30º aniversario de la muerte de los hermanos de Tibhirine

Si un día (y podría ser hoy) me aconteciera ser víctima del terrorismo que actualmente, parece querer implicar a todos los extranjeros que viven en Argelia, quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recordaran que mi vida estaba entregada a Dios y a este país. Que ellos aceptasen que el único Señor de toda vida no podía ser ajeno a esta partida brutal. Recen por mí. ¿Cómo podría yo ser digno de esta ofrenda? Ojalá sepan asociar esta muerte a muchas otras igualmente violentas, abandonadas a la indiferencia del anonimato. Mi vida no tiene más valor que otra. Tampoco vale menos. De todos modos, no tengo la inocencia de la infancia. He vivido lo suficiente como para saber que soy cómplice del mal que, desgraciadamente, parece prevalecer en el mundo, y también del que podría golpearme ciegamente.
Cuando llegue el momento quisiera tener ese instante de lucidez que me permitiese pedir perdón a Dios y a mis hermanos de toda la humanidad y, al mismo tiempo, perdonar de todo corazón a quien me hubiese golpeado. No podría desear una muerte mejor. Me parece importante declararlo. En efecto, no sé cómo podría alegrarme del hecho de que el pueblo al que amo sea acusado indiscriminadamente de mi asesinato. Sería un precio demasiado alto para la que, quizá, sería llamada “gracia del martirio”, que se debe a un argelino, quien quiera que sea, sobre todo si dice actuar en fidelidad a su grupo que se supone es el Islam.
Conozco el desprecio con el cuál se ha llegado a tachar a los argelinos globalmente. Conozco qué caricaturas del Islam promueve cierto islamismo. Es demasiado fácil tranquilizar la conciencia identificando este camino religioso con el integrismo de sus extremistas.
Argelia y el Islam, para mí, son otra cosa: son un cuerpo y un alma. Lo he proclamado bastante, al menos eso creo, sobre la base de todo lo que he aprendido y visto, volviendo a encontrar tan a menudo el hilo conductor del Evangelio, aprendido sobre las rodillas de mi madre, en mi primera Iglesia inicial, justamente en Argelia, y ya entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes. Evidentemente, mi muerte parecerá dar razón a aquellos que me han tratado de ingenuo o idealista: “¡Que diga ahora lo que piensa!”. Pero todos ellos deben saber que por fin quedará satisfecha la curiosidad que más me atormenta.
Y así podré, si Dios lo quiere, sumergir mi mirada en la del Padre, para contemplar junto con Él a sus hijos del Islam, así como Él los ve iluminados por la gloria de Cristo, fruto de su Pasión, inundados por el don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre el de establecer la comunión y también restablecer la semejanza jugando con las diferencias. De esta vida perdida, totalmente mía, y totalmente de ellos, yo doy gracias a Dios porque parece haberla querido por entero para esta alegría, por encima de todo y a pesar de todo. En este gracias en el que ya está dicho todo sobre mi vida, los incluyo a ustedes, de ayer y de hoy, y a ustedes amigos de aquí, junto a mi madre, a mi padre, a mis hermanas y a mis hermanos, al céntuplo, ¡de acuerdo como fue prometido! Y también a ti, amigo del último instante, que no sabías lo que hacías.
Sí, también a ti quiero dar las gracias y este “a-Dios” en cuyo rostro te contemplo. Y que sirva para encontrarnos, como “buenos ladrones” colmados de gozo en el Paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, de ambos. ¡Amén!, ¡Inch Allah!
Testamento de Frère Christian

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