Libertad interior

Jorge Queiroz | 2015

A causa de una visión incompleta de la libertad, a menudo se considera que el único ejercicio de libertad auténtico consiste en elegir de entre diferentes posibilidades la que más nos convie­ne; de forma que, cuanto mayor sea el abanico de po­sibilidades, más libres seremos. La medida de nuestra libertad sería proporcional a la cantidad de opciones posibles.

Sin embargo, y de un modo inconsciente, esta no­ción de libertad, que enseguida incurre en contradic­ción y conduce a un callejón sin salida, se halla muy presente. En todas las circunstancias de nuestra vida nos gustaría contar con la “facultad de elegir”. Soñamos con la vida como si ésta fuese un inmenso supermercado en el que cada estante despliega un amplio surtido de posibilidades del que poder tomar, a placer y sin coacción, lo que nos gus­ta, y dejar lo demás… Recurriendo a una imagen de enorme actualidad, querríamos elegir nuestra vida como el que escoge una prenda de un grueso catálo­go de venta por correo.

Es un hecho bien cierto que el uso de nuestra libertad con frecuencia nos conduce a optar entre distintas posibilidades… y, además, un hecho bueno. Pero pe­caríamos de falta de realismo si lo contempláramos sólo desde este ángulo. En nuestra vida hay multitud de aspectos fundamentales que no elegimos: nuestro sexo, nuestros padres, el color de los ojos, el carác­ter o nuestra lengua materna. Y los elementos de nuestra existencia que sí elegimos son de una impor­tancia bastante menor que los que no escogemos.

De hecho, si en la etapa de la adolescencia la vida se presenta ante nosotros como un gran abanico de posibilidades entre las que elegir, no podemos dejar de admitir que, con los años, el abanico se va cerran­do… Son muchas las elecciones que hacer y, una vez hechas, las posibilidades restantes se reducen de ma­nera proporcional. Casarse implica escoger a una mujer, con lo cual quedan excluidas todas las demás.

Cuantos más años vamos cumpliendo, menos son nuestras posibilidades de elegir: “En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando hayas envejecido, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras” (Jn. 21,18).

Si el ejercicio de la libertad como elección entre diferentes opciones tiene sin duda su importancia, no obstante, es fundamental -so pena de quedar ex­puesto a dolorosas desilusiones- comprender que existe otro modo de ejercer la libertad; un modo a primera vista menos celebrado y más pobre y humil­de, pero a fin de cuentas más corriente, y de una fe­cundidad humana y espiritual inmensas: la libertad no es solamente elegir, sino aceptar lo que no hemos elegido.

Me gustaría resaltar la importancia de este modo de ejercer la libertad. El acto más elevado y fecundo de libertad humana reside antes en la aceptación que en el dominio. El hombre manifiesta la grandeza de su libertad cuando transforma la realidad, pero más aún cuando acoge confiadamente la realidad que le viene dada día tras día.

Resulta natural y fácil aceptar las situaciones que, sin haber sido elegidas, se presentan en nuestra vida bajo un aspecto agradable y placentero. Evidente­mente, el problema se plantea a la hora de enfrentar­nos con lo que nos desagrada, nos contraría o nos hace sufrir. Y, sin embargo, es precisamente en estos casos cuando, para ser realmente libres, se nos pide “elegir” lo que no hemos querido e incluso lo que no hubiéramos querido a ningún precio. He aquí una ley paradójica de nuestra existencia: ¡no podemos ser verdaderamente libres si no aceptamos no serlo siempre!

Quien desea acceder a una verdadera libertad interior, debe entrenarse en la se­rena y gustosa aceptación de multitud de cosas que parecen ir en contra de su libertad. Aceptar sus limi­taciones personales, su fragilidad, su impotencia, esta o aquella situación que la vida le impone, etc.: algo que cuesta mucho hacer, porque sentimos un recha­zo espontáneo hacia las situaciones sobre las que no ejercemos nuestro control. Pero la verdad es ésta: las situaciones que nos hacen crecer de verdad son pre­cisamente aquellas que no dominamos (Jean-Claude Sagne).

Jacques Philippe

9 comentarios en “Libertad interior

  1. Teresa Campos dijo:

    Muchas gracias a la Comunidad de Sobrado. Durante estas semanas de confinamiento he sentido como un regalo los contenidos subidos. Unos han sido motivo de reflexión, otros un gozo de los sentidos… pero los he recibido percibiendo el amor y la apertura de esa Comunidad a todos los seres humanos que estamos en el otro lado de los muros del Monasterio.
    Gracias

  2. Hernán dijo:

    Gracias por compartir experiencias vividas, por llevarnos, acompañarnos, guiarnos, a las profundidades de la espiritualidad.
    También por atreverse a ir más allá de la clausura y en un momento de profundo silencio de la actualidad, hacer sonar estás campanas.
    Esta actividad digital, lejos está también de la superficie.
    Siempre presentes!

  3. José Antonio Sáenz dijo:

    Saltando toda Concepcion filosófica, y espiritual que nos muestran la libertad como el ámbito que define al ser humano hasta en su relación con su Dios.
    Siento que la libertad es un ideal idealizado, yo creo que somos pilotos de una máquina de la que conocemos algunas propiedades como moverse a un lado u otro pero poco más , lo que ocurre es que cada movimiento desencanta tal cúmulo de paradigmas , que acabamos abrumados y nos confunde hasta el extremo de creernos “ libres”

  4. Ma.Dolores Taboada dijo:

    Gracias, inmensas gracias por la luz que ilumina de golpe, sin preaviso, la confusión, el desasosiego, la ira interior de estos últimos días. » La libertad no es solamente elegir sino aceptar lo que no hemos elegido» me hizo reflexionar. Me serené. Estoy en camino de aceptar. Que Dios os bendiga.

  5. Maria Teresa dijo:

    Muito obrigada pela companhia que sois para mim. Porque as vossas partilhas me ajudam a caminhar e a descobrir quem sou. Que Dios os bendiga.

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