Pentecostés – 8 de junio de 2025
“El que tenga sed, que venga a mí y beba”. (Jn. 7,37)
Me ocurre con cierta frecuencia que no siento la sed. Hablo de un nivel físico. Mi cuerpo no me da señales o yo no sé interpretarlas. Y es cuando bebo, un buen vaso de agua fresca, por ejemplo, que pienso: ¡Qué sed tenía!
Pienso que esto que a mí me ocurre en el nivel físico es una buena metáfora de lo que les ocurre a muchos de nuestros contemporáneos en el nivel espiritual. Entretenidos en saciar la sed de mil y una cosas (del hacer, del poseer, del conquistar…), no llegan a sentir esta sed fundamental; pero cuando beben un poco (cuando se acercan al silencio, a la interioridad, a la espiritualidad…) se dan cuenta de la sed que tenían y quieren seguir bebiendo.
Probablemente, los que esta tarde estamos aquí, sentimos esa sed ya hace tiempo, y fue la que nos acercó a una vivencia consciente de la fe e, incluso, a nuestra consagración religiosa. Pero nosotros también tenemos el peligro de no escuchar esa sed o posponerla ante tantas otras urgencias. Por eso, estaría bien si, en algún momento de esta tarde, cada una de vosotras, cada uno de vosotros, pudiera conectar emocional y vivencialmente con esa sed primera, con los inicios de su fe o de su vocación religiosa, con la experiencia fundante (la fuente) de su vocación, para recuperar aquella ilusión, aquel amor primero que, tal vez, las dificultades de la vida han ido, si no apagando, sí ocultando entre una cierta nebulosa.
Estaría muy bien que, en esta fiesta de Pentecostés, el Espíritu nos ayudara a cada una, a cada uno, a recrear nuestra propia vocación. Y “recrear” es volver a crear, hacer nueva, y, al mismo tiempo, es deleitar, alegrar, divertir. ¡Ojalá en este Pentecostés todos estrenemos como nueva nuestra propia vocación y la vivamos con alegría!
Escribió el filósofo Kierkegaad que “la vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante”. En el plano de la fe y de la vocación, a menudo es necesario mirar hacia atrás para reconocer la acción del Espíritu en nuestra vida y en nuestra historia, como una amorosa mano que nos conduce y que, quizá, en aquel mismo instante en que lo estábamos viviendo no éramos capaces de reconocer. Pero, al mismo tiempo, ese Espíritu nos empuja hacia delante: la vida no se para y lo que llamamos vida eterna ha comenzado ya, la tenemos ya en nuestras manos, aunque aún en el plano temporal y efímero, guiados por un Espíritu que siempre nos conduce más allá, siempre más allá…
Recuperar la experiencia fundante (“volver a las fuentes”, como nos enseñó el Concilio Vaticano II) es, a un tiempo, una tarea personal y una tarea comunitaria, para cada una de nuestras Órdenes, Congregaciones o Institutos, que deben estar volviendo siempre al carisma de los fundadores. Y es una tarea eclesial. Toda la Iglesia debe volver a las fuentes, recuperar “La alegría del Evangelio”, en palabras del Papa Francisco, en el que fue el texto programático de su Pontificado. Allí nos habló de una “Iglesia en salida”, y de “primerear”, un verbo que no sé si inventó él, pero con el que pretendía enseñarnos que, sobre todo en nuestro mundo occidental, ya no podemos dar nada por supuesto en nuestro anuncio del Evangelio; tenemos que volver a anunciar lo básico, el kerygma inicial: el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, que por nosotros vivió, pasó haciendo el bien, murió y resucitó.
Una vez más, por tanto, estamos llamados a salir de nuestro encierro, a abandonar el cenáculo de nuestros miedos, de nuestras estructuras, de nuestro “siempre lo hemos hecho así” o “nunca lo hemos hecho así”, y dejarnos recrear por el Espíritu que nos empuja a anunciar a Jesús con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestras vidas. Esto nos permitirá abrir caminos nuevos, hallar lenguajes nuevos, permaneciendo, sin embargo, en la fe de siempre: la de nuestros padres, la de nuestros fundadores, la de Santiago y todos los apóstoles. La fe en Jesús.
Estes novos camiños, estas novas linguas, multiplicarán a diversidade nun mundo e nunha Igrexa que xa son plurais, mantendo a unidade na fe e no Espírito, que debe animar todos estes vieiros. Se en Babel a diversidade, a división das linguas, viviuse como un castigo divino; en Pentecoste esa mesma diversidade vívese como un don e unha graza que enriquece e non perxudica a unidade: cada un os sentía falar na súa propia lingua. (Feitos 2, 6)
Dentro da Igrexa, a vida relixiosa é un claro exemplo disto. A diversidade de carismas, a diversidade de familias (ordes, congregacións, institutos, etc.) é un exemplo de que a diversidade enriquece, de que o Espírito sopra onde quere, como quere e cando quere, e de que é posible manter a unidade dentro da diferenza. O papado de León XIV afronta este gran reto de manter a unidade da Igrexa sen renunciar á diversidade, mesmo potenciándoa. Lembremos a San Paulo: a man non é o pé, o ollo non é o oído, senón que todos necesitan uns dos outros e xuntos forman un só corpo (cf. 1 Cor. 12, 12-30). «Hai diversidade de dons, pero un mesmo Espírito» (1 Cor. 12, 4).
Todos nosotros, como bautizados (y más aún como religiosos, que queremos vivir la radicalidad de nuestro bautismo) estamos llamados a mantener la conciencia de la presencia del Espíritu en cada uno de nosotros. Él es el que despierta en nosotros la sed de eternidad, la sed de infinito, la sed de Dios. Él es quien nos da a beber de esa agua que salta hasta la vida eterna. El Espíritu pone en nosotros el deseo de orar y pone la oración en nuestros labios y en nuestro corazón.
Él es quien nos hace experimentar el amor de Dios y nos impulsa a amar sin medida, pues, como escribió San Bernardo, “el motivo de amar a Dios es Dios. ¿Cuánto? Amarle sin medida. ¿Así de sencillo? Sí, para el sabio.”
Pues que el Espíritu nos conceda a todos esta sabiduría.





