Jesús es el Buen Samaritano, el que se compadece de la debilidad humana, el que apuesta y da la vida por los enfermos, pecadores, prostitutas y publicanos. Jesús es el Misericordioso, el que devuelve la dignidad a lo más abyecto de la sociedad de su época. La misericordia genera agradecimiento y fiesta, produce una fraternidad agradecida. Perdona las ofensas, y no lleva cuentas del mal; disculpa siempre. La misericordia es tolerante, respeta la diferencia y es capaz de crear comunión porque se fija en lo que une, en lo que es común, más que en aquello que separa y divide.
La fraternidad se construye desde la misericordia. La misericordia es el amor, que brota de las mismísimas entrañas, que ama incluso la miseria. Es un amor que, no sólo ama lo bello, sino también lo feo. Es el amor que ama a cada persona, con sus cosas buenas y sus cosas menos buenas. Es el amor que va más allá de las apariencias, que mira al corazón, y en el corazón del otro descubre que está hecho a imagen y semejanza de Dios. Es capaz de traspasar lo feo, lo limitado, lo no amable del otro, y fijarse que, al igual que él mismo, es un ser único e irrepetible, amado por Dios.
Si no se da un amor así, es imposible que exista fraternidad porque, tarde o temprano, uno va a encontrarse con la no amabilidad del otro. Este amor sólo puede practicarlo quien ha experimentado la misericordia en propia carne; aquél que se ha sentido amado cuando no merecía serlo y no era digno de serlo. Un amor así, el amor misericordioso, le ha devuelto su dignidad de hijo de Dios. Por eso, la misericordia iguala al devolver al otro la dignidad perdida.
Nuestra vida en el amor, pasa por el desierto, por una larga peregrinación, por ese descenso a los subsuelos de nuestra existencia, por esa pérdida de ingenuidad gracias a la cual podemos ir construyendo, o mejor, Dios puede ir construyendo en nosotros esa nueva inocencia de quien está anclado en la Misericordia de Dios. Un amor fundamentado en los buenos sentimientos, por supuesto, pero que no se queda solamente en ellos. Es un amor que supone una honda transformación interna de valores, convicciones, y también externa de conductas y actitudes, que da visibilidad a los demás y en el que se nos revela quien es nuestro prójimo.
Cuando, a la luz del amor de Dios, nos topamos de frente con nuestra enfermedad, con nuestra poca firmeza en el amor, se desatan las lágrimas de la compunción que deshacen el corazón duro al conocer la misericordia y la ternura infinita de Dios. Descubrimos, asombrados, que el poder de Dios Todopoderoso no es el poder de la magia, sino el poder del amor misericordioso. Dios nos ama incondicionalmente y, gracias a su amor gratuito, aprendemos a amar, incondicionalmente, a nosotros mismos y a los demás. La perfección de Dios y, por tanto, nuestra perfección, no es la impecabilidad sino la misericordia.
En cierta ocasión escuché a un viejo, razonable, bueno, perfecto y santo hermano decir:
Si oyes la llamada del Espíritu, escúchala y trata de ser santo con toda tu alma, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas.
Pero si, por humana debilidad, no consigues ser santo, procura entonces ser perfecto con toda tu alma, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas.
Si, a pesar de todo, no consigues ser perfecto, por culpa de la vanidad de tu vida, intenta entonces ser bueno con toda tu alma, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas.
Si, con todo, no consigues ser bueno, debido a las insidias del Maligno, trata entonces de ser razonable con toda tu alma, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas.
Si, al final, no consigues ser santo, ni perfecto, ni bueno, ni razonable, a causa del peso de tus pecados, procura entonces llevar esta carga delante de Dios y entrega tu vida a la divina misericordia.
Si haces esto sin amargura, con toda humildad y con jovialidad de espíritu, movido por la ternura de Dios, que ama a los ingratos y a los malos, entonces comenzarás a sentir qué es ser razonable, aprenderás en qué consiste ser bueno, lentamente aspirarás a ser perfecto y, por fin, suspirarás por ser santo.
Si haces esto día a día, con toda tu alma, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas, entonces, hermano, te aseguro que estarás en el camino del amor misericordioso y no te hallarás lejos Reino de Dios.





