María, nos acerca a la faceta femenina y al rostro maternal de Dios. En la historia de los creyentes ha suplido con creces la carencia amorosa de un Dios exigente e implacable. La hemos sentido siempre a nuestro lado, de nuestra parte, cuando al Dios lejano de los perfectos había que rendirle pleitesía de siervos atemorizados. Hemos recibido de ella el consuelo y el descanso en nuestras tribulaciones -esta suerte tan común de nuestra vida a ras de tierra que, por indigna, debíamos ocultar a los ojos del Dios Santo e inaccesible-.
Sin su presencia, sin su cercanía, sin esta religiosidad tejida de innumerables devociones -muchas de ellas, por qué no reconocerlo, al borde de la superstición muy a nuestro pesar- hubiéramos tirado la toalla una y otra vez, engullidos por el cansancio y la culpabilidad. Todo esto es más que suficiente como para reconocer a María el lugar singular que se ha ganado en la fe del pueblo creyente. Por todo ello, en nuestra indigencia, le estamos infinitamente agradecidos.
Ella ha cumplido, y todavía realiza hoy esta función de proximidad entrañable entre Dios y el hombre. Y sin embargo, con todo ello, apenas nos aproximamos al lugar esencial que ocupa en la historia de la salvación. María se encuentra tan de lleno en la misma raíz del misterio de la Encarnación, que sin su concepción inmaculada no existiría el admirable intercambio, el ya indestructible desposorio de Dios con el hombre. En este beso para siempre entre el Creador y su criatura ella fue, es, y será imprescindible.
María es el seno de Dios, el recipiente humano que concibe la plenitud de la divinidad, la vacuidad que el todo precisa para manifestarse, ese ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.
La gracia nos está esperando a nosotros, lo mismo que a María, para llamarnos a acoger las posibilidades inéditas que el Dios de lo no-conocido puede crear en sus hijos. “Si este pueblo juzga algo imposible, ¿tendré que juzgarlo yo también imposible?, dice el Señor” (Za 8,6).
Si nos rendimos ante El, irrumpirá en nuestra vida un viento capaz de arrastrarnos más allá de nuestra nostalgia por lo irremediable, de nuestras inútiles lamentaciones por lo que dejamos atrás o perdimos, para conducirnos al asombro ante lo que aún está por nacer en nosotros. Porque, como dice el Maestro Eckhart, “el propósito principal de Dios es dar vida y no está satisfecho hasta que no engendre a su Hijo en nosotros. Y tampoco el alma está nunca satisfecha hasta que el Hijo nazca en ella”.
Tú eres, María, el desierto convertido en vergel, la tierra sedienta empapada para germinar, la pobreza radical preñada de riqueza, la soledad sonora, el cristal sobrio y transparente que se deja atravesar por el mismo Sol. Serás para siempre: desierto, tierra sedienta, pobreza radical, soledad, y cristal sobrio y transparente. Silencio… Palabra. Vacío, nada… y Todo. Y siempre llevarás en tu seno y darás a luz al vergel, a la tierra empapada y fecunda, a la riqueza desbordante, la transparencia del Sol.
Concepción inmaculada, corazón puro, transfigurado, poseído por Dios. María, apertura total, disponibilidad incondicional. María, madre de gracia, madre de misericordia que en tu virginidad te solidarizas entrañable y amorosamente con la ausencia de gracia y con la miseria más abyecta del ser humano. Gracias por tu concepción inmaculada presente e indestructible entre nosotros, en cada corazón humano, en medio de la humanidad entera, origen de una manera nueva y distinta de vivir.





