El Bautismo de Jesús

Con la fiesta del Bautismo de Señor que hoy celebramos, concluimos, por una parte, el ciclo litúrgico de la Navidad y, por otra, comenzamos el tiempo litúrgico llamado Ordinario.

Este acontecimiento de la vida de Jesús sigue cuestionándonos, ¿por qué se hizo bautizar Jesús? Sabemos que Juan predicaba un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados. Sin embargo, Jesús declaraba que el Padre y yo somos una sola cosa. ¿Cómo pudo entonces aceptar y pedir que lo confundieran con los pecadores para ser purificado de unas faltas que no había cometido?

Sinceramente no podríamos responder que fue por humildad. La humildad no tiene nada que ver con esta decisión sorprendente, porque la humildad es verdad, es reconocimiento de nuestra condición real, y no mentira o simulación. La humildad no consiste en cargarse con defectos imaginarios, como tampoco consiste en apropiarse da cualidades falsas. Los santos se sienten pecadores, y hasta grandes pecadores, no por una exageración que pudiera llamarse virtuosa, sino porque su proximidad a Dios ilumina sus faltas con una luz deslumbradora, mientras que las nuestras nos hacen ciegos ante Dios y endurecen nuestra conciencia.

Jesús se solidariza con los pecadores, hace causa común con ellos, se mezcla en sus reuniones, se somete a sus ritos de iniciación, se agrega a su comunidad. Jesús no hizo como si fuera pecador y como si nosotros no lo fuéramos. Vino sencillamente a vivir una vida humana, para amar en todas las condiciones en que nosotros no sabemos amar: en el sufrimiento, en la injusticia, en la marginación, en la humillación.

No hay más que un pecado: el de no amar. Jesús amó siempre, en todas partes, en todas las circunstancias. Nos amó en aquel bautismo en el que cargó con nuestras culpas, esto es, en el que manifestó su decisión de ocuparse de nosotros, de enseñarnos amar como él. Jesús no se confesó de unas faltas que no había cometido, pero participó plenamente en aquel movimiento de preparación y de acogida a la misericordia de Dios que él anunciaba y que debería realizar.

Así pues, no podemos comprender la expresión quitar los pecados como si fuese una operación quirúrgica, arbitraria, simplista, algo así como: “quítate de allí para que me ponga yo”. Jesús es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no por medio de un escamoteo divino, sino enseñándonos a amar como él ama, a servir como él sirve y a perdonar como él perdona.

Lo más maravilloso que él hizo fue ir a buscar a los pecadores donde estaban, en sus agrupaciones sospechosas y en sus manifestaciones mal vistas por las autoridades. Jesús no se juntó con los justos de su época, que se llamaban fariseos, esto es, separados; no aguardó a que vinieran a él los que estaban perdidos. Se fue a buscarlos, a estar con ellos, a ponerse entre ellos; se dejó tratar como uno de ellos; pero irradió una misericordia, una alegría, una esperanza inédita, que transformaron radicalmente a sus amigos y compañeros.

Y fue ante esa muchedumbre de pecadores ante los que se abrió el cielo. Sobre aquella humanidad digna de lástima, se manifestó el Espíritu Santo. Y creo que hoy podríamos quedarnos con este hecho: que, en medio de los publicanos, de los pecadores, de las prostitutas, es como Dios manifiesta y señala a su Hijo muy amado en el que ha puesto todas sus complacencias.