FELIZ AÑO NUEVO: con una mirada larga y amorosa

El mensaje de la Navidad aparece hoy como demasiado bello para ser verdad. Atrapados como estamos entre ese doble frente de la tragedia del mundo, por una parte, y del drama, del cansancio, de la impotencia y de la desilusión de nuestro propio corazón, por la otra, nos cuesta mucho creer que Dios tenga todavía alguna posibilidad con nosotros, alguna palabra transformadora que dirigirnos, algún consuelo que ofrecernos ¿No es acaso de noche, dentro y fuera? ¿No nos cerca una densa herejía emocional que pone en entredicho cualquiera pretendida palabra de Dios al mundo, cualquiera supuesta salvación?

Si alguna posibilidad nos queda de ver todavía a Dios del lado nuestro, al lado de tantas víctimas, esta posibilidad está vinculada al Establo de Belén y al Niño que nace en él. Para encontrar a Dios en todas las cosas, y por lo tanto también en este convulso mundo nuestro que rodea la Navidad actual, hay que haberlo encontrado en lo más hondo de la pobreza y desamparo en los que él mismo quiso nacer. Más abajo y más afuera del Establo de Belén y de la colina del Gólgota no se puede ir. Al nacer así, Dios se ha hecho hermano y compañero de todos aquellos a quienes la vida se les convierte en una amenaza continua de inseguridad, de sinsentido y de miedo. Es decir, se ha hecho compañero y hermano de todas las víctimas, compañero y hermano también nuestro.

Quién y cómo sea Dios para el mundo lo sabemos ya definitivamente en este pequeño. Cuanto más amenazadas sintamos la fe, la esperanza y el amor, y es evidente que hoy las sentimos muy amenazadas, más necesidad tenemos de dirigirnos hacia el Niño de Belén, de mirar y contemplar su rostro.

Para mi gusto, no hay mejor acontecimiento para comenzar el año, que la celebración de la maternidad divina de María. Ella conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Todas. Ella acogió plenamente la invitación del Adviento: levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación. A nosotros nos cuesta llevar erguida la cabeza, seleccionamos una parte de la realidad, y por eso andamos cabizbajos, con la cabeza medio levantada o medio agachada, temerosos, en una actitud pusilánime, sensibles, normalmente, para menos de la mitad de lo que acontece: lo bello, lo bueno, lo gozoso, lo brillante, lo exitoso, lo abundante, lo fuerte… la parte luminosa de la vida.

¿De qué te sirve que Cristo viniera una vez en carne, si no viene también hoy a tu corazón? (Orígenes) Aunque para Dios nada hay imposible, es difícil que Él venga a nuestro corazón, si nos cerramos a la otra mitad de la vida -la más copiosa de las dos- si no somos sensibles a la parte oscura de la realidad. La contemplación de María abarca toda la realidad, el misterio de la vida y de la muerte en todos sus aspectos: los gozosos, los dolorosos, los gloriosos y los luminosos.

La contemplación de María es una larga y amorosa mirada sobre las cosas. Contemplar es más que mirar, aunque comienza por la mirada. Para que se transforme en contemplación, la mirada ha de ser ‘larga’ porque si no, no trascenderá la superficie plana de las cosas. Y ha de ser ‘amorosa’ porque si no, no descubrirá su misterio. Cuando es larga y amorosa, la mirada sobre las personas y las cosas se convierte en contemplación; y la contemplación produce el milagro de que personas y cosas se conviertan en diafanía de Dios, en dones de su amor.

Los tiempos en que vivimos no favorecen esta clase de mirada. La mirada que domina hoy en nuestra cultura se carga excesivamente de pragmatismo y de posesividad. Es una mirada plana, por eso es incapaz de perforar la realidad y encontrarse con su misterio más profundo; o una mirada curvada sobre sí mismo, por eso se carga de angustia. En ambos casos el modo de mirar termina con mucha facilidad en la frivolidad y en la intrascendencia.

Después de Belén seguimos expuestos a todo lo malo que existe fuera y dentro de nosotros; las guerras son una buena prueba de ello, también lo es la caducidad de nuestro propio corazón. La diferencia estriba en que Alguien ha decidido hacer ese recorrido con nosotros asumiendo todas las consecuencias en su propia carne, nos ha echado una mano al hombro y se nos ha ofrecido como fiel y cercano compañero de viaje. A su lado, toda esa complejidad de la vida, incluida su maldad, podrán clavarse en nosotros, pero no destruirnos definitivamente. En este Niño, la aventura humana se llena de esperanza. No porque se salte la realidad sino porque se vive como una aventura encarnada y acompañada por Dios.

Sólo porque Cristo penetró en los infiernos de la vida puede salvarnos de ellos, transformarlos en camino. El autor de la carta a Hebreos lo entendió muy bien: porque fue probado en el sufrimiento puede ayudar a los que se ven probados.

Que el Niño Dios nos conceda celebrar el Año Nuevo actualizando siempre el secreto de la novedad, que está en ver que toda la vida es Don de Dios, que todo es Gracia, por pura Gracia de Dios.

Cuando al pobre corazón humano le parece que lo que anuncia la Navidad es demasiado bello para ser verdad, entonces la voz del corazón debe atender con más urgencia al mensaje del Niño que ha nacido hoy (Karl Rahner)