PEREGRINOS HACIA LA PASCUA

2000-2 Deserto-Soidade

Deserto-soidade, de Enrique Mirones (monje de Sobrado)

Dice San Benito en el capítulo 49 de su Regla, sobre la observancia de la Cuaresma:

Aunque de suyo la vida del monje debería ser en todo tiempo una observancia cuaresmal, no obstante, ya que son pocos los que tienen esa virtud, recomendamos que durante los días de cuaresma todos juntos lleven una vida íntegra en toda pureza y que en estos días santos borren las negligencias del resto del año. Lo cual cumpliremos dignamente si reprimimos todos los vicios y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia. Por eso durante estos días impongámonos alguna cosa más a la tarea normal de nuestra servidumbre: oraciones especiales, abstinencia en la comida y en la bebida, de suerte que cada uno, según su propia voluntad, ofrezca a Dios, con gozo del Espíritu Santo, algo por encima de la norma que se haya impuesto; es decir, que prive a su cuerpo algo de la comida, de la bebida, del sueño, de las conversaciones y bromas y espere la santa Pascua con el gozo de un anhelo espiritual.

San Benito sitúa la vida del monje en una constante apertura pascual. Así es, también, para todos los cristianos. Somos convocados a vivir en este permanente tránsito de la muerte a la vida, dejando morir el hombre viejo para que nazca el Hombre Nuevo. Sin embargo, dado que frecuentemente perdemos el vigor propio de este continuo viaje, la Cuaresma surge como un tiempo privilegiado para volver a la raíz de nuestra identidad. Para eso, Benito propone varias prácticas ascéticas: oración, ayuno, vigilias y silencio (todas están en función de la apertura y de la atención interiores; son “lugares” de receptividad). Y contextualiza: que sea espontáneamente y con el gozo del Espíritu Santo. O sea: que venga de un deseo interior y no de una imposición externa, que tenga origen en el Espíritu y no en la fuerza de la ley, que sea, dicho de otro modo, un genuino movimiento del corazón; «y espere la santa Pascua con el gozo de un anhelo espiritual».

La desconfianza con que miramos las prácticas ascéticas, y en concreto el ayuno, tiene origen, entre otras razones, en la dificultad en captar su sentido más profundo. Las prácticas ascéticas son herramientas del arte espiritual y no un fin en sí mismas. Juan Casiano compara el monje a un agricultor que trabaja infatigablemente la tierra con el deseo de obtener el fruto deseado. El fruto es puro don, es Gracia. El agricultor solo prepara el terreno para que el fruto pueda brotar. Asimismo, nosotros, a través de las prácticas ascéticas, solo preparamos el terreno para reconocer y acoger el don del Espíritu. El teólogo ortodoxo Olivier Clément, refiriéndose a la ascesis, dice que es una forma de abandono a la gracia, «una atención sin tensión».

Hoy, en este miércoles de ceniza, centramos nuestra mirada en el ayuno.

El ayuno genera un “espacio abierto”, de silencio, introduciendo una pausa en la voracidad que tantas veces caracteriza nuestra relación con la comida y con el mundo que nos rodea. El ayuno nos deja indefensos, confrontados con nuestra desnudez, liberándonos de la tiranía de las máscaras y exponiendo la pobreza radical que habita en cada ser humano. Revela que nuestra hambre no es solo de pan y que nuestro deseo más profundo es siempre deseo del otro. Ampliando nuestro espacio interior, se transforma en una forma singular de hospitalidad, que permite la acogida de sí mismo y del otro, en su más genuina originalidad y verdad.

Se nos propone el ayuno en tiempo de Cuaresma como forma de encuentro con el hambre radical de amor y de vida que llevamos dentro. El ayuno genera un “espacio abierto” para la espera del Resucitado. Su vida es nuestro más amplio horizonte existencial. Somos hijas e hijos de la Pascua. El Hombre Nuevo, habitado por el Espíritu de Dios, es nuestra identidad. Nuestro deseo profundo coincide con nuestra identidad. El ayuno abre camino para nuestro hogar interior, liberándonos de tantos consumos sonámbulos que, más que saciarnos, sotierran nuestro deseo de Vida.

Más que establecer normas para el ayuno, importa que cada uno, según sus circunstancias y posibilidades, reconozca qué es lo que le impide acoger la vida del Resucitado, qué es lo que sofoca la voz del Espíritu en su corazón. En ese impedimento está el objeto adecuado de su ayuno. Aunque éste tenga una relación inmediata y primaria con la privación de la comida, no tiene con ésta una relación exclusiva. En la relación con la comida el ayuno asume su función arquetípica, que no debe ser menospreciada, pues el vacío experimentado en el propio cuerpo tiene un poder único para tocar la médula de nuestra supervivencia. ¿De qué vivo? – es la pregunta que el ayuno pretende agudizar. 

Solo cuando vivimos en sintonía con el hombre interior es que el pan puede ser para todos. La práctica del ayuno también tiene una lectura política – en el sentido más amplio de la palabra (polis=ciudad / arte de vivir en sociedad). La viabilidad de la vida en común, en la pequeña comunidad o a nivel global, pasa necesariamente por la autolimitación voluntaria en el consumo. Sabemos de sobra que el estilo de vida de las sociedades de “bienestar” pone en riesgo la vida de muchos seres humanos y del mismo planeta. La práctica del ayuno, como experiencia de privación sentida en el propio cuerpo, nos conduce al reconocimiento de la absoluta dependencia del don. Esta consciencia puede abrirnos a niveles más profundos y comprometidos de solidaridad. Sin encuentro con nuestra propia pobreza (tan diversa en sus expresiones), nuestros ojos nunca se abrirán delante del pobre. Dicho de otro modo: quien no se reconoce pobre no puede descubrir el sentido de la fraternidad. Quien ayuna se expone a su indigencia, permitiendo encontrarse con su pobreza.

El “éxito” de las sociedades de consumo está íntimamente relacionado con la dificultad que tenemos de encontrarnos con nosotros mismos. Cuando no somos capaces de dar nombre a nuestras carencias, multiplicamos las necesidades como forma de compensación. Quien desarrolla su vida interior suele ser un “malo” consumidor. El ayuno nos invita a renunciar a la actitud solipsista que está en la base de las varias tipologías de consumo, para que podamos descubrir, con alegría y gratitud, el valor de la sobriedad, de la con-división y de la solidaridad, para descubrir, en definitiva, que la fraternidad forma parte de nuestro “código genético”.  

Creo que está claro que el ayuno no es una negación de la vida, del placer y de la alegría. Al revés: es un potenciador de la vida, centrándonos en lo que efectivamente es decisivo para nuestra alegría. Cuestionando lo que tantas veces nos aprisiona a una vida menor, trae a la luz nuestra identidad de hijos e hijas muy amados, capaces de hacer fiesta y de compartir la vida con los hermanos y las hermanas, alrededor de una misma mesa – metáfora de la llegada del Reino. Este es un programa de vida irrenunciable para un discípulo de Jesús, para quien «espera la santa Pascua con el gozo de un anhelo espiritual».

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.