En presencia de Jesús, vamos recorriendo los senderos de la vida con alegría desbordante, con esperanza serena, creciendo en la libertad que nos hace vivir con anchura desde lo más profundo de nuestro ser.
Dejamos ir la culpa neurótica que vemos desvanecerse y dejamos venir nuestra verdad que nos permite amar, crear vínculos afectivos, llenar de nombres concretos el corazón y expresar el cariño con gestos humanos de ternura.
La comprensión lúcida de nuestra identidad, de quiénes somos, nos empuja a ser peregrinos de esperanza, haciendo el bien, sembrando gestos de bondad a nuestro paso. Y, así, pasamos de vivir ante Dios, a vivir con Dios y para Él. El rumbo de nuestra vida queda definitivamente orientado a vivir para nuestros hermanos.
En ello estamos, día tras día, llenos de agradecimiento, recogiendo el admirable testigo de los hermanos que nos han precedido.





