios, que es el mismo amor en distintas expresiones, florece en la tierra de nuestra vulnerabilidad. Solo es posible cuidar, desde la verdad de nuestras entrañas, del emigrante, del huérfano o de la viuda (Cf. Éxodo, 22,20-26) –en el mundo de la Biblia, los pobres de los pobres– si abrazamos lo que tendencialmente marginalizamos en nosotros, lo que no queremos ver e intentamos olvidar. Quien no abraza su fragilidad no tiene brazos para acoger el dolor del mundo.

Es grande nuestra carencia y son múltiples nuestras necesidades, desde las más básicas, que garantizan nuestra subsistencia, como la alimentación, el alojamiento, el reposo, hasta necesidades de relación (afecto, empatía, proximidad, compañía…), de sentido (claridad, esperanza, discernimiento, orientación…). Para que la vida florezca, es importante atenderlas, siendo conscientes y aceptando que no siempre van a estar satisfechas. Todo lo que yo hago y no hago pretende satisfacer necesidades. Cualquier comportamiento humano es un intento de satisfacer necesidades, seamos conscientes de ello o no. Sigue leyendo

Aviso

El monasterio queda clausurado preventivamente por motivo del coronavirus, con lo cual, no habrá visitas turísticas (la tienda permanecerá abierta); no se reciben a huéspedes ni a peregrinos y tampoco habrá acceso al oratorio de los monjes, ni para la Misa ni para otros actos de culto.

No existe una realidad sagrada y otra profana

La zarza ardiente | Stéphane Cauchefer | 2017

El Reino de Dios no se sitúa fuera de las realidades terrestres, sino que para los creyentes es nada menos que el final de un proceso que ya está en marcha, y que será completado en la Vida Eterna. Por lo tanto no es posible ser un buen cristiano si uno se desinteresa de la marcha y organización del mundo.

El evangelio de hoy, nos narra la trampa que los fariseos ponen a Jesús y que no esa otra que se defina en cuanto al candente tema de la ocupación romana en la tierra del Señor. Y le piden una respuesta acerca del pago de los impuestos a Roma. En definitiva se trataba de condenarlo de una vez, pues tanto si decía si como no, sería puesto frente a los romanos o a los judíos. Condenado por la ley judía o la romana. Sigue leyendo

La cultura del encuentro

Pintura de Rima Salomoun

El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo: tengo preparado el banquete; venid a la boda. Hemos sido convidados al banquete del reino, al festín de manjares suculentos y de vinos de solera. En él se arrancará el velo que cubre a todos los pueblos y el paño que tapa a todas las naciones. La muerte será aniquilada para siempre y el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros. En ese banquete escucharemos: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación.

Sentarse a la mesa con Jesús, tomar contacto con Él nos introduce en su intimidad, en el banquete de su vida nueva. Y esto no es para el futuro, sino para ahora, en nuestra existencia tal y como es. El encuentro con Jesús, celebrar su intimidad, nos transforma. ¡Y cuán a menudo Él se nos presenta como un encuentro festivo con otra persona! Sigue leyendo

Un canto de amor – una denuncia de injusticia

Luis Acosta y Ángel Jesús, hondureños, intentando llegar a los Estados Unidos | Fotografía de Adrees Latif | octubre 2018

Dice José María Castillo que está parábola que se  nos proclamó en este domingo, es seguramente la más dura y directa que quedó recogida en los Evangelios como denuncia contra los dirigentes religiosos del judaísmo. Hoy podemos decir que, no solo sirve para los dirigentes religiosos, sino para los políticos y gobernantes.

Nadie es dueño de la viña del Señor, se nos entregó para cultivarla y hacerla fructificar. Solo Dios es el propietario. El Señor es el que crea, planta la viña, la cerca, es decir, la rodea con su amor y mantiene con ella una relación que es fuente de fecundidad. Y esa fuente de amor y fecundidad se nos entrega a los hombres para que la trabajemos según el querer y sentir de Dios. Pero… Siempre hay un pero de parte de los hombres: lo que tenía que ser fuente de derecho y justicia, se convierte en asesinatos y lamentos. Sigue leyendo

Los robots y los monjes

Fábrica del dulce de leche del Monasterio

«El mismo día entré, como hago a menudo, en la página web de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia. Ello requiere una explicación y esa explicación se la voy a dar a ustedes. Es muy sencillo. Todos los domingos voy a misa al monasterio de Santa María de Sobrado. Le debo mucho a Sobrado y a sus monjes, a su cercanía. Y que no sea un as de la informática no significa que no me mueva con soltura por las redes, de modo que me faltó tiempo desde mi primer día en Sobrado para, además de en la página del monasterio, entrar en la de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia (OCSO), a la que pertenece. Pues bien, en esa página se da cuenta, entre otras cosas, de las altas y bajas en la orden, de los monjes y monjas que profesan solemnemente, de los —ya llegarán las, esperemos— que se ordenan, y también de los que mueren. Y nada curiosamente —la tranquilidad exterior e interior, la alimentación sana, el trabajo bien reglado, el orden en el sucederse de las tareas de cada día y, me da la sensación de que por encima de todo la felicidad de la clausura— los hombres y mujeres del Císter mueren de muy viejos. Sobre su existencia jamás penderá la amenaza del mercado. Es más, el mercado los ignora. Incluso los maltrata de momento pues cada vez son menos.» Sigue leyendo

La hora de la rendición

Atardecer en Sobrado

Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno (cf. Mt 20,1-16).

Conocemos bien esta queja. La hemos repetido a menudo, con palabras o en un silencio poblado de negatividad que corroe el alma. Podríamos sencillamente reconocer que estamos buscando amor, que nos sentimos carentes, pero eso implica tocar y manifestar nuestra vulnerabilidad. Parece más cómoda y más segura la posición del juez que la del mendigo. ¡Cómo nos cuesta aprender las cosas sencillas de la vida! No asumir las propias necesidades solo genera desconexión con nosotros mismos y con los demás, cansancio y desgana.

A la última hora, al atardecer, metafóricamente decimos que el sol llega a su reposo, todo se va sosegando, la naturaleza vuele al silencio, pero nuestro corazón tantas veces está en lucha, insatisfecho, frustrado, focalizado en los propios planes no realizados, entregado a una contabilidad siniestra, encerrado en un pequeño mundo que tiene las dimensiones de su pequeño yo, incapaz de mirar más allá de los propios zapatos. Sigue leyendo

La absolución del relato de nuestra historia

Mysterium Crucis | Alexandra Lisboa

Las relaciones humanas están marcadas por el conflicto. Todos tenemos necesidades, deseos y expectativas que chocan con los de los demás. Somos distintos en la manera de ser, de pensar y de expresar sentimientos, lo que es una fuente inagotable de malentendidos, que muchas veces se convierten en agrias disputas. No es extraño ver a nuestro alrededor parejas que terminan entre violentos reproches, hermanos que no se hablan, o amigos que han dejado de serlo. En general, cuando alguien nos hace algo que consideramos malo o injusto, nos sentimos heridos y nos enfadamos. Tras el estallido iracundo inicial, solemos creer que el tiempo enfriará el agravio y terminará por disolverlo. Sin embargo, en muchas ocasiones, el paso del tiempo tan solo agranda las heridas alimentando el resentimiento y, el venenoso rencor pudre los restos de la relación. Sigue leyendo

Ayudarnos a ser mejores

Puerta del sagrario | Pintada por Xaime Lamas, monje de Sobrado

Las iglesias domésticas, nuestras parroquias, nuestras comunidades religiosas,  forman la Iglesia que se reúne en el nombre de Jesús. Reunirse en el  nombre de Jesús es crear un espacio para vivir la existencia en torno a Él. Un espacio espiritual bien definido no por doctrinas, costumbres y prácticas, sino por el espíritu de Jesús, que nos hace vivir con su estilo. Reunidos en el nombre de Jesús, recordamos su palabra, acogerla con fe y actualizarla con gozo; tomar conciencia de su actitud orante, recordar como miraba y acogía a las personas; experimentar en la comunidad sus entrañas da misericordia: como comprendía las debilidades humanas y como se derramaba como un manantial de agua fresca que limpiaba la suciedad del cuerpo y del espíritu. Vivir la experiencia de sentirse en una comunidad viva es sentir como el Evangelio nos permite entrar en contacto con Jesús y vivir la experiencia de ir creciendo como discípulos y seguidores suyos. Sigue leyendo