Meditar: dejar que la Palabra nos visite,
dejar que nos inunde y nos invada y nos hiera incluso;
permitir que la presencia de la Palabra ilumine la penumbra de nuestra casa, que es el corazón, y nos libere de toda crispación.
Meditar: dejar que la Palabra tome posesión de esta casa nuestra, no como forastera y extraña. Por eso a veces se acerca recelosa, vacilante y como huésped.
Invitarla, a la Palabra, a que entre y se quede con nosotros, esa Palabra única que da gusto, «gustar y saborear».
Meditar, a la par, es iniciar una partida.
Esa palabra es cada uno de nosotros.
Esa palabra eres tú mismo.
Tú eres Jesús, esa Palabra, que suena una y otra vez con el empeño incansable de entrar y permanecer e el corazón.
El camino y la puerta de la Palabra es el silencio.
Deja que entre. La suerte ya está echada.
José F. Moratiel, (La cosecha del Silencio)





