El que se humilla será enaltecido

Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos. Fue para comer. Por tanto, fue como invitado. Había muchos y selectos invitados fariseos, ¨importantes¨, diríamos, porque el que lo invitó era de los principales fariseos. Y aquellos buenos fariseos ¨buscaban¨ los primeros puestos, de acuerdo a su alta autoestima.

Ellos lo observaban… y Jesús también advertía lo que hacían. Como suele decirse: el vigilante es vigilado. Trata, ciertamente, de no perder de vista a ninguno, pero todos la tienen puesta en él para no faltar y, de cometer alguna falta, para que no se entere. 

Fijaos… Si buscáis los primeros puestos: Qué vergüenza y bochorno. Si hay alguien de puesto preferente, corréis el riesgo de bajar de un primer puesto al último, dado que los demás estarán ya ocupados y no es el caso de ir removiendo a todos. Por el contrario, si tú procuras ir, más bien, a puestos inferiores, quedarás bien parado, porque te dirán: ¨Amigo, sube más arriba…¨

Los invitados eran, al parecer, del círculo de amigos o allegados, los bien conocidos que nos pueden remunerar. Estamos en el obligado tema de la reciprocidad. ¨Hoy por mí, mañana por ti¨. Jesús, en cambio, abre el círculo de invitados hasta la gratuidad …, es decir, hasta aquellos que no pueden pagarte. Con ello, estamos abiertos a la gratificación del cielo en el día sin final. Te pagarán: serás pagado, dicho como en pasiva sin decir por quién. Es la ¨pasiva¨ de Dios¨ realizada más allá del tiempo y por toda la eternidad.

Este relato evangélico, más que alegoría, es narración parabólica. En ella, no se busca el significado de cada pormenor o detalle, sino el del conjunto. Lo demás es ornato narrativo. La lección del conjunto es la apertura cordial a todos los hombres. Esta y su acción no quedarán sin remuneración.

La remuneración y la fuerza de las motivaciones. San Bernardo afirma que, en realidad, lo que amamos son las causas, las motivaciones. Si decimos: ¨Te amo porque me caes bien, porque me haces feliz, por el Cielo al que me encamino y al que aspiro¨. Estamos amando primordialmente: El gusto que experimento, la felicidad que siento, el Cielo, al que aspiro.

Entonces, ¿por qué amar a Dios?: Por Él mismo. El cuarto grado del amor según San Bernardo en el De Diligendo Deo Es imperioso amar a Dios¨) podríamos expresarlo así: Amarme a mí mismo, porque Dios me ama y al estilo con que me ama. La motivación es lo que amo, motivación que me trasciende y me configura.

AMOR PURO A DIOS -como el vino- AMOR SIN MEZCLA DE MOTIVACIONES ESPÚREAS o, mejor, AMOR ORDENADO EN SUS MOTIVACIONES