En contacto con la Fuente de la Vida

Las lecturas de hoy nos presentan a dos personas que en presencia de Dios, toman contacto con su ser más original, desde el cual la existencia humana, y la existencia en general, se perciben y se viven de una manera totalmente nueva.

Elías, en el monte, tras una fatigosa espera, consigue percibir en presencia del Dios vivo, una armonía desconocida, y que, sin embargo, es la propia del ser y existir humanos. Jesús, también en el monte, en oración solitaria, encuentra la confianza en ese misterio insondable que es Dios, percibido interiormente como Padre. Es arrebatado por una sensibilidad despierta que le pone en situación de soberanía sobre todas las fuerzas que empobrecen y disminuyen la condición humana. La fuerza del misterio de Dios, su misericordia entrañable se apodera de él para construir un mundo más humano, fraterno y solidario.

Vivimos en una sociedad de sensaciones donde muchos se quedan sin capacidad para abrirse a experiencias más profundas. Este modo de vivir forma ya parte de su interioridad. Ya no hay espacio ni tiempo para la reflexión personal, para tomar decisiones propias sobre la vida ni para buscar otro sentido más profundo a la existencia. La identidad de las personas está como viciada. Su conducta se hace cada vez más difusa y compulsiva. Parece como si el hombre y la mujer de nuestros días sintieran la necesidad secreta de permanecer fuera de sí mismos, con la conciencia agradablemente anestesiada.

Privado de silencio, se vive desde fuera, en la corteza de sí mismo. Toda la vida se va haciendo exterior. Sin contacto con lo esencial de sí mismo, conectado e instalado en todo momento con el mundo exterior, hay resistencia a toda llamada interior. Se prefiere seguir viviendo una existencia intrascendente donde lo importante es vivir entretenido, funcionar sin alma, continuar anestesiado por dentro.

El hombre o la mujer de hoy no se interesa demasiado por las grandes cuestiones de la existencia. No tiene certezas firmes ni convicciones profundas. Lo importante es organizarse la vida de la manera más placentera posible: disfrutar de la vida y sacarle el máximo jugo. No hay prohibiciones ni terrenos vedados. Todo lo más, no hacer daño a nadie. Por lo demás, es bueno lo que me apetece y malo lo que me disgusta. A menudo, eso es todo. No hacen falta objetivos ni ideales más nobles. Lo decisivo es pasarlo bien.

En medio de esta profunda crisis, tenemos que alegrarnos de que muchos descubran la importancia de la vida interior, la profundidad del silencio, la libertad del desprendimiento, hasta experimentar una verdadera transformación interior que les ayude a dar un sentido nuevo a su existencia. Con frecuencia, escuchando el Evangelio, nuestro corazón puede despertarse, sentirse tocado, atravesado, destrozado, para dejar brotar la plegaria.

Es necesario aprender a encontrar el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es ahí que Dios nos encuentra y nos habla. Solamente a partir de ahí podemos nosotros encontrar a los demás y hablar con ellos. (Francisco)

A través de la oración el Espíritu nos invita a emprender un extraordinario viaje, con el fin de llegar a ser espiritualmente libres, permitiendo que Dios se convierta en el centro de gravedad de nuestra vida y vaya poniendo en orden nuestro amor. Y esto no quiere decir renunciar a otros afectos ni mucho menos; al contrario, es la garantía de que nuestros amores se vuelvan verdaderamente firmes.

A través de la oración podemos tener presente que el Dios al que buscamos nos tiene presentes. Podemos enfrentarnos a nosotros mismos, anhelar la amada soledad, encontrar un hogar, un espacio donde entrar en contacto con los manantiales de vida que nos habitan. No hay nada tan valioso como la oración para volcarnos y conectar con los manantiales que brotan en nuestro interior.

Condúceme a lo secreto, Señor, allí donde habitaremos juntos. Al lugar de la desnudez y el despojo, a la intemperie de mis miedos y ansiedades, a la tristeza de mis noches frías, a la soledad del corazón herido, a la incertidumbre de mis frustraciones, al silencio de mis palabras censuradas. Condúceme a lo secreto, allí donde habitaremos juntos. Al desierto de mil manantiales escondidos, al cobijo del sol que me alienta, a la raíz de la vida escondida, al fuego de los hondos deseos, a la ternura del afecto que cura, al silencio de la oración confiada. Condúceme a lo secreto, allí desde donde resucitaremos juntos (Matías Hardoy)

La disposición orante preserva la distancia necesaria para no perder el contacto con nosotros mismos, para abrir los ojos a la luz que eli­mina la oscuridad de nuestro interior. Nos allana el camino para no identificarnos con lo que acontece en nuestros contactos cotidianos; nos ayuda a mantener el respeto necesario para no sentirnos presionados ni agobiados; nos facilita la reflexión antes de actuar y también el aprendizaje de nuestras reacciones; nos permite elaborar todo lo que en nuestras relaciones vamos descubriendo día a día, para introducir en cada momento esa visión de fe tan necesaria que nos enseña a relativizar todo lo que vamos percibiendo y que nos dispone a vivir confiados mirándolo todo con los mismo corazón de Jesús. ¡Ánimo soy yo, no tengáis miedo!

2 respuestas

  1. Leerlos, me hace tan feliz, en paz y serenidad; gracias porque nos entregan lo más hermoso de la existencia: a Dios mismo…
    Gratitud y admiración, en especial, al P. Santiago Ordóñez, quien ayer cumplió 62 años de sacerdocio, abrazo gigante!!!

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