Los monjes, sobre todo, han vivido su soledad con una relación muy particular para con el mundo. Se han separado de ciertos aspectos de la vida del mundo, no más. La han buscado con una preferencia marcada, a veces con obstinación.
Resulta chocante ver cómo su pretendida huida ha permanecido siempre vinculada con el mundo. Se han instalado en lugares, paisajes determinados. Se decía que Benito prefería las colinas y Bernardo los valles. El mejor elogio que se podía hacer del monje era llamarle ‘amante del lugar’ es decir, que amaba su monasterio y la soledad de su entorno.
Su huida del mundo era totalmente interior al mundo. Esto es, no era algo contrario a un auténtico amor al mundo. Era una actitud que permitía meter el mundo en el misterio del hombre, poniendo de relieve un aspecto muy especial del mundo.
André Louf





