Amanecen a la vida eterna

Recordamos hoy de una manera especial a los difuntos, uniéndonos a toda la Iglesia en oración por ellos. En esta celebración expresamos, desde la fe, la certeza de que ni el mal ni la muerte tienen la última palabra. La última palabra es la acción amorosa de Dios Padre que resucitó a Jesús de entre los muertos, que siempre está presente -aunque a veces parezca escondido o ausente- y que también nos resucitará a nosotros en el último día.

Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. Vivimos en una sociedad donde la muerte es enmascarada, maquillada, ocultada, confinada a tanatorios asépticos; una sociedad donde cada vez se toleran peor las limitaciones de la enfermedad, de la vejez y del propio transcurrir de la vida; donde se venden soluciones rápidas para huir de cualquier malestar que nos afecte o cualquier frustración que se interponga entre nosotros y nuestros deseos.

Pero la muerte nos acompaña, no podemos escapar a ella. Tarde o temprano, va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. Nos recuerda todas las cosas importantes que tenemos en la vida y también que puede llegar a cada momento; de esta manera se nos hace mucho más fácil perdonar, olvidar, darnos cuenta de tantas cosas banales que nos hacen desperdiciar nuestra vida,

La muerte nos recuerda lo tremendamente importantes que son determinadas personas para nosotros y cómo creemos que no podríamos vivir sin ellas ¿Cómo reaccionar ante la muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Qué hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos familiares y amigos?

A todos nosotros, nos toca hacernos la vida más llevadera, más fácil; comprometernos a querernos desde lo que somos y quienes somos, sin intentar que los demás se amolden a nuestros gustos y querencias. Al final, nos vamos a ir solos, en silencio. Nos tocará un día atravesar el túnel que nos dejará en otra tierra desconocida y que tanto miedo nos da. La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de Dios. ¿Cómo relacionarnos con él? Por eso, es ahora cuando nos tenemos que dar la mano para ayudarnos a recorrer nuestro camino y nuestro proyecto de vida.

Confiando en Cristo resucitado, acompañamos a nuestros difuntos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Para un hijo, para una hija de Dios, la muerte significa la entrada en la experiencia íntima de sentirnos plenamente amados y, por tanto, de poder amar sin barreras. Este es el misterio de la muerte porque en él se nos desvela el verdadero sentido de la vida. En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de confianza: ´En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido. Por Cristo, muerto y resucitado, los hijos de la luz amanecen a la vida eterna y atraviesan los umbrales del Reino de los cielos´.

Aunque nuestros días sean oscuros y nuestras noches más tenebrosas que mil medias noches, queremos pensar siempre en que en el mundo hay una gran fuerza que bendice, y que se llama Dios. Dios puede abrir caminos de un callejón sin salida. Quiero transformar el ayer oscuro en un claro mañana; últimamente en la mañana luminosa de la eternidad (Martin Luther King)