Conmoverse en las entrañas

Jesús es un hombre compasivo, que muestra a un Dios Compasión y que, en consecuencia, invita a vivir desde esa misma actitud. Hasta tal punto es algo que identifica a Jesús, que los evangelios han reservado una palabra para aplicarla exclusivamente a él y a personajes de sus parábolas (el samaritano, el padre del hijo pródigo, el rey que perdona una ingente suma a su siervo): “splagchinozamai”, que habría que traducir literalmente como “conmoverse en las entrañas”.

Expresión de fraternidad y vivida como servicio, la compasión es la capacidad de situarse en el lugar del otro, sentir y sufrir con él. Es probablemente el máximo signo de madurez humana y todas las tradiciones espirituales lo reconocen así. En el budismo, especialmente, se afirma que, mientras alguien no sea capaz de ponerse en el lugar de los demás, no podrá alcanzar la iluminación.

Si la compasión constituye el nervio del evangelio, no tiene que resultar extraño que las denuncias más fuertes vayan dirigidas contra la indiferencia. Es el caso de la parábola del “juicio final” (evangelio de Mateo 25,31-46), en la que el criterio determinante no es ante todo la violencia que hizo daño a otros, sino la indiferencia que nos lleva a desentendernos del necesitado. Mientras que el bien se enjuicia por lo que cada uno hizo, el mal se valora en función de lo que cada cual dejó de hacer: “Tuve hambre y no me disteis de comer…”. Ocurre lo mismo en la parábola del “buen samaritano” (evangelio de Lucas 10,30-37), en la que la indiferencia queda retratada en la actitud del sacerdote y del levita, que no hacen daño a nadie…, pero “dieron un rodeo y pasaron de largo”. Y esa misma denuncia vuelve a aparecer en la parábola que hoy comentamos.

La clave de comprensión de la misma quizás la encontremos en la expresión “abismo inmenso”. Un abismo que, aunque Lucas lo refleje en el más allá de la muerte, había sido creado exclusivamente por la indiferencia del rico. No había hecho daño; sencillamente, no había visto al necesitado. Es ese “no ver” –la indiferencia de “ojos que no ven, corazón que no siente”- el que crea un abismo insalvable en nuestras relaciones personales, en nuestros países y en nuestro mundo.

La parábola, por otra parte, destila ironía –hemos tendido a olvidar el humor y la ironía de Jesús- por los cuatro costados. Para empezar, el rico aparece innominado –no tener nombre en aquella cultura era prácticamente sinónimo de no existir; a veces, se le designa como “Epulón”, pero ése es un adjetivo, popularizado por la predicación, que arranca de la costumbre romana de los “épulos” o banquetes; “epulón” era el encargado de dirigirlos-; el pobre, por el contrario, se llama Lázaro (o Eleazar: “Dios ayuda”).

A su muerte, el mendigo “es llevado por los ángeles al seno de Abraham”; el rico, por el contrario, “se murió y lo enterraron”. La indiferencia no pervive.

Lo que se produce con la muerte es una completa inversión de papeles. Se trata de un planteamiento muy propio de Lucas. Ya cuando relató las Bienaventuranzas (6,20-26), al mensaje de dicha (“Felices vosotros los pobres…”), le añadió una severa advertencia (“En cambio, ¡ay de vosotros los ricos…!”).

Lo que esa imagen del abismo viene a revelar es la fractura que produce constantemente nuestra indiferencia, a la que, sin embargo, no solemos prestar atención. Contra ella, advertía Martin Luther King: “Cuando reflexionemos sobre nuestro siglo XX, no nos parecerán lo más grave las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas”.

¿Por qué caemos tan fácilmente en la indiferencia? La indiferencia ante los otros y ante el mundo esconde, indudablemente, una mayor o menor insensibilidad. Una sensibilidad bloqueada o endurecida recluye a la persona en un caparazón egocéntrico y la instala en una actitud indiferente –la opuesta a la compasión-, que está en el origen de las injusticias que vemos a diario en nuestro mundo.

Decía más arriba que la compasión es el signo más claro de madurez humana. La indiferencia denota nuestra inmadurez. Porque parece necesario aclarar que la compasión –como ocurre en tantas cosas de la vida- no la vive quien quiere, sino quien puede.

La vivencia de la compasión requiere una sensibilidad limpia y una afectividad liberada. Tanto el endurecimiento (o la congelación) de la sensibilidad como el bloqueo afectivo impiden sentir-con-los-otros. Es lo que ocurre en el caso del narcisismo: por carencias afectivas no resueltas, la persona ha quedado encapsulada en su propio caparazón protector y no ve a los otros sino en tanto en cuanto los necesita, viviéndolos –de un modo inconsciente en la mayoría de los casos- como si fueran “objetos” a su servicio.

Cada vez vemos más claramente que, en su comienzo biológico, el ser humano es pura necesidad y, por tanto, vulnerabilidad. Cuando el niño recibe una respuesta adecuada a esa necesidad de ser amado y reconocido, empieza a abrirse su capacidad de amar. Pero cuando aquella respuesta no se da, el niño, en un instintivo mecanismo de defensa, se encierra en una capa de protección, en la que su capacidad de amar queda bloqueada.

La conclusión de todo ello parece clara. Para vivir la compasión, necesitamos, antes que nada, poder vibrar. La no vibración ante los otros, aparte de síntoma de una sensibilidad rígida o congelada, hace imposible la compasión. Necesitamos restablecer el contacto con nuestro cuerpo y con nuestros sentimientos, porque sólo si despierta nuestra capacidad de sentir, podremos después sentir-con-los-otros, es decir, experimentar compasión.

Paralelamente, necesitaremos desbloquear nuestro afecto, conectando voluntariamente con nuestra capacidad de amor hacia nosotros mismos y hacia los demás. Sólo quien es capaz de sentir compasión de sí mismo –“al final tuve compasión de mí”, dice Francisco de Asís para salir de su depresión, en el maravilloso relato de Eloi Leclerc, “Sabiduría de un pobre”-, puede sentir fácilmente compasión hacia los demás.

Enrique Martínez Lozano