Los ángeles santos, que vienen y van

Ángeles | Brian Kershisnik

Nos pasa a veces como le pasó a María, que hay realidades que no acabamos de entender. Pero raramente se nos aparece un ángel como a ella para aclararnos el sentido de lo que nos pasa. Lo que más habitualmente ocurre es que seguimos adelante, a oscuras, aceptando la incomprensión de lo que nos sucede, y así vamos acumulando cansancio y cosechando escepticismo. Estos acontecimientos que no entendemos –los ángeles santos, que vienen y van- nos brindan el anhelo del silencio para zambullirnos serenamente en nuestro corazón con humilde respeto y con amorosa atención. Nuestro corazón nos dice, por medio de estos sentimientos que Dios está llamando a nuestra puerta, que es Él, quién quiere darnos, ofrecernos, como cada día, el don de una vida, de una presencia, de una amistad, de una compañía en nuestro peregrinar por el mundo.

Escuchar el corazón, escuchar atentamente esos sentimientos de ternura, de vigor, de paz, de aceptación, de generosidad… de que algo nuevo surge en la vida, es el medio que Dios tiene para llegar hoy a nosotros. Poder entrar dentro de uno mismo y descubrir, en la realidad que somos, la realización del misterio del “Dios-con-nosotros”. Es como si la cercanía del aniversario del nacimiento de Dios en el mundo tocase las fibras más íntimas de la sensibi­lidad humana. Nada de lo que hay en nosotros es despreciable, porque todo será divinizado.

Si nos dejamos iluminar por la esperanza del Adviento, las realidades humanas pueden ser transformadas, incluso cuando ante los ojos y en propia carne tenemos una realidad oscura y desalentadora. Este panorama decepcionante nos envuelve y nos afecta, pero no es lo definitivo. Lo realmente definitivo es poder acercarnos a la verdad del hombre en cuanto hombre y contemplarle de una manera nueva en la historia de hoy y de siempre, en imperceptibles balbuceos, en detalles insignificantes que están penetrados de la gracia y de la verdad de Dios que marcan la construcción de la historia y la vida de los hombres.

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida en su vida, su Amor en su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador.

                                            (Himno de Adviento)

Al esperar la luz nueva, la vida nueva, el nuevo naci­miento no se puede olvidar, ni ignorar, ni ocultar la realidad oscura y tenebrosa del mundo que nos rodea y al que pertenecemos. Esta realidad nos invita a permanecer en silencio, interiori­zando serenamente en nuestro corazón con humilde respeto y con amorosa atención. María nos acompaña. Con ella podemos contemplar que Adviento se escribe con humildad. Con humildad, porque vamos comprendiendo que hacemos más encendiendo una pequeña luz de esperanza, que desgastándonos en una queja interminable y estéril por las situaciones caóticas que padece nuestro mundo y especialmente los de siempre, los más pobres. Con humildad, porque el amor inmenso, incondicional y definitivo se va a hacer presente. Con humildad, porque la ilusión esperada va a cumplirse. Con humildad, porque es don gratuito. Con humildad, porque la alegría será auténtica, verdadera y definitiva. Con humildad, porque los ángeles santos, que vienen y van, preparan caminos por donde vendrá el Hijo del Padre, el Verbo eternal, al mundo del hombre en carne mortal.

María, Madre del Salvador, virgen fecunda, muéstranos a Jesús, el fruto bendito de tu vientre: la Palabra de la Vida, la Luz de los hombres.

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