Dedicación del oratorio

Toda realidad es una teofanía, es de­cir, una manifestación de Dios. Nuestros santos consideraron todas las cosas como reveladoras de la presencia de Dios. Todas las cosas y todos los acontecimientos son para los santos sacramentos que esconden y revelan a Dios. Ellos saben que nada sucede por casualidad en el mundo. No hay nada que se escape a la mano omniabarcante y al ojo omnipresente de Dios. La realidad es el templo de Dios. Encontramos al Señor cuando le reconocemos y le adoramos con todo el corazón en cualquier episodio triste o alegre, oscuro o luminoso, áspero o suave, de la vida. En esta apertura y adhesión confiada a la voluntad de Dios consiste la misma esencia del amor y el secreto de la santidad.

Lo que Dios quiere se manifiesta tanto en las cosas que están en nuestro poder como en las que tienen lugar por encima de nuestra voluntad. En las cosas que están en nuestro poder y dependen de no­sotros, la vo­luntad de Dios se nos manifiesta a cada instante por medio de lo que debemos hacer en el momento presente. En lo que no depende de noso­tros, nuestra adhesión de amor a la voluntad de Dios genera una actitud de aceptación serena y amorosa de cuanto sucede, en un activo y dinámico abandono a la divina Pro­videncia. En todas las circunstancias que constituyen el tejido de nuestra existencia cotidiana, la vida de los santos es una oración continua, un culto existencial en una constante adhesión de amor a la volun­tad de Dios, a través de lo que sucede y a través de lo que debemos hacer.

Pero hay otra presencia de Dios que constituye nuestro gran reto: encontrar al Señor en nuestros hermanos. Nuestro Dios se ha “corporeizado”. Dios posee un rostro humano. De ese modo puede liberarnos del enorme peligro que posee la experiencia religiosa de convertirse en un lugar privilegiado para el surgimiento de todo tipo de fantasías ­en las que la alteridad, el otro, aunque se piense lo contrario, puede quedar perfectamente difuminado y confundido con la propia realidad ignorada.

Es un Dios encarnado el de nuestra fe. Un Dios que sale al encuentro bajo los modos en los que los seres humanos pueden encontrarse. Y un Dios, además, que sale al paso para manifestarnos que Él mismo es también alguien que busca una alteridad, porque no es un Dios ensimismado, no es un absoluto impasible y encerrado en un “para sí”, sino que, esencialmente, es un Dios relación que busca, persigue y goza el encuentro con el otro.

Hemos escuchado que Pablo decía a los corintios: Hermanos: Sois edificio de Dios… ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el espíritu de Dios habita en vosotros?… el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. Y nosotros somos pobres. Estamos rodeados por todas partes de pobres, porque todos somos pobres. Y si no, miremos lo que hay entre nosotros: somos hombres que llevamos una herida de amor en las entrañas. Y aquí estamos día tras día y año tras año para establecer unas relaciones de amor, basadas en el perdón, el respeto y la aceptación mutuas, al tiempo que no cejamos en la tarea de sanar las propias heridas, siendo los que somos.

Por eso, a pesar de todos los pesares, seríamos imperdonablemente insensibles si no reconocemos el milagro cotidiano del Amor de Dios que nos reúne y que nos lleva a exclamar y proclamar a viva voz: Ved qué dulzura qué delicia convivir los hermanos unidos… Qué menos que estar agradecidos conscientes de la cruda y difícil realidad que les ha caído en suerte a la mayor parte de la población mundial, con los enormes fracasos y frustraciones en el ámbito de las relaciones interpersonales y familiares.

En este aniversario de la Consagración del altar y Bendición de nuestro oratorio me gustaría concluir, delante de Santa María, Regla de los Monjes, con una bendición y una acción de gracias por cada uno de los hermanos presentes y ausentes, de los hermanos difuntos, y de todos los que a lo largo de estos años -que ya son 38- han compartido la oración en este lugar. Nosotros somos las piedras vivas de este templo espiritual. Es dentro de nosotros donde está la música, la llave de la concordia y la semilla de la creatividad, para que nuestras celebraciones sean signo de alegría y agradecimiento por la presencia de Jesús en medio de nosotros.