El Nacimiento de la Luz

En el evangelio de hoy se habla como de dos polos: por un lado, de la Palabra y, por otro, del que pronuncia la palabra, Dios. Esta palabra estaba con Dios en un principio, igual que toda palabra está al principio con el que la pronuncia. Forman un conjunto, no se les puede separar. El Principio Originario, que llamamos Padre, se vuelve visible en la Palabra, es más, se presta incluso a ser experimentado en su Palabra.

También podemos decir que el Creador y la criatura son inseparables. Donde hay un creador, allí está la criatura. Donde hay un padre, allí está el hijo. Ambos forman un conjunto, como la fuente y el río. La fuente no es el río, y el río no es la fuente. La fuente ha generado el río. Podemos distinguir entre los dos, pero solamente pueden darse juntos. Donde hay una fuente, allí también hay un río. No tiene sentido hablar de una fuente que no vierta sus aguas a un río, y viceversa. El río no es el origen, pero su agua es la misma. El hijo no es el padre, pero es de la misma naturaleza. La creación no es el Principio Originario, pero tiene la misma naturaleza, igual que el agua de la fuente y la del río, tienen la misma naturaleza.

Esa fuente, que es Dios, rebosa en cada instante. Se vierte en el río de las formas creadas. Dios ha alumbrado a su “hijo eterno” no solamente una vez y para siempre, lo alumbra ininterrumpidamente. Dice el maestro Eckhart: el Padre engendra a su Hijo sin cesar, es más: me engendra a mí como su hijo y como el mismo Hijo.

Dios no puede existir sin su creación. No puede haber palabra sin alguien que la pronuncie. No existe Dios sin mundo; Dios y la creación coexisten. Dios y nosotros coexistimos. Se trata solamente de dos aspectos de la misma forma de ser: Padre e Hijo.

Hoy ha nacido el Salvador. No en el pasado, ni hace mucho tiempo. Escribe Angelus Silesius que, aunque Cristo naciera mil veces en Belén y no en ti, estarías perdido por siempre jamás. La Navidad no es, pues, el aniversario de un suceso que tuvo lugar hace dos mil veinticinco años, sino un proceso que debe tener lugar en nosotros una y otra vez.

La Navidad no se celebra en una fecha cualquiera, sino en la elegida desde siempre por su contenido simbólico. En Navidad el sol alcanza su punto más bajo, la noche es más larga y el día más corto. El sol es un símbolo de la luz, pero la luz en esa fecha está debilitada. Las potencias oscuras amenazan esa luz. Con ello, el mal ha alcanzado su punto más alto. Pero en el punto más bajo de la luz ocurre la transformación. La oscuridad no puede ocultar eternamente la luz. Ésta vuelve a desplegarse y nuevamente comienza su marcha triunfal.

Exteriormente, vivimos este proceso desde tiempos inmemoriales. Es la lucha entre la oscuridad y la luz. Pero la luz vence, pues el “sol invictus” comienza de nuevo su marcha triunfal. Por eso, el cristianismo conmemora en ese día el nacimiento de Jesús. La Navidad es una invitación a un renacimiento en el espíritu: el nacimiento de la luz. Ese nacimiento puede ocurrir solamente cuando ha oscurecido, cuando nos protegemos del mundo exterior, y los valores externos se tornan insípidos, porque el desierto desempeña un papel importante en nuestro camino. La Navidad puede ocurrir solamente cuando ha terminado un proceso de muerte. Mientras la persona esté teniendo éxito y se realice según su ego, aún no le ha llegado el tiempo de alumbrar la luz interior. Para ello hay que cuestionar muchas cosas; la postura fundamental de nuestra vida tiene que ser sacudida.

El Hijo quiere renacer todos los años en el corazón de los seres humanos, pero es difícil encontrar una posada, pues todas están ocupadas. En nuestro corazón no hay sitio porque nuestro ego tiene muchos deseos, tiene tantos invitados que lo único verdadero no encuentra sitio. El nacimiento tiene lugar en el establo, que en el fondo es una cueva. Está bajo tierra, allí donde la oscuridad es mayor.

El establo es una ruina. En ella entra el viento, el frío y los temporales. Podemos retirarnos a la posada –a la casa en buen estado-, porque en ella cerramos la puerta y nos encerramos entre cuatro paredes. Pero esa casa tiene que derrumbarse, tiene que ponerse en duda, tiene que volverse permeable, tiene que destruirse. Su torre debe derrumbarse. Por lo tanto, tenemos que volvernos establo en el que pueda nacer el Hijo del hombre.

Lo mismo que Jesús, nosotros no vivimos nuestra vida, sino la vida de Dios. La revelación del Salvador no es un suceso único y estático, que tuvo lugar en Jesús, no es un punto final que no permita ya ninguna posibilidad. Es más bien un suceso interminable que se lleva a cabo hoy igual que hace 2025 años.

Hoy ha nacido de María el Salvador del mundo: Descubrid la luz en la lámpara de barro, al sol en la nube, a Dios en el hombre, al esplendor de la gloria y al candor de la luz eterna en el vaso de tierra de vuestra carne(Guerrico de Igny, Epf 2,1)