Nuestro jardín sellado

Asunción | fachada de la iglesia del monasterio

El depósito de la fe de la Iglesia es milenario. La ‘simbólica’ religiosa del cristianismo, es un tesoro de valor incalculable que, a lo largo de la historia, se ha ido plasmando en los diversos dogmas. Necesitamos actualizarlos, descodificarlos a un lenguaje accesible y sencillo que nos sirva de espejo para esclarecernos, para rescatar la frescura de nuestra espiritualidad siempre viva y siempre nueva. Saborearlos con esa sabiduría del discípulo del reino de los cielos, que como un padre de familia saca de su tesoro cosas nuevas y viejas (Mt 13, 52). María es uno de los exponentes más sustanciosos de nuestra ‘simbólica’ espiritual cristiana. Su Asunción a los cielos es un dogma a través del cual formulamos un misterio de nuestra fe, es una joya inestimable del tesoro de nuestra verdad, una experiencia muy personal de algo primordial de nuestra espiritualidad. Por eso lo celebramos, por la inmensa alegría que nos produce su memoria y veneración.

Día tras día padecemos un conflicto personal: ¿qué es lo más profundo que hay en nuestro interior, la bondad o el egoísmo? ¿No será que tenemos dos principios innatos dentro de nosotros, uno bueno y otro malo, cada uno en perpetua dualidad con el otro? Los Padres de la Iglesia creían que cada uno de nosotros tiene dos almas: una grande y otra pequeña; y la manera como reaccionamos a cualquier situación depende de con qué alma pensamos y actuamos en ese momento. Si, por ejemplo, recibo una injuria con mi alma grande, me encuentro más dispuesto a tomarlo con paciencia, comprensión y perdón. Pero, si recibo un insulto cuando está actuando mi alma pequeña, estoy más pronto a responder con mezquindad, frialdad y rencor. Y, para los Padres de la Iglesia, ambas almas están dentro de nosotros y son reales; así que somos de gran corazón a la vez que mezquinos; somos santos a la vez que pecadores.

Pero, los Padres de la Iglesia no están enseñando que haya dentro de nosotros dos principios innatos, uno bueno y otro malo, luchando constantemente por controlar nuestros corazones. El santo y el pecador que nos habitan no son dos entidades separadas. El santo, el alma grande, es no solo nuestra verdadera identidad sino nuestra única identidad. El pecador, el alma pequeña, no es una persona o una fuerza moral separada que libra perpetua lucha contra el santo; es simplemente la parte dañada, enferma, herida, esa parte del santo que nunca ha sido bendecida.

¿Y en todo esto qué tiene que ver la celebración de hoy? ¿Qué esclarecimiento personal y vivencial podríamos hacer de esta maravillosa fiesta? En nuestro interior habita la soledad sonora, la plenitud de la gracia, el amor gratuito e incondicional de Dios. Todos poseemos un espacio, un seno que contiene la plenitud de Dios. Es María, el tabernáculo del Espíritu. Nada puede alterar la belleza y el encanto de la música callada, del lugar del nacimiento de Jesús en nuestro corazón. Así es nuestra realidad: escondido en nuestro corazón y rodeado externamente de fragmentación, odio, agresión y oscuridad se encuentra imperturbable nuestro templo interior. Y esto no es una fantasía, es nuestra verdad. Cristo existe en nuestro tabernáculo; refulge, vibra, resplandece y le sentimos como una expansión del alma, como un espacio de anchura y plenitud. Este seno de Dios, esta región imperturbable, este buen lugar, este espacio inmaculado, este tabernáculo lleno de gracia, es el motivo de nuestra veneración y celebración entusiasta.

El Poderoso ha hecho obras grandes por mi. ¿Cómo dejar a Dios ser Dios y hacer lo que quiere en mí? Viviendo desde este buen lugar en el que todos somos buenos, en el que Dios es bueno en nosotros. Este lugar interior es nuestra identidad. Cuando nos encontramos en nuestro buen lugar, estamos bien con nosotros mismos y no necesitamos hacerlo todo bien, aceptamos ser humanos, no necesitamos compararnos ni rivalizar, ya no somos tan susceptibles. Somos compasivos y pacientes con nosotros y con los demás. No hay juicios, algo tan importante para establecer relaciones sanas. Ahí somos felices. La persona feliz es buena; transmite bondad y vida.

Cuando estamos en nuestra región imperturbable, en nuestro buen lugar, nos acompañan emociones positivas, nuestra atención no está dispersa, tampoco está perdida. Cuando estamos en ese espacio inmaculado, mantenemos el contacto con nuestros valores, tenemos lucidez para diferenciar lo que es relevante de lo que no lo es. Permanecer en el templo interior, no significa no tener asuntos que resolver, sino que nos posicionamos de tal manera que podemos abordarlos con el menor coste emocional. Desde el trono de la gracia, podemos gestionar el dolor sacrificando el sufrimiento. Podemos sentirnos sostenidos ante los vaivenes de la vida, manteniendo nuestra conexión con nuestra bondad y no con nuestra mezquindad. Y además, nuestro jardín sellado, María, cuida, con la solicitud y la ternura de una Madre, de nuestra alma pequeña, de las almas pequeñas; es consuelo y refugio de nuestra identidad dañada que necesita ser reconocida y acogida, amparada y bendecida con amor incondicional por el alma grande, para ser comprendida y nunca más demonizada ni maldecida.

En medio del odio descubrí que había, dentro de mí, un amor invencible. En medio de las lágrimas descubrí que había, dentro de mí, una sonrisa invencible. En medio del caos descubrí que había, dentro de mí, una calma invencible. Me di cuenta de que, a pesar de todo, en medio del invierno había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; en mi interior hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta (Albert Camus).

Al celebrar la exaltación de María a los cielos, veneramos con entusiasmo y agradecimiento el esclarecimiento, en el corazón humano, de un espacio -humilde, acogedor y maternal- que es sólo bondad, capaz, como dice Leonardo Boff, de arrancar de la creación herida una mirada que no pierde la inocencia de su brillo, un gesto que no encierra ambigüedad alguna, una suavidad, una belleza y una clemencia jamás amenazada. Es posible un nuevo comienzo para una humanidad nueva.

 Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu auxilio, haya sido desamparado (Bernardo de Claraval)

6 comentarios en “Nuestro jardín sellado

  1. Beatriz dijo:

    Verdaderamente ese esclarecimiento en el corazón humano sólo lo puede hacer María 💞…..Ella es el ungüento de nuestras heridas. Bendita sea la Madre de Dios y Madre nuestra!!!!

    En unión de oraciones

  2. Hernán dijo:

    Gracias por tan necesaria actualización, decodificación e integración de tantos dogmas y ponerlos en lenguaje sencillo y directo.
    Esta puesta en valor del jardín sellado e identificación con María, me da un vocabulario capaz de integrar tantísimas experiencias de diversas personas a lo largo de los siglos con nuestro momento actual que habilita la relectura y la abundancia de gracias.
    Gloria a Dios por la manifestación del Espíritu en cada post.

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