Bajo la mirada de un Amor que no se cansa

Cruz de la Parroquia de Espinho, Portugal (det.) | Xaime Lamas, monje de Sobrado

A todos nos gustaría ser compasivos, mirar a la gente con bondad y compasión – y la verdad es que este deseo corresponde a nuestra identidad más profunda: todos somos bondad y compasión, creados a imagen y semejanza de Dios, habitados por el soplo de su Espíritu. Aunque corresponda a nuestra verdad, un corazón compasivo no se improvisa ni nace de un impulso de la voluntad, pues suele estar soterrado bajo nuestro sistema defensivo para que nadie toque nuestra vulnerabilidad. Vamos por la vida armados, como soldados que ven enemigos por todas partes. Entonces, ¿cómo acceder a nuestro corazón compasivo? «Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor…» Ser mirado con compasión es lo que libera en nosotros la mirada bondadosa y compasiva. La oveja perdida, buscada por su buen pastor, es nuestra maestra en la compasión.

Para que se rompa nuestra armadura defensiva necesitamos confrontarnos con la propia impotencia: fracasos y tentaciones de todo tipo, un estado depresivo, un complejo que nos humilla, un rasgo de nuestro carácter frente al cual chocamos sin cesar, una debilidad persistente. Cansados de rearmarnos, cansados de jugar al juego del fariseo, que intenta borrar su culpabilidad con el cumplimiento impecable de la norma, tocamos fondo: uno sabe que no tiene más fuerzas, que todos sus esfuerzos son inútiles, que está llamado a rendirse ante su propia impotencia. Rendirse ya es la aceptación de la gracia. Pero lo que suele pasar es que nos resistimos hasta donde podemos, luchando y sufriendo como locos. Nuestro orgullo se siente amenazado, herido, y nos dificulta el acto de rendición. En esos momentos estamos en guerra, esgrimiendo argumentos contra todo y contra todos, lo vemos todo negativo, huiríamos para cualquier parte del mundo (todo nos parece mejor, menos lo que estamos viviendo y donde lo estamos viviendo), desapareceríamos, hasta la muerte se nos presenta con un rostro dulce y seductor. Los cielos están sordos; la palabra evangélica se nos presenta árida, gastada y sin fuerza movilizadora. La oración nos parece vana; estamos llenos de ruidos. El dios hecho a nuestra medida, espejo de nuestras proyecciones de necesidad de seguridad, ha enmudecido.

El Cristo que encontramos en nosotros mismos no se identifica con lo que vanamente buscamos adorar e idolatrar en nosotros mismos; por el contrario, él se ha identificado con lo que nos desagrada de nosotros mismos, porque ha cargado sobre si nuestra desdicha y nuestra amargura, nuestra pobreza y nuestros pecados […] Nunca tendremos paz si prestamos oídos a la voz de ese yo fatuo que se engaña a sí mismo y nos dice que el conflicto ha dejado de existir. Tendremos paz cuando escuchemos la «danza de muerte» en nuestra sangre, no solo con ecuanimidad, sino con júbilo, porque en su interior oímos los ecos de la victoria del Salvador resucitado. (T. Merton)

El arte espiritual no consiste en huir de la prueba o en erguirse contra ella, sino en desposarla, en establecerse en ella sin perder nunca la esperanza. Nuestra torpeza consiste en querer actuar por nosotros mismos, en asegurarnos una salida, como si fuéramos los señores de nuestra historia.

Tendremos paz cuando escuchemos la danza de muerte en nuestra sangre – el Señor manso y humilde de corazón nos espera en nuestro corazón roto, hecho mil pedazos, confrontados a nuestra debilidad fundamental, a nuestros límites, al borde de la desesperación. La imagen ideal de nosotros mismos, incluso la de Dios, ha volado por los aires. Llegados aquí, nos encontramos, sin saberlo, en una etapa que es como la bisagra de todo el crecimiento espiritual. Vencidos, rendidos, vulnerables, de manos vacías, estamos finalmente aptos para dejarnos encontrar por la mirada compasiva de Jesús. Es en los bajos fondos de nuestra humillación donde se opera la toma de conciencia de que todo es gracia. Es en esos bajos fondos que experimentamos que el Espíritu transforma nuestro corazón de piedra en corazón de carne, sensible, capaz de compadecerse, de enternecerse, de alegrarse con los que se alegran y de llorar con los que lloran. Un corazón quebrantado que se convierte en un torrente de lágrimas – lágrimas de compunción y de gratitud – que diluye la opacidad de la mirada. Ahora sí, puede mirarse a sí mismo y al mundo con la mirada misma de Dios. Un corazón quebrantado es un corazón contemplativo.

Nuestra identidad más profunda solo puede salir a la luz bajo la mirada compasiva de Dios. Bajo la luz de la mañana de Pascua, recreados por pura gracia, fluye en nuestro corazón roto la bondad y la compasión. Sin embargo, cuando menos lo esperemos, vamos a encontrarnos nuevamente con la dureza en nuestro corazón, pero no desesperemos, pues estamos bajo la mirada de un Amor que no se cansa.

2 comentarios en “Bajo la mirada de un Amor que no se cansa

  1. Bea dijo:

    Menos mal que estamos bajo la mirada de un Amor que no se cansa……elocuente descripción de lo que verdaderamente nos sucede. Gracias pero sobretodo por la esperanza tan esperanzadora.

  2. Mane dijo:

    Aprovecho está página para felicitar a todos los Santiagos hoy. Felicidades!!!!.
    Fiesta grande en Galicia.
    Un abrazo para ellos.
    Mane

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