Donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón

En el relato evangélico correspondiente al domingo XIX del T.O., escuchamos algo así como dos imperativos: No temas, pequeño rebaño. Dichosos los que estén preparados, que es como decir, ¡Estad preparados!                                      

El primero se refiere al pequeño e incipiente grupo de discípulos. Como todo seguidor de Jesús, el grupito está expuesto (y reflejado) en la primera bienaventuranza de las ocho clásicas: Por mi nombre, habréis de tener, como Yo, persecuciones: ¡Ojo! no temáis, que vuestro es el Reino de los cielos.

El segundo se refiere a la vigilancia en la espera del Señor. Vigilar es tener el ojo avizor en algo o a alguien: Lo custodiado es tenido en cuenta porque es valioso. Un tesoro, ciertamente, no lo perdemos de vista. Si está en futuro, hace al presente en la medida en que está repercutiendo en él, es decir, en la medida en que se lo está preparando y esperando activamente. La espera del Señor es ya una cierta presencia del mismo, anunciada, preparada y acondicionada, gustosa y esmeradamente

Atesorad tesoros ¨en el cielo¨…, es decir, en situación bien segura: Sin peligro de robos. Sin inclemencia de tiempo ni deterioro a causa de la herrumbre o el roer de la polilla, que acaba con la ropa y la madera.

Se valora algo, subjetiva y objetivamente: Puede valer mucho en sí, puede haberme costado mucho personalmente. Puede significar tantísimo para mí, sea por lo que me aporta, sea por ser un regalo de persona significativa.

Al ser ¨valorado¨, lo custodio cuidadosamente No quiero perderlo. El cuidado vigilante revela el aprecio en que lo tengo.

También revela si lo estoy convirtiendo, o no, en ídolo. Lo estoy idolatrando, en efecto, si su pérdida me produce tristeza excesiva. Señal ésta de que le estoy dando el corazón y de que el ídolo me lo va ¨robando¨. Por eso, la Escritura es tan crítica con las riquezas, no por ellas mismas sino por los idólatras eventuales, que podemos ser nosotros mismos convirtiéndonos en sus primeras víctimas. Renunciar a lo que pueda robarme el corazón implica mantenerlo des-prendido a la hora de valorar mis bienes y mis cualidades, y a la hora de adherirme a ellos.

Poseo lo que me posee… Cuando algo me moviliza y me mantiene feliz y en libertad, significa que me llena. Digamos que me posee, no son cosas que tengo y mantengo, sino que me impulsan y permiten ¨dejarme llevar¨ desde dentro. Digamos que soy poseído por ellas y las poseo verdaderamente. No con las manos, no con mis deseos, sino con mi entrega personal y enriquecedora.

El Señor está al llegar: Bienaventurado el siervo por su espera vigilante. El amo mismo lo invitará a la mesa señorial y se pondrá a servirle, de modo inaudito, cambiando, así, el servicio en comunión doméstica y dignificante.

NO IMPORTA TANTO A QUÉ HORA LLEGARÁ EL AMO IMPORTA, MÁS BIEN, QUE SE LO ESTÉ ESPERADO ACTIVAMENTE